El aplomo del desclasado

Escribe Carlos Verucchi.


Libros / Carlos Verucchi / En Línea Noticias (Twitter: @carlos_verucchi)

Algo inusual resulta la puerta por la que María Gainza (Buenos Aires, 1975) irrumpió en el mundo de la literatura. Se inició como periodista de  arte en diarios y suplementos culturales. Trabajó para The New York Times en Buenos Aires, fue corresponsal de ArtNews y escribió para el suplemento Radar de Página/12.

En 2014 sorprendió gratamente a la crítica literaria con su primera novela, “El nervio óptico”. Aquella primera incursión en el campo de la narrativa entremezcla la historia personal de la narradora (crítica y asesora de obras de arte) con las historias de pintores famosos, argentinos algunos y extranjeros otros, contemporáneos o de siglos pasados. De algún modo “El nervio óptico” puede verse como un conjunto de lecciones sobre grandes artistas que permiten, a un lector inexperto en el tema, un primer acercamiento al mundo del arte pictórico. La prosa de Gainza es atrapante, de una inteligencia y una agudeza pocas veces vistas en la literatura argentina contemporánea. Contagia su gusto por la pintura y obliga a algunos lectores, entre los que me considero incluido, a buscar en Internet fotos de las obras de Courbet o Cándido López, de Fujita y Rothko, o a correr en busca de una biografía de Miguel Ángel o del Greco.

María Gaiza se educó en una familia aristocrática (su padre fue dueño del diario La Prensa). En algún momento de su adolescencia o juventud rompió lazos familiares y se volcó a la bohemia. Tal vez su mirada nos resulta tan particular debido a que nos acerca al mundo desconocido y hermético de las familias patricias de nuestro país desde una perspectiva desenfocada: la de alguien que fue formada para practicar equitación y estudiar música clásica pero terminó escuchando a Sumo y emborrachándose en tugurios de mala muerte en barrios marginales.

En 2018 Anagrama publicó su segunda novela: “La luz negra”, una historia que se mantiene vinculada al mundo de las obras de arte. La narradora consigue un empleo en la oficina de tasación del Banco Ciudad. Allí se convierte en ayudante de Enriqueta, una mujer mayor y especialista en obras de arte que se encarga de asignar el carácter de original o falso a costosas pinturas. Como una especie de detective, la narradora comienza a involucrarse en una red de estafadores que, con la complicidad de Enriqueta, se dedica a hacer pasar pinturas falsas por genuinas. La Negra es una pintora que copia obras de Mariette Lydis, una pintora austríaca por la que la clase alta argentina muestra cierta fascinación. La trama es en definitiva un pretexto para plantear interrogantes del tipo: ¿hay arte en una imitación? ¿Puede un falsificador mejorar un original? ¿Dónde está el valor de una pintura?, ¿en el hecho de haber sido pintada o no por quien supuestamente es el autor o en el valor intrínseco que realmente tiene?

La narración oscila entre los grandes salones de la aristocracia nacional, con su snobismo y sus excentricidades, y la bohemia de los años sesenta y setenta que, ignorante de la noche que traería el SIDA años después, se regodeaba en el desenfreno de las drogas y el sexo.

En un tiempo en el que la literatura argentina se ve beneficiada por la irrupción de una gran cantidad de novelistas mujeres, María Gainza se impone como una de las más destacadas. Alguien que viene de “afuera”, alguien que tiene en el mundo de las letras la mirada del extranjero, alguien que, como un tal Guevara, mira el mundo con el aplomo del desclasado.

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