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Libros | Caprichos de escritor


Libros / Carlos Verucchi / En Línea Noticias ([email protected])

La mayoría de los escritores, hasta los supuestamente menos estructurados, mantienen ciertas reglas a la hora de escribir. Muchos se imponen a sí mismos estrictas condiciones de trabajo, como por ejemplo escribir de 8 a 12 del mediodía, apagar el celular mientras lo hacen, usar esa lapicera con la que escribieron aquella novela con la que ganaron ese premio, o mantenerse fiel a la lettera 32 para la que cada vez resulta más difícil encontrar cintas de repuesto.

Estos procedimientos literarios ―por llamarles de alguna manera―, en otros casos suelen ser menos inocentes: no son pocos los escritores incapaces de hilvanar dos palabras consecutivas si antes no bebieron algo de whisky. Algunos de ellos, precavidos, siguen al pie de la letra el consejo de Ernest Hemingway respecto a escribir ebrios pero al día siguiente corregir totalmente sobrios.

En otros casos es un juego. Saer no podía escribir una novela si en ella no había un personaje cuyo nombre comenzara con w. Así, por ejemplo, el personaje central de “El limonero real” se llama Wenceslao o, en “Glosa”, la trama gira en torno al cumpleaños de Washington Noriega.

Otros escritores suelen fijarse restricciones. Alguna vez García Márquez confesó su debilidad por este tipo de artilugios al mencionar que en determinado texto se había prohibido a sí mismo el uso de adverbios finalizados en mente.

Más conocido y prolífero es el mecanismo que pone en práctica César Aira: se niega, terminantemente, a corregir lo que ya ha escrito. Condición que muchas veces lo pone en aprietos ya que no es fácil, por ejemplo, hacer revivir a ese personaje que resulta esencial para la trama y que en el capítulo 2, tal vez porque ese día el autor sufría de dolor de panza, había sido atropellado por una locomotora.

No estoy seguro de que sean, todas éstas, manías o simples caprichos de escritor. Tal vez, el camino alternativo que debe recorrerse para esquivar adverbios que finalicen en mente, termine dándole a un texto un carácter original, un sesgo propio o particular. Tal vez, el recurso utilizado por Aira sea el motor de una nueva literatura.

Un estilo, en definitiva, no es otra cosa que la preferencia por algunas, sólo algunas, de las infinitas posibilidades que surgen a la hora de construir un texto, posibilidades que por numerosas, a veces abruman.

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