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La pampa como el lugar donde estamos perdidos

Escribe: Carlos Verucchi.


Libros / Carlos Verucchi / En Línea Noticias (Twitter: @carlos_verucchi)

Después de habernos acostumbrado a sus muy buenos cuentos, Federico Falco (Córdoba, 1977) incursiona en el género novela con la publicación de “Los llanos” (Anagrama, 2020).

El narrador de “Los llanos”, novela finalista del Premio Herralde 2020, acaba de sufrir la ruptura de una relación de pareja de muchos años y busca la forma menos dolorosa del olvido. Se aísla en un lugar perdido de la pampa y se dedica a cultivar su propia huerta. Imposibilitado de trabajar en lo suyo (es escritor y coordinaba talleres de escritura en Buenos Aires), se remite a repetir mecánicamente las enseñanzas de sus abuelos, inmigrantes italianos que se establecieron al sur de Córdoba escapando de la guerra, sorprendidos al encontrar extensiones ilimitadas de llanura fértil, un clima placentero para el cultivo y también para la vida.

A partir del monólogo interior del narrador, Falco desanda los caminos que suele tomar el desengaño, la desilusión amorosa, el proceso de duelo. “Un cuerpo apenado, ¿cómo se escribe?” se pregunta el narrador ante la imposibilidad de volver a sus textos, de retomar sus apuntes, derrotado por la dificultad de olvidar, de dejar de pensar en ese pasado cercano y tan entrañable, tan irrecuperable.

No es casual que el personaje elija la pampa para intentar el olvido. “La horizontalidad. La pampa como el lugar donde estamos perdidos”, reflexiona. No hay mejor lugar para perderse que en la vasta llanura, en ese “vacío de altura”, donde no hay ningún “punto desde donde mirar alto. Ningún punto desde donde mirar desde arriba”. Este desierto interminable que nos parece tan natural a los autóctonos, tiene que haber constituido una trampa muchas veces mortal para nuestros abuelos inmigrantes. “Inmigrantes que vienen de pueblos de montaña y ahora están perdidos en la pampa. Inmigrantes que extrañan las montañas y ante el vacío se suicidan tirándose al pozo. Se ahorcan porque vuelve la guerra o porque se ven perdidos”. La pampa nos hace sentir insignificantes, nos aturde de tan abierta que se ofrece, nos acobarda y nos induce a creer que nada se puede hacer ante semejante despropósito de la naturaleza, ante tamaña manifestación del abstracto concepto de infinito.

Paradójicamente los escritores de la literatura gauchesca no describían mayormente la pampa, la concebían como el aire o el agua, carentes de todo significado o sentido poético. Son los escritores actuales los que se dejan tentar por la posibilidad de contarla, de convertirla en texto, de asignarle un rol protagónico en sus tramas. ¿Cómo contar la repetición incesante, el tedio de lo que vuelve cíclicamente? Hemos compartido aquí intentos exitosos de mostrar esa pampa, de abordarla desde distintos enfoques más o menos poéticos. Muestra de ello son las novelas de Fermín Eloy Acosta, de Gabriela Cabezón Cámara. Ahora que las pienso como lecturas lejanas, esas novelas desatan impresiones de asfixia, porque lo excesivamente abierto puede asfixiar más que el encierro. La pampa como metáfora de negación, de imposibilidad.

Pero hay algo más, en el texto de Federico Falco, que merece ser destacado: de acuerdo con su condición de escritor, el personaje principal de la novela va dejando mojones que permiten identificar los postulados literarios del autor. “La gran energía que requiera la literatura es la de ordenar, la de contar el cuento, la de darle un orden y una estructura, encontrarle un sentido.”

“Los llanos” no se parece a los cuentos publicados anteriormente por el autor. Éstos caminan por la cornisa de lo fantástico, aspiran a asombrar al lector, a dejarle dudas, miedos, a mostrarle el costado sobrenatural de las cosas simples. La novela, por el contrario, invita a la reflexión, se mueve en un realismo anclado a la vigilia, lejos de los sueños. El dolor del personaje se materializa en el cuidado con que quita la gramilla que no deja crecer el perejil, en el celo que pone en el cuidado de sus gallinas, el lector termina acompañando al personaje en su dolor, en su demorado olvido.

Hay un Federico Falco cuentista y un Federico Falco novelista, ambos son recomendables.

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