Crónicas de una ciudad enrarecida

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Opinión / Carlos Verucchi / En Línea Noticias ([email protected])

 

Pedro G. lleva treinta y cinco años en la fábrica, entró a los dieciocho y desarrolló su vida y la de su familia gracias a un empleo del que siempre se sintió orgulloso. Nunca le importó demasiado que con los años su columna vertebral se fuera achacando y sus pulmones llenándose lentamente de sustancias nocivas, era el precio que debía pagar para que sus hijos pudieran ir al colegio y tener un futuro, pensaba.

 

Su gran sueño era que sus hijos pudieran ir a la universidad. El lunes pasado se enteró de que estaba entre los cuarenta despedidos. Los despidos están contemplados por la ley, me dice, son legales. No creo que el sindicato pueda hacer algo para frenarlos, agrega. La empresa le pagará a Pedro la indemnización estipulada y probablemente algo más, tal vez con eso tire un par de años, pero ¿puede ser legal arrojar a alguien de cincuenta y pico de años al vacío?

 

Los apologistas del sistema dirán que Pedro G. puede reinsertarse sin inconvenientes en el mercado laboral, sin embargo, la empresa para la que trabajó durante tantos años nunca lo preparó para esa eventualidad, nunca le enseñó otra cosa que no fuera sacar ladrillos de un vagoneta y apilarlos en otra, tarea que con los años fue arruinándole la espalda y provocándole un envejecimiento prematuro.

 

Gustavo M. montó hace unos años su heladería, al principio era una empresa familiar. Las cosas empezaron a ir bien y Gustavo se vio en la necesidad de tomar un empleado, después otro. Mi hijo me decía, confiesa, andá despacio viejo, no te embales. No lo escuché, se lamenta. Ahora tiene cuatro empleados. El fin de semana pasado vendió la quinta parte de lo que vendía unos años atrás en circunstancias similares. Los voy a tener que despedir, me dice con un gesto de decepción, como si fuera un chico que ve derrumbarse el castillo de cartas que acaba de construir porque alguien abre la ventana.

La señora R. entra en la carnicería con su changuito como todas las mañanas. Hoy está más callada que de costumbre, apagada. El carnicero se lo hace notar con una broma mientras me pesa un kilo de carne picada. Está todo muy difícil, reflexiona la señora R. Y va cada vez peor, no sé a dónde vamos a ir a parar, agrega. Y empieza con su rosario de calamidades, los remedios de su esposo, la factura de la luz, las fiestas de fin de año, ¿cómo hago para que mis hijos no se den cuenta?, pregunta. No quiero que se preocupen, ellos también tienen sus cosas.

Miguelito S. tenía su esquina, su semáforo. Todos los días mostraba sus malabares a los automovilistas, algunos lo compensaban con unas monedas. Ahora tiene que compartir la esquina con dos limpiavidrios y otro malabarista que tira fuego por la boca. Es que no quedan más esquinas con semáforos en Olavarría, me dice. Están todas ocupadas. A la noche, la misma esquina la toman las chicas. Son tres, a veces hasta cuatro. Son nuevas en el barrio. ¿Cuántos años tendrán esas criaturas?, pregunta mi esposa. Demasiado pocos, le digo.

Menos mal que desdoblaron la factura de gas en dos cuotas mensuales, comenta Sergio A., una cuota vence el dos de noviembre y la otra el veintinueve. ¿Nos estarán tomando el pelo?, pregunta. Con la pérdida de salario por inflación y el aumento de servicios, cada mes tenemos veinte lucas menos en el bolsillo, me dice, es fácil la cuenta. A mi esposa se lo he explicado cincuenta veces, agrega. Decime vos de dónde recortamos veinte lucas por mes, me dice Sergio que le ha preguntado. Su esposa lo escucha y lo entiende, pero no encuentra respuesta.

Gustavo M. al final arriesga una postura optimista, hay que aguantar, ya va a pasar esta malaria, dice. Son los ciclos de la economía, agrega. ¿Pero mientras tanto? Mientras tanto hay que escuchar a la ciudad, sus calles dicen cosas sin hablar. Murmuran por lo bajo, laten de un modo muy especial.

Pobre de aquellos que no sepan escuchar.

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