Libros | El dedo en la llaga


Libros / Carlos Verucchi / En Línea Noticias (Twitter: @carlos_verucchi)

Rafael Gumucio nació en Chile en 1970. Tras la caída de Allende se exilió con sus padres en Francia. Retornó a Chile en la década del 80 para iniciar sus estudios secundarios. Pertenece, de tal modo, a la generación que se formó bajo el toque de queda y la imposibilidad de votar, de los apagones, esa que expresaba su descontento a través de las canciones de Los Prisioneros, la del patético plebiscito con el que Pinochet prendía blanquear su infamia.

Después de estudiar Literatura en la Universidad de Chile y asistir al taller literario de Antonio Skármeta, comenzó a publicar sus textos. “La deuda”, publicada originalmente en 2009,  constituye su trabajo más elogiado y, a la vez, una crítica aguda al proceso político denominado postpinochetismo, proceso en el que la política chilena estuvo en manos de la Concertación, alianza entre demócratas cristianos y socialistas.

¿Quiénes son los políticos de la Concertación que sucedieron a Pinochet? Resabios de la lucha de los años setenta ―parece decirnos Gumucio―, son ni más ni menos los que se salvaron, los que esquivaron el destino de mártir que arrasó con los verdaderamente comprometidos con la Unidad Popular, son aquellos que se permitieron y les permitieron (¿por inofensivos?), escapar al refugio que ofrecían los países del Este en los estertores de la Guerra Fría.

Todos aquellos que, a diferencia de los “los torturados, los torturadores, los milicos, los fusilados, desaparecidos, las viudas, de todas esa gente que ha tenidos el privilegio de tapar con el horror sus errores”, siguen en pie, sin saber qué hacer, aturdidos y paralizados todavía por el miedo. Con esa materia prima construyó Chile su democracia endeble.

Los verdaderamente victoriosos son “…esos padres, esos hijos, esos hermanos dueños de una muerte limpia y terrible, de un final gigantesco que se ajusta mal con sus vidas pequeñas, normales”.

Pero, “… los que no  tienen la suerte de ser mártires, esos que tienen que alimentar a una familia, ayudar a un amigo, por último calentarse e ir de putas, ¿de esa gente quién se preocupa? Esos son los verdaderos sin voz, los que no se atreven a interrumpir los discursos patrióticos con su respiración. Los que por puro quedar vivos son llamados traidores, pobres tipos, mediocres, corruptos…”.

Sobre todo “corruptos”. Y en muchos casos corruptos no por mera ambición sino como un acto más de compromiso con una causa que ahora vislumbran lejana y perdida. Porque ―y aquí está, tal vez, la mayor virtud de “La deuda”―, ¿cómo se sostiene el gobierno de la Concertación con El Mercurio y toda la Televisión abierta en contra? Robando, coimeando, estafando a los contribuyentes para poder tener recursos para una campaña política que evite el regreso de la derecha más rancia.

“Eso tiene de mágico la palabra corrupción…”, reflexiona uno de los personajes, ”…basta con pronunciarla para que el daño esté hecho.”

Si bien el título de la novela hace referencia a una deuda de dinero común y corriente que afecta a uno de los personajes, podría interpretarse también como una “deuda” mucho más significativa. La deuda que mantiene la democracia chilena y en cierto modo también la argentina y la de muchos países latinoamericanos con los valores democráticos. La impotencia de ciertos gobiernos que no se atreven a llegar hasta el hueso en su lucha contra el verdadero poder y caen en artilugios que terminan siendo su propia condena. Ese famoso fondo reservado para la campaña que pone en jaque a todo el sistema, y sin el cual seríamos presa fácil de la manipulación mediática.

Un hallazgo más de Gumucio, y que podría extrapolarse a la Argentina de manera directa, tiene que ver con el modo en que el imaginario colectivo considera los casos de corrupción. Lo que resulta intolerable no es el robo en sí mismo sino la “agachada” del oportunista, la viveza criolla que permite saltar de clase, cruzarse a la otra vereda, comprar con dinero sucio una vida decente. “Con la palabra corrupto no se castiga el robo en sí, sino ese descaro. Corrupto no es sinónimo de ladrón sino de sinvergüenza.”

No enardece el ladrón de guante blanco, no acobarda el negociado a gran escala. Lo que no podemos perdonar es el vivo que se queda con una coima o que se acomoda en un puestito valiéndose de amistades o influencias. “Sin ir más lejos, en Latinoamérica a los ricos de nacimiento nunca se les aplica esta palabra: se les llama explotadores, vendepatrias o grandes señores. Corrupto es en nuestro vocabulario sinónimo de arribista.”

“La deuda” es una novela iluminadora. Nos presenta con una clarividencia segadora las flaquezas de esta democracia que con tanto esfuerzo supimos conseguir. Nos muestra sus peligros, sus tentaciones, sus incoherencias. Tal como afirma Alejando Zambra, “Buscando bajo la alfombra de Chile, Gumucio ha encontrado una novela incómoda, divertida y necesaria”.

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