Borges, el inmortal

Escribe Carlos Verucchi.


Libros / Carlos Verucchi / En Línea Noticias (Twitter: @carlos_verucchi)

A pesar de la evidente contradicción, desde esta columna se ha sostenido cierto carácter vargallosista y vargasfóbico al mismo tiempo. Vargallosista al proponer, y defender contra viento y marea, la tesis que sostiene que las novelas de Mario Vargas Llosa estaban, a diferencia de las de algunos de sus contemporáneos, destinadas a perdurar. El peruano supo, tal vez mejor que el resto de los escritores latinoamericanos de su generación, escapar a dos tentaciones que pueden resultar fatal para toda carrera literaria: la de hacer foco en lo que se denomina el “color local” ―y que no es otra cosa que el conjunto de arbitrariedades o caprichos que se imponen en las costumbres de los habitantes de una región o un país, características que muchas veces son fijadas por las condiciones geográficas, climáticas, raciales o históricas de cada lugar―, y la de escribir exclusivamente para lectores contemporáneos, inmediatos, de moda.

A más de cincuenta años del boom, queda bastante claro que novelas como “La ciudad y los perros” o “Conversación en la Catedral” se siguen leyendo como si hubieran sido publicadas ayer, mientras que otras novelas que también tuvieron éxito en aquellos años resultan, hoy en día, totalmente atemporales o carentes de significado (y aunque me sienta tentado de nombrar dos o tres de ellas, evitaré la tentación con el fin no lastimar la susceptibilidad de los lectores por un lado y, sobre todo, porque en términos de literatura nunca está todo dicho y nadie sabe cómo serán leídas, dentro de algunos años, aquellas novelas que me resisto a citar).

Pero más allá de la admiración profesada a la literatura de Mario Vargas Llosa, en otro sentido he caído a menudo en cierto prejuicio vargasfóbico, y a mucha honra. Ciertas inclinaciones políticas del autor, su condición de operador mediático de oscuros intereses económicos del más despiadado capitalismo global, obligan al repudio y promueven la denuncia ante la falta de rigurosidad en sus afirmaciones, de la tendencia a caer en análisis superficiales cuando condena regímenes que tilda de populistas o incluso de fascistas, reservándose para sí mismo el uso exclusivo del patrón con el que mide la sabiduría o torpeza de un pueblo a la hora de votar.

Tal vez por la predilección por su literatura como, por qué no, por el rechazo que provoca el Vargas Llosa político, esperé durante meses la publicación de su largamente anunciado nuevo libro: nada menos que un ensayo sobre Borges. La ansiedad hizo que, en lugar de esperar la versión impresa, me inclinara por la digital (“Medio siglo con Borges”, Alfaguara, 2020).

La grandilocuencia del lanzamiento editorial, y el precio del libro, auguraban muchas horas de placentera lectura. Debo reconocer que tales expectativas se derrumbaron tan sólo al observar, apenas un momento después de que el sistema constatara el saldo de mi tarjeta de crédito, la rapidez con la que mi lector de ebook completaba la descarga del archivo. Es que al volumen que acababa de comprar parecía faltarle una dimensión, justamente la que queda determinada por el apilado de sus páginas. Las setenta hojas que conforman el libro parecieran sugerir que lo de volumen es al menos exagerado y, si se persiste en el intento de la definición geométrica, sería a todas luces más atinado hablar de superficie.

El famoso y anunciado ensayo sobre Borges se limita a una recopilación (rejunte podría resultar algo grosero, al menos en nuestro país) de conversaciones entre Vargas Llosa y Borges y algunas charlas dadas por el primero en honor de este último en distintas universidades. Nada nuevo. Pero, lamentablemente, en estos casos el comercio electrónico, a diferencia del convencional, no admite la devolución del dinero cuando el cliente no queda satisfecho con el producto.

Además del beneficio económico, la motivación de esta publicación tal vez haya que buscarla en la necesidad de Vargas Llosa de un auto desagravio ante ciertos comentarios ofensivos de parte del escritor argentino. Hay una anécdota risueña que cuenta Ricardo Piglia en sus memorias y que convierte al peruano en una víctima más de la ironía filosa del autor de “El Aleph”. “El otro día vino un peruano a verme, creo que era empleado de una inmobiliaria”, le habría dicho Borges, a un amigo suyo, días después de que Vargas Llosa lo visitara en su modesto departamento en Buenos Aires y le hiciera notar, no sin algo de insolencia, la pequeñez de las habitaciones y la existencia de varias goteras sobre la mesa del living.

De todos modos, y más allá de las motivaciones del autor o de la editorial a la hora de publicar estos textos, resulta reveladora la vigencia que aún hoy (y además cada vez en mayor medida) sigue teniendo Borges.

Pero intenta ser ésta una columna literaria, pretensión que le exige al menos algunos juicios más precisos sobre el texto que hoy promovemos. Atendiendo al plural, y al mismo tiempo a la ley del menos esfuerzo, me complaceré en hacer dos observaciones.

La primera es incuestionable y fácil: la prosa de Vargas Llosa es un regodeo para el lector. No existen muchos escritores en español que hayan alcanzado una destreza semejante, la prosa de Vargas Llosa produce vértigo, ansiedad, obliga al lector a dejarse llevar por un impulso irresistible, a transitar (contenga o no el texto alguna falacia) una aventura retórica que seduce por su inteligencia y su fría y calculada argumentación.

La otra observación tiene que ver con las influencias provocadas por Borges. Vargas Llosa ha sido un gran lector no solo de Borges sino también de Onetti, y a partir de ambas lecturas descubre una deuda de este último respecto al primero. La aseveración que plantea es arriesgada: ¿es Santa María, el universo ficcional de Onetti, un desprendimiento de Tlön? Según el peruano, el universo ilusorio que imaginó Borges en su cuento famoso “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”, puede haber sido fuente de inspiración para que el uruguayo (todo queda entre latinoamericanos) desencadenara ese sismo que produjo en la literatura a partir de la creación de una ficción dentro de otra ficción en “La vida breve” y otras novelas posteriores. Lo dejamos acá, por hoy, para más detalles remítase el lector al original (en última instancia nunca es caro un libro y la estrechez de su lomo no debe amilanarnos). Esta columna se está haciendo muy extensa. Y muy barroca.

Comentarios
Cargando...