El burro y los zuecos

Desde San Luis llega, un antiguo cuento cuyano.

Por: Arq. Jorge Hugo Figueroa.

Tiempo de lectura estimado:  3:30 minutos

    Vivía en las sierras de la provincia de San Luis un viejo chacarero. Don Santos, que así se llamaba, era uy amigo de sentarse junto al fogón y contar los relatos fantásticos que inventaba pero jamás admitía que le dijeron que éstos no eran reales.

  La historia que más le gustaba narrar era la aventura vivida por su burro preferido.

  Contaba Don Santos que hacía muchos años la producción de sus árboles frutales había sido magnífica. Para llevar la fruta al mercado, que quedaba a unas cuantas leguas de su chacra, se vio obligado a comprar algunos burros para emplearlos en el acarreo de la mercadería. Los estrechos y hondos caminos serranos no permitían hacerlo de otra forma.

  El animal más bueno de ésta tropa era u burro pardo. De buen carácter, cariñoso y muy trabajador no tardó en acostumbrarse a su nuevo dueño. A los pocos días era capaz de reconocerlo a la distancia y después de saludarlo con sonoros rebuznos se le acercaba trotando. Una vez junto a él, husmeaba sus manos reclamando las caricias del chacarero.

  Así fue como no tardó en nacer una sincera amistad entre ambos. Desde entonces siempre se los veía juntos, donde iba Don Santos estaba su querido pardo, para quien no existían tranqueras ni ataduras, pues siempre se las ingeniaba para quedar en libertad y seguir a su dueño igual que un perro.

  Además cuando trabajaba jamás se empacaba y podía llevar dos veces más carga que los otros animales, sin ninguna dificultad ni muestras de fatiga. Sólo tenía un defecto: era extremadamente bajo. Cuando estaba cargado arrastraba las árguenas y no podía transitar por los caminos serranos.

  Don Santos, que no quería desaprovechar los servicios del buen animal, se pasó días y días pensando cómo solucionar este inconveniente. Hasta que por fin se le ocurrió una idea.

  Y seguía contando Don Santos que fabricó con madera de sauce, cuatro zuecos para el burro: una vez colocados a las patas del animal lo hicieron aumentar su altura en treinta o cuarenta centímetros. Entonces sí pudo ser cargado sin temor a que las árguenas se golpearan en los bordes de los hondos caminos, ni se mojasen al cruzar los arroyos.

  El chacarero estaba contentísimo con el resultado de su invento y utilizó los servicios  del animal durante la cosecha de ese año.

  Pasó el tiempo y un buen día Don Santos tuvo que ausentarse de la chacra; a su regreso se encontró con que el burro había desaparecido.

  En vano el chacarero fue a campear en su busca, no lo encontró por ninguna parte. Desesperado estuvo recorriendo por meses y meses las chacras vecinas sin ningún resultado.

  Y por más que preguntó y buscó, fue imposible dar con su querido pardo.

  Habían transcurrido tres años de la desaparición del animal y el chacarero no dejaba de lamentar su pérdida.

  Hasta que una mañana, Don Santos estaba tomando unos mates debajo del corredor de su rancho, cuando escuchó a la distancia unos rebuznos y tirando el mate gritó:

  • ¡¡Ese es mi pardo!!

  Corrió al palenque donde siempre tenía el caballo ensillado, montó y al galope se dirigió al sitio de donde creía que partían los rebuznos.

  Grande fue su decepción cuando al llegar encontró a otros animales de la chacra, sin que el burro se hallara entre ellos.

  En el camino de regreso el chacarero se conformó pensando que el gran deseo que tenía de encontrarlo le había hecho oír sus rebuznos.

  Sin embargo al día siguiente volvió a escucharlos y se dio cuenta que su equivocación no partía de los rebuznos, que estaba seguro eran del burro perdido, sino del lugar de donde éstos provenían. Igual que el día anterior partió al galope pero se dirigió a las ciénagas que limitaban su campo por el norte.

  Una vez que llegó al lugar lo recorrió cuidadosamente, y miró por todos lados, sin poder encontrarlo.

  Perdidas las esperanzas estaba por regresar a su rancho, cuando volvió a oír los rebuznos justo encima de su cabeza, alzó la vista y … ahí estaba su burro bamboleándose sobre cuatro corpulentos sauces.

  • Los cuatro Zuecos – explicaba Don Santos a sus escuchas – los había hecho con madera fresca y al quedar el burro empantanado en la ciénaga, la humedad hizo que brotaran y cada uno de ellos se convirtiera en una hermosa planta.

  Al llegar a este lugar del relato, nunca faltaba alguien que le preguntara:

  • ¿Y de que se alimentó el burro durante esos tres años Don Santos?
  • ¿De qué? … y comiendo retoños…

Arq. Jorge Hugo Figueroa.

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