Libros | El silencio como actitud de rebeldía

Libros / Carlos Verucchi / En Línea Noticias (Twitter: @carlos_verucchi)

¿Podemos exigir que un sueño tenga lógica? ¿Siguen los sueños acontecimientos racionalmente vinculados entre sí? Ahora bien, ¿puede un sueño convertirse en novela? En el colegio, de tanto rendir exámenes, aprendimos que si dos respuestas consecutivas se responden con un no, lo más probable es que en la siguiente vaya un sí. Pongamos un sí aunque no estemos seguros, entonces.

“Playa de barro”, novela de Silvia López recientemente publicada por Alfaguara, tiene la virtud de arrastrarnos al terreno de los sueños sin que nos demos cuenta. La realidad insoslayable, fría, patética y angustiante de los primeros capítulos se rompe cuando la protagonista, una mujer a la que su marido acaba de abandonar después de veinte años de matrimonio, decide alquilar una cabaña en lo más profundo del Delta.

Lentamente, la trama comienza a desprenderse de ese carácter realista y abrumador del principio para ingresar en el terreno de lo onírico, animado por el aura de misterio que envuelve a los laberínticos canales del Delta, por las pastillas para dormir y por el alcohol.

Pero el sueño (o la pesadilla) de Luciana, ese que sobreviene al abandono de su esposo y a otras tragedias que se suceden casi en forma simultánea, está lleno de revelaciones, revelaciones que podemos tomar y traer hacia aquí, hacia este lado del que apenas podemos desentendernos momentáneamente cuando dormimos.

¿Es lícito que nos exijan una respuesta para todo? ¿Hasta qué punto es, como siempre se dice, una muestra de mala educación dejar en suspenso la pregunta que nos hacen? Toda situación traumática necesita una válvula de escape, un cable a tierra que favorezca ese cortocircuito fugaz y violento pero aliviador al mismo tiempo. Luciana encuentra su vía de escape en el silencio, tanto en los veinte años de matrimonio como en el abismo del abandono. No necesariamente debemos responder a todas las preguntas, no necesariamente debemos tomar partido por alguna variante, no necesariamente debemos, siquiera, formularnos o dejar que nos formulen todas las preguntas: “A cada rato tenía que explicarle por qué no me gustaba responder, mil veces le dije que responder era una forma de sometimiento”.

Obligar a alguien a responder es una de las formas del sometimiento. Y Silvia López reivindica la negativa a cualquier forma de sometimiento. Ni siquiera un “no sé” sirve para salir del paso, porque el “no sé” es indudablemente una respuesta como cualquier otra.

“Siempre les había otorgado importancia a las primeras impresiones, eran lo más significativo de un encuentro, el momento donde se concentraban los defectos y las virtudes en su máxima densidad, algo así como lo previo a la explosión del conocimiento”, afirma el narrador en otro pasaje. El conocimiento como barrera para la comprensión del universo.

El texto de López transita con gran acierto por este tipo de observaciones, observaciones inteligentes que son incorporadas a la trama de manera natural, sin que resulten forzadas ni solemnes. Su formación como psicoanalista le confiere especial capacidad para crear personajes interesantes, inquietos, desconformes, conflictivos, de esos que demandan la atención incondicional del lector y le despiertan inquietudes, lo dejan con la boca abierta como diciendo “y yo, todo este tiempo en Babia”.

Playa de barro tiene el desparpajo de toda novela primeriza, de esas que se escriben cuando no hay un prestigio que conservar ni nada que arriesgar. Silvia López se insinúa como potencial candidata a renovar el aletargado repertorio de lugares comunes en los que había caído la literatura argentina.

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