La pelota del diez

Libros / Carlos Verucchi / En Línea Noticias (Twitter: @carlos_verucchi)

A dos años de la muerte de Diego Maradona, su figura no ha dejado de elevarse en la estimación y admiración no solo de argentinos sino de futboleros de todo el planeta. Apariciones fantasmagóricas que ponen la piel de gallina, fotos y videos inéditos, pancartas y estandartes que elevan su figura al nivel de mito, de ícono de la rebeldía y de protector silencioso y desfachatado de todos los desposeídos del mundo lo mantienen tan vigente como cuando vivía.
Se me ocurrió que la mejor manera de recordar al diez en estos días mundialistas (aclaro que escribo esta columna antes de que Argentina juegue con México) sería releer una novela de Sergio Olguín publicada por primera vez en 2004. En “El equipo de los sueños”, de editorial Norma, Olguín recurre al recurso del hecho trivial y anecdótico, al personaje anónimo, para construir un relato épico y a la vez tierno y conmovedor. Alguien, alguno de esos seres desconocidos que crecimos con Diego y que con su gloria pudimos desteñir apenas nuestras miserias, conserva la pelota con la que el mejor jugador de la historia jugaba en Fiorito a los seis o siete años. Es una pelota pequeña, una número uno, no la profesional número cinco con la que juegan los adultos. Ese ser anónimo defendió alguna vez a aquel pequeño de la hostilidad impiadosa de la villa. Diego, fiel a lo que fue durante toda su vida, jamás olvidó ese gesto y cuando su protector entró en bancarrota no tuvo mejor ocurrencia que obsequiarle lo más preciado que tenía.
Con el tiempo, la pelota se fue convirtiendo en un fetiche cada vez más codiciado. Después de la gloria del diez, alguien ofreció al dueño del amuleto varios millones de dólares. Obviamente la pelota seguirá por siempre en Fiorito aunque su portador no tenga qué comer.
Pero en la ficción, en la trama que Olguín teje en su novela, los desmitificadores de siempre roban la pelota para hacerla dinero. Para recuperarla no habrá otra opción que formar un equipo valiente y único: el equipo de los sueños.
En tono ameno y desenfadado, el autor nos mete dentro de la villa, nos acerca al padecimiento diario de aquellos que lidiarán durante toda su vida con el rótulo imborrable y deshonroso de “villeros”. Los límites entre la villa y la zona convencional o normal del conurbano bonaerense se dibujan con precisión quirúrgica, el rol turbio de la policía, la delincuencia como único medio de subsistencia, la ingenua ilusión, que, como en muchos casos, viene ataviada con la vestimenta del amor.
Olguín nunca será un revolucionario de las letras. Su literatura no se propone la novedad sino repetir fórmulas más bien convencionales y probadas. Esto no impide que sea un muy buen escritor, no es poco el mérito de encontrar tramas perfectas. Historias que engranan aceitadamente y como un mecanismo de relojería sincronizan en movimientos armoniosos: no hay nada que quede librado al azar en cualquiera de sus historias. Después de “Lanús” y “Filo”, y antes de la zaga de Verónica Rosenthal (“La fragilidad de los cuerpos”, “Las extranjeras”, “No hay amores felices” y “La mejor enemiga”) el escritor argentino nacido en 1967 y públicamente declarado hincha fanático de Boca se permitió honrar al inevitable ídolo de los que hoy tenemos aproximadamente su edad. Aquellos que con la Spica pegada a la oreja escuchamos, un caluroso viernes de febrero del 81, en la voz de un joven y desconocido Víctor Hugo, en el programa Sport 80 que salía por Radio Mitre, la noticia que nos cambiaría la vida para siempre: Boca compraba a Maradona.
No voy a caer en la ingenuidad en la que caía Bioy Casares cuando pedía a Europa los supuestos libros que Borges imaginaba en sus cuentos y preguntar si la pelota número uno de Maradona realmente existió. Aparte, qué importa. Si basta con saber que los goles del Diego fueron tan reales como el dolor que sentimos cuando le cortaron las piernas, porque quedaron en nuestras retinas, porque todavía nos conmueven y en noches de hastío nos hacen llorar.
Los aniversarios de la muerte de Maradona amagan con imponerse como una fecha universal, el recordatorio de un arte que alguna vez escapó de los museos y se coló en una cancha de fútbol, un sentimiento de resistencia contra todos aquellos que ejercen el poder, un resarcimiento estéril de condenados y desvalidos.
Mientras tanto, y para aliviar su ausencia, qué mejor terapia que ver aquel precalentamiento famoso al son de “live is life”.
Si hasta una canción de mierda se vuelve irresistible al compás de su zurda.

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