El desarrollo no se importa


La economía argentina en el siglo XXI constituye una excelente culminación de la obra de Aldo Ferrer.

Libros / Carlos Verucchi / En Línea Noticias ([email protected])

Poco antes de morir, en marzo de año pasado, Aldo Ferrer cerró su obra ensayística con “La economía argentina en el siglo XXI”, publicado por Capital Intelectual.

A diferencia de otras ciencias, la economía mantiene vigentes más de un marco teórico al mismo tiempo. Una decisión política-económica puede resultar equivocada si se la analiza desde alguno de esos marcos teóricos y acertada si se lo hace desde otro.

Después de la caída del muro y de los regímenes socialistas, existen dos marcos teóricos o modelos económicos que se disputan la hegemonía.

El denominado neoliberalismo por un lado (el prefijo neo establece la diferencia con el primer liberalismo económico, condenado a muerte definitivamente en la crisis del año 1929), y el modelo keynesiano, proteccionista, basado en el pleno empleo y en el fomento al desarrollo industrial de las naciones, por otro.

Aldo Ferrer es terminante respecto al primer modelo, al que considera un absurdo intento de abstracción de los economistas de la escuela de Chicago o “La pretenciosa sofisticación técnica de análisis matemáticos intrascendentes…”.

Por el contrario, y continuando la doctrina de su maestro, Raúl Prebisch, manifiesta una profunda convicción respecto al único camino posible para la economía argentina: el desarrollo industrial.

Según Ferrer, la Argentina vivió una época de esplendor durante lo que él denomina “la industrialización inconclusa”. Este período se inicia a fines de la década del 30 (después de la pérdida de protagonismo en el orden mundial de quien había sido nuestro socio más importante, Gran Bretaña) y termina, abrupta y sangrientamente, en el golpe de estado del 76.

“El desarrollo no se importa. Es, en primer lugar, un proceso de construcción dentro de cada espacio nacional, una responsabilidad que no puede delegarse en factores exógenos…” ―afirma el autor. Y ese desarrollo, por otra parte, debe estar rígidamente diagramado y supervisado por el estado. Para demostrar esta postura, Ferrer apela al ejemplo de los famosos tigres asiáticos (Corea del Sur, Hong Kong, Singapur y Taiwán) y al de China, “… en todos los países exitosos predominó un pensamiento crítico fundado en el interés nacional y el rechazo al pensamiento hegemónico de las potencias dominantes”.

Esto es, todos los países que han logrado desarrollarse recientemente ―en la etapa del denominado capitalismo tardío―, lo han hecho contradiciendo las instrucciones de organismos como el FMI.

Para Ferrer, durante la etapa del kirchnerismo nuestro país retomó le senda del desarrollo industrial, un desarrollo genuino dado que se basaba en una sólida gestión del conocimiento y en una activa participación del estado.
El nuevo gobierno ha logrado reemplazar este paradigma por los viejos axiomas que todos conocemos: la desacreditación de la industria nacional, el desdén por el desarrollo científico y tecnológico, la sumisión incondicional a un orden mundial que nos prefiere como productores de recursos primarios.

Tal vez sea hora de romper con nuestra obediencia al orden occidental e imitar la rebeldía de los países asiáticos, esos que lograron meterse en el primer mundo a pesar de que para ellos las puertas estaban cerradas.
Todavía estamos a tiempo, pero tal vez ésta sea nuestra última oportunidad.

 

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