Dios está en todas partes, pero atiende en Buenos Aires


Libros / Carlos Verucchi / En Línea Noticias (Twitter: @carlos_verucchi)

“Juan Filloy es el escritor argentino más importante del siglo XX”, afirma Mempo Giardinelli días antes del estreno en Cine.ar TV de “Don Juan”, su documental sobre el escritor cordobés fallecido en el año 2000. Más allá del intento publicitario de Giardinelli de tentar a los televidentes a ver su documental, sus palabras indudablemente encierran cierta necesidad de colocar a Filloy en el lugar que se merece dentro del ámbito de la literatura argentina. Lugar que le ha sido negado durante años, de manera similar a como les ha ocurrido a muchos escritores del interior del país.

Pareciera que conviven en Argentina dos ámbitos literarios paralelos. El de la gran literatura de la capital, y el ámbito más modesto y tímido del interior del país. Si bien esta aseveración es casi un lugar común (Dios está en todas, partes paro atiende en Buenos Aires, dice el dicho) y por otra parte puede extrapolarse a todos los ámbitos, es tal vez en el círculo literario donde mayor evidencia toma.

El esfuerzo de Mempo Giardinelli por rescatar del olvido a Juan Filloy y darle el lugar que de acuerdo a su percepción merece es, en cierto modo, el esfuerzo de Juan José Saer por rescatar a Juan L. Ortiz de la indiferencia a la que inevitablemente lo condenaba su silenciosa residencia en Entre Ríos. El esfuerzo que ambos deben hacer es similar, extremo, Saer afirmaba que Juan “Ele” fue el mejor poeta argentino del Siglo XX, nada menos. Mempo, casi haciendo apología del recurso, tiene que poner a Filloy en igualdad de condiciones, o aún incluso por encima de Borges, para que prestemos atención en un autor casi olvidado más allá de los límites de la ciudad de Río Cuarto.

Algo similar ocurrió con Antonio Di Benedetto, quien tuvo que ir a buscar reconocimiento en su exilio europeo para que en Argentina, más allá de Mendoza, pudiéramos conocer su literatura. Y la lista sigue, interminable.

No se trata, claro, de desestimar la importancia cultural que ha tenido y sigue teniendo Buenos Aires tanto en nuestro país como en toda Latinoamérica. Esto, sin embargo, no exime de la necesidad de reivindicar el trabajo silencioso de muchos escritores que, por no residir en Buenos Aires, ven restringidas sus expectativas.

El potencial que en términos literarios concentra la “gran ciudad”, y la penetración que los grandes medios de la capital ejercen sobre el resto del país, hacen que las posibilidades de trascender, fuera de ese ámbito metropolitano, sean sumamente escasas. “¿Qué va a ser buen escritor este flaco si vive en la esquinas de mi casa?”, suele decir un amigo. El reconocimiento siempre está orientado a seres anónimos, para admirar a alguien necesitamos desconocer detalles que estén más allá de las cualidades que originan la admiración. Al menos en un principio, ya que después, cuando el reconocimiento se vuelva generalizado, no habrá forma de saciar la avidez por conocer detalles de la vida personal e íntima del personaje. ¿O no hay, acaso, lectores abocados a la tarea de descubrir quién le elegía las corbatas a Borges?

Cuántos Filloy o Juan Eles estarán en este momento viendo, impávidos, la facilidad con la que muchos escritores jóvenes, obedientes y esmerados a la hora de hacer los deberes en los talleres literarios de moda a los cuales asisten, ―en la capital, obviamente― publican sus textos rápidamente, mientras ellos deambulan ante la impotencia de no hallar el modo de hacerse conocer.

Menos mal que en literatura, el tiempo, tarde o temprano pone las cosas en su lugar.

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