Es de Olavarría y trepa una medianera para ver sus hijos

En la actualidad vive en pésimas condiciones en la ciudad de Laprida. Su caso tomó trascendencia en los medios nacionales.


Hace seis años que Gloria Arrúa dejó Olavarría y se radicó en Laprida con sus cinco hijos. Allí, junto a su pareja, inició una vida llena de necesidades e incluso el hombre le dio el apellido a su hijo más chico, sin ser el padre.

En Laprida, Gloria vive en un predio conocido como “perrera”, según la misma Gloria le contó a Telefe Noticias para que su caso trascendiera las fronteras de la región.

El Servicio Social local no tardó en intervenir ante sus carencias y limitaciones, su caso se judicializó y los cuatro hijos mayores están desde hace cuatro años en un hogar de menores. Allí reciben lo que se supone necesita todo niño: un techo, una cama, ropa, comida y útiles escolares para ir a la escuela cada mañana. Los encargados del hogar los llevan también a un centro complementario por la tarde. Pero los hermanitos –Brisa, de 12 años; Cintia, de 11; Maximiliano, de 10 y Matías, de 8- se crían sin algo fundamental: el amor de su mamá. Una mamá que los ama pero que no tiene los recursos mínimos para su crianza.

Mientras tanto, para Gloria dispusieron de un acompañante, una asistente social que en menos de una semana determinó que no podía ser madre, condición de la que fue alejada aún más cuando en febrero el Juzgado de Familia N°1 de Olavarría le impidió el contacto con sus pequeños a través de una medida de restricción y, hace seis meses, los incluyó en el registro de adopción. Cuando Gloria supo que a su hijo de 8 años lo comenzaron a vincular con una familia de Bahía Blanca que quiere adoptarlo, su mundo de ilusiones se desmoronó y los muros que ya obstaculizaban el contacto con sus hijos se hicieron aún más altos.

Los hermanitos, por su parte, quieren estar con su mamá y no quieren separarse. ¿De qué manera lo expresan? Con problemas de conducta en la convivencia.

Como no permiten que Gloria se acerque a sus hijos, ella se las rebusca para trepar a los paredones de la escuela y desde allí los observa cuando salen al patio.

Los nenes la extrañan y casi no tienen lazos con Milton, su hermano menor, que ya tiene 6 años y es el único que vive con Gloria: los mayores se escapan para darle un beso y le hacen dibujitos con mensajes de amor.

Este año Gloria, de 34 años, asiste a clases para terminar el ciclo primario que tenía inconcluso. Su objetivo es conseguir un trabajo y una vivienda digna para poder recuperar a sus hijos. Mientras tanto, vive en una casilla de chapa, techo “podrido” y piso de tierra que le prestaron en la estación de tren.

Sin embargo, los tiempos se acortan y mientras su desesperación ante la inminente pérdida crece, sus energías se diluyen. La Justicia, que suele tener plazos generosos en cualquier fuero, cuando se trata de adopciones, es bastante expeditiva.

Casi en situación de calle e inmersa en una pobreza extrema, solo la esperanza la mantiene en pie y lo que pueda hacer su abogado, el defensor oficial Juan Alberto Lucas, de la Unidad Funcional de Defensa N°1 de Olavarría, en la próxima audiencia cuando la Cámara de Apelaciones Departamental de Azul resuelva la instancia de apelación en la que se encuentra el expediente.

“Aunque todos los padres del mundo desean lo mejor para sus hijos, la pobreza es una barrera importantísima que dificulta el logro de este objetivo a quienes se enfrentan con ella. La necesidad de priorizar el acceso de las familias pobres a los programas de desarrollo infantil financiados con dinero público parece una conclusión elemental. Desconcierta que en muchos países de América Latina y el Caribe, e incluso Europa, éste no sea el caso”, afirmó en 2015 María Caridad Araujo, especialista líder en el departamento de Salud y Protección Social del Banco Interamericano de Desarrollo, en su artículo “¿Son los pobres malos padres?“.

Fuente: Telefe Noticias

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