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Dos veces marzo

Escribe: Carlos Verucchi.


Opinión / Carlos Verucchi / En Línea Noticias (Twitter: @carlos_verucchi)

La rueda dio, al fin, una vuelta completa. Lo que empezó como situación excepcional que se prolongaría a lo sumo por quince días, debió extenderse otros quince días más, y otros. Y así completamos un año. Aprendimos a vivir sin salir, algunos, a la fuerza. Aprendimos a convivir con el flagelo, las manos anquilosadas por el alcohol pulverizado, el sueño trastornado que se empaca de madrugada y viene a cualquier hora del día, el miedo a visitar a los viejos, el miedo por lo que podría venir en caso de no visitar a los viejos. Me resistí durante todo el año a escribir sobre la pandemia, siempre supe que no tenía nada para decir. Tampoco hoy tengo nada interesante para decir, apenas si puedo ensayar un estéril ejercicio de catarsis.

La proliferación de un virus que nos va matando de a poco supera la capacidad de raciocinio de la especie humana. Queda del lado de afuera de la inteligencia. Será por eso que nadie dice nada interesante o revelador.

Podríamos apelar a esa consigna hueca y absurda que asegura que la “naturaleza es sabia”. Y entonces afirmar que en virtud de su sabiduría, la naturaleza nos tiró por la cabeza una epidemia para ralentizar los mecanismos con los que el capitalismo estaba agotando los recursos del planeta. ¿Cómo asignar atributos de sabiduría a una naturaleza que permitió que el hombre llegara hasta acá? Y cuando digo hombre no estoy desestimando el lenguaje inclusivo, muchos menos estoy poniendo de manifiesto posturas machicas, estoy, simplemente, reconociendo el rol esencial que tuvo el hombre (y no la mujer) en ese encadenamiento de injusticias y ambiciones desmedidas que desembocaron en este despropósito en el que nos toca vivir. ¿Cómo pueden ser sabias esas reglas de la naturaleza que nada hicieron por evitar que la humanidad llegara a niveles de desigualdad pavorosos? ¿A una realidad en la que una mitad de la raza humana se muere por no poder alimentarse mientras que la otra mitad lo hace por alimentarse en forma desmedida?

También escuché en algún momento que la pandemia posee características de tamiz, y que como tal permite disgregar al héroe del villano, al solidario del mezquino. Y que, de acuerdo a como ocurre en la famosa novela de Albert Camus, nos empuja a revelar nuestra verdadera condición. Como esos alcohólicos a los que la bebida los deja en evidencia como alegres o nostálgicos, como violentos o cariñosos, la peste nos desnuda al punto de no permitirnos esconder nuestra mesura o irresponsabilidad, nuestra abnegación o nuestra indolencia, nuestra capacidad para respetar al otro o, incluso, una lisa y llana estupidez.

Tal vez este rasgo de la pandemia sea realmente efectivo en la confirmación de ciertos supuestos políticos e ideológicos. Es poco probable que solo por casualidad los gobiernos o sectores políticos más reaccionarios sean los que mayor desidia muestran a la hora de enfrentar la pandemia. En esto sí es reveladora la peste, deja al descubierto el desdén que por la “gente”, o por el “pueblo” (dos eufemismos que de a poco han caído en desuso) sienten los sectores más conservadores de la sociedad nacional y mundial.

Absurdos ideológicos como la negativa de algunos, en nuestro país, a aplicarse una vacuna de origen ruso, ponen de manifiesto el bochornoso grado de retraso cultural en el que ha caído esta bendita nación, nación que alguna vez fue la más culta y educada de toda América Latina, la vanguardia cultural y científica del continente.

Se los advertí, no tengo nada para decir sobre esta locura, o muy poco. Mi abuela en este caso habría dicho “estamos a la buena de dios”, y tal vez esa afirmación encierre más verdad que la de muchos formadores de opinión que la van de epidemiólogos, de expertos en transmisiones virales, de desarrolladores de vacunas y de habilidosos empresarios sabedores de cómo gestionar, comprar al mejor precio, trasladar, distribuir y aplicar las vacunas, de prestidigitadores capaces de anticipar el inicio ya no de la segunda ola sino de la cuarta o quinta.

Tal vez no sea la condición de héroe la que deja al descubierto la pandemia sino la de charlatán.

También están los que, en un intento de jerarquizar o intelectualizar las opiniones, hacen comentarios del tipo “ya nada va a ser igual después de esto”. Y… no. Nada fue igual después del SIDA, ni de la epidemia de peste amarilla que los soldados de la Guerra del Paraguay trajeron a Buenos Aires. Yendo a un extremo, ni siquiera fue igual el mundo después de que Camus escribiera “La peste”, las mentiras que se esconden en una novela también cambian el mundo. O al menos esa es la ingenua pretensión de quien domingo a domingo escribe una columna de literatura, y que en virtud de esa motivación le ha robado hoy a Martín Kohan el título de esta nota. Y que se permite, apelando a la generosidad del lector, y tal como adelantara, compartir esta inevitable catarsis para no morir de desesperación.

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