Guadalupe, cuestión de fiarse

Escribe Angélica  Diez, Misionera  de la  Inmaculada  Padre  Kolbe, Olavarría.


El papa Francisco visitó a la Virgen de Guadalupe el 13 de febrero de 2016 (GABRIEL BOUYS/AFP/Getty Images).

El  12  de  diciembre   se   celebra  a  Nuestra  Señora de  Guadalupe  la patrona de todos los pueblos de América. Según los relatos tradicionales, la Virgen María se apareció al indio Juan Diego en el cerro del Tepeyac   en  el  año 1531 y le mandó que le dijese al obispo de México, fray Juan de Zumárraga, que le erigiera un templo. El obispo le pidió a Juan Diego que le llevara una prueba.  Y  la  prueba  fue la  impresión  de  la  imagen grabada  en la tilma  de Juan  Diego que  se venera en  el  Santuario.

            “Juanito: el más pequeño de mis hijos yo soy la perfecta y siempre Santa Virgen María, la madre del verdadero y único Dios, de Aquel que es el autor de la vida, del creador de los hombres, de Aquel por el cual todas las cosas existen, del Señor del cielo y de la tierra. Deseo ardientemente que en este lugar sea levantado un templo para mí en el cual yo pueda mostrarme, manifestarme, darles a las personas todo mi amor, mi compasión, mi auxilio, porque, en verdad yo soy la madre misericordiosa; tuya y de todos aquellos que habitan en la tierra, de todos los que me aman, me invocan, me buscan y depositan en mi toda su confianza. Voy a cuidar y curaré a todas las personas; sus miserias, sus dolores”.

            ¿Cuál  fue  la reacción de  Juan  Diego ante  esta  aparición  comprometedora  que lo  elegía a él, “  el más  pequeñito” ? Fiarse  de  María. Juan  Diego  “se  fio  de María” y,  desde  esta  confianza plena “  en  mi niña  más  pequeña”- como le  decía expresando su ternura filial-, se  atrevió  a  presentar  su  mensaje  a las  autoridades  religiosas  que  no  le  creyeron. Y el volvió; una  y otra vez porque “la  Dulce  Señora  del  Tepeyac” se  lo pedía.   No se  cansó de recomenzar y  se  dispuso  a  colaborar  con Ella poniendo toda su energía y plena confianza.

            Así  como María, en la  Anunciación  del Ángel se  fio de  Dios porque  se  sintió  amada, así, en   el cerro  del  Tepeyac  Juan  Diego  se  fio  de  María y llevó  adelante  el  valor de un mensaje  de vida  y de unidad porque  se  sintió  amado  y elegido para una misión. Esa  es  ahora  nuestra tarea;  aprender a “fiarnos” de  Dios y de los demás. La  clave  está  y  es  indispensable; “sentirnos amados” incondicionalmente y  desde allí  ofrecernos  a la  Madre. “El ofrecimiento a María es también mirada confidencial y atenta hacia la Madre; es caminar con Ella; es alegría de pertenecerle; es confianza ilimitada en su misión; es seguridad de estar en buenas manos” (Padre Luis Faccenda).

            Juan Diego en  el  año 2002 fue declarado  santo por la iglesia católica. Los  pobladores   de México brindaron un homenaje a este nativo de Cuautitlán pusieron una placa en la plaza de la Basílica de Guadalupe  donde dice:Personificación de nuestro pueblo, a quien la excelsa Madre de Dios tituló: hijo predilecto de su corazón y le mandó pedir al obispo un templo donde mostrar su misericordia. Al entregar las flores recibidas como señal, apareció estampada en su tilma la maravillosa imagen de la Virgen de Guadalupe, el 12 de diciembre de 1531, año metlactli omey acatl, 13-caña, fecha inmortal para todos los mexicanos”.

            Vivir  esta  fiesta  hoy  es  “cuestión  de fiarse” porque,  quien  quiere  confía y  Ella es  la primera  que  nos  quiere y siempre  está. “La Virgen irá ahora a nuestras casas en lugar de esperarnos en su casa, ella irá a través de los medios”, así el  Cardenal Carlos Aguilar Retes alienta a  la población para celebrar  a la Virgen Morenita desde  sus  hogares.  Junto  a ellos  nos  confiamos a sus  cuidados  maternos.

  (*)  Angélica  Diez, Misionera  de la  Inmaculada  Padre  Kolbe, Olavarría.

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