Libros / El último chiste de Jaimito

JaimitoPublicado en Junio de 2017, el ensayo “La Política en el Siglo XXI”, de Jaime Durán Barba y Santiago Nieto, suma ingredientes a la actual campaña electoral.


Carlos Verucchi / En Línea Noticias ([email protected])

 

Si la estatura intelectual de Jaime Durán Barba lo permitiera, todo lector se vería tentado de establecer un paralelo entre su último ensayo ―”La Política en el Siglo XXI”, escrito en coautoría con Santiago Nieto― y el famoso clásico de Nicolás Maquiavelo, “El Príncipe”.

 

Durán Barba cobró gran notoriedad en los últimos años a partir de su actividad como asesor (algunos prefieren asignarle el rol de “gurú”) del actual presidente Mauricio Macri. Su ensayo puede dividirse en dos partes, una primera en la que intenta por todos los medios convencer al lector de que las ideologías ya no existen o no tienen el peso que se les suele dar, y una segunda parte en la que hace alarde de sus méritos como consultor político y defiende cada una de las acciones de Cambiemos, antes y después del triunfo electoral del 2015.

 

Sus razonamientos pretenden sostenerse en el “método científico”. “Así como no cabe usar teorías de astrónomos geocéntricos para comprender los cuásares ―afirman―, tampoco cabe tratar de entender los problemas de la sociedad contemporánea buceando en los textos de Gramsci, Lenin o Keynes”.

 

Así, los conceptos de izquierda y derecha, en términos políticos, se vuelven obsoletos para los autores, la economía no merece demasiada atención y los discursos de los candidatos, en campaña, no deben centrarse en definiciones específicas ni en planes de gobierno sino en aspectos actitudinales. Nadie vota por un programa de gobierno, ningún elector creerá en la promesa de un político y por consiguiente el mensaje pasa sólo por la simpatía o el carisma que se refleje en el mensaje.

 

De esta manera, imponer un candidato se convierte en una operación de marketing. Un consultor político es más o menos eficiente en la misma medida en que un publicista consigue mayores o menores ventas de una gaseosa o cualquier otro producto de mercado.

 

Un político ―para los autores― debe escapar a toda definición rigurosa en un mundo que cambia constantemente, debe estar dotado de un pragmatismo extremo y apelar a discursos que tengan penetración en el inconsciente del ciudadano: “La superstición de que los votantes se deciden por argumentos racionales está desmentida por las ciencias experimentales y lleva al fracaso”, afirman los autores con total desparpajo y en este caso (a diferencia de muchas otras afirmaciones), sin citar la fuente o referencia. Y sin percibir, tal vez, que si tal afirmación fuera correcta, estaríamos presenciando el ocaso del sistema democrático.

 

Tal vez el error de todo este argumento sea el de confundir la definición de político con la de estadista. Es cierto que de estos últimos quedan cada vez menos, pero cualquiera sabe que sólo los estadistas son capaces de transformar la realidad económica y social de una nación. Aquellos que sí tienen un plan preconcebido y saben comunicarlo al electorado con suficiente claridad y no le “sacan el bulto” a las definiciones ideológicas. Pero aún si la definición de Durán Barba y Nieto fuera acertada, el deber ético de un político en tal caso sería convencer al electorado de emplear un criterio racional a la hora de emitir su voto y no valerse, por el contrario, de esa supuesta banalidad del elector para obtener un provecho personal.

 

En una postmodernidad en la que las ideologías no cuentan y los votantes no están dispuestos a dejar por un minuto de ver a Tinelli para prestar atención a discursos políticos, lo realmente importante es la puesta en escena, la seguridad con la que un político enuncia su discurso vacío, el glamour y la sonrisa fácil, es decir: el cinismo en una dimensión que Maquiavelo no podría haber sospechado jamás.

 

Al igual que en la crisis de 2001, los políticos de carrera parecen haber perdido toda reputación. Resultan más atinadas las opiniones de supuestos periodistas que se presentan en televisión vestidos como payasos o de políticos que creen haber sido alcanzados por repentinas iluminaciones de procedencia divina. Antiguos apologistas de todas las dictaduras dan cátedra de democracia mientras que estafadores de profesión se escandalizan del ladrón de gallinas.

 

¿Tendrá solución este país? Tal vez sólo cuando la desfachatez vuelva a confinarse a los famosos cuentos de Jaimito.

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