El arcabuz apuntando al futuro

La distopía según Vladimir Sorokin


Por Guillermo Del Zotto

Arcabucero era quien, evidentemente, estaba encargado de activar el arcabuz. Un arma del siglo XVI, de fuego y portátil, que seguramente se utilizó en el cuerpo represivo de Iván El Terrible en la Rusia de esa época. Ese grupo de tareas se conocía como “la opríchnina”. Vladimir Sorokin, uno de los escritores más controvertido en su país, toma esa realidad para trasladarla a la Rusia de 2027. El resultado es la vertiginosa novela “El día del oprichnik” (Alfaguara, 2006) que mezcla ciencia ficción con denuncia. Hay que decir que el narrador aquí es el verdadero arcabucero, lanzando perdigonadas luminosas sobre un aspecto que nadie quiere revisar y que parece asomarse irremediablemente en la realidad de su país. Sobre todo si la releemos hoy a pocos pasos de la fecha que imagina el autor.

No en vano Sorokin se formó en la vanguardia rusa de los ochenta y más que nada ligado a las artes plásticas. Como un bello Frankenstein o un caprichoso patchwork, va armando un entramado que hace pasar al lector –con muy buena velocidad de navegación- por las sensaciones de “1984” de Orwell, “Un mundo feliz” de Huxley y también por “La naranja mecánica” de Burgess. Esta última sobre todo por la forma de dragonear que tiene el opríchnik protagonista y por la invención de un vocabulario propio que mezcla lo arcano con lo posmoderno. El arcabuz con los Mercedes Benz.

La construcción fragmentada de la novela, además de darle ritmo a la lectura, está hecha con logrados recursos. Reconocibles recursos. Tanto con frases cortas separadas por puntos seguidos como capítulos casi enteros realizados con frases largas, sin el uso de los signos de puntuación. O el uso de largos poemas bajo un formato tradicional.

No obstante, no hay un engorroso intento de ser vanguardista. Más bien de lo contrario: utiliza lo mejor de la tradición novelística para llevarnos por escenas totalmente emparentadas con la sensación de estar observando un film. La ruptura se da por escenas, en todo caso. Como las sucesivas quemas de libros de Dostoievski, Tolstoi y Chéjov en un evidente gesto de parricidio literario.

Como en una especie de Arca Rusa desenfadada, Sorokin también junta los siglos rusos. Sintetiza la historia con el Disturbio Rojo y el Disturbio Blanco. Mientras un tsunami cubre de agua al Kremlin hasta las cúpulas.

En esta novela la grieta sí que es grieta. Comenzando con el propio país, ya que Rusia se separa del mundo llevándose el gas de todo Europa. Desde el 2006 a esta parte han abundado series y películas con intentos de reflejar la dura realidad del poder real en la política y en lo económico. Sorokin tiene grandes cartas cabales, no sólo por ser ruso, de dar un testimonio único y al mismo tiempo de conseguir prácticamente un nuevo subgénero: thriller fantástico del poder.

Siempre buscando una vuelta de tuerca a la construcción de la novela distópica, Sorokin ha publicado también “El Kremlin de azúcar” donde utiliza toda la gala de los cuentos populares rusos más antiguos para darle, de alguna manera, continuidad a “El día del oprichnik”.


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