Libros / Un reconocimiento tardío

El próximo jueves 28 de Septiembre se espera el estreno de la nueva película de Lucrecia Martel basada en un clásico de la literatura argentina.


Carlos Verucchi / En Línea Noticias ([email protected])

Al escritor mendocino Antonio Di Benedetto el reconocimiento le llegó muy tarde y todo junto. Su gran novela, Zama, escrita en 1956, acaba de ser publicada en inglés. El premio Nobel de Literatura J. M. Coetzee se refiere a ella a través de un ensayo publicado recientemente en la revista The New York Review of Books (nybooks.com): “Zama toma la cuestión de la tradición argentina y el carácter argentino: lo que son, lo que deberían ser. Elige como tema la disociación entre la costa y el interior, entre los valores europeos y los americanos. Ingenuamente, y algo patéticamente, su héroe añora después una Europa inalcanzable” afirma el escritor sudafricano para referirse después al Antonio De Benedetto como “Un gran escritor que deberíamos conocer”.

 

También por estos días, una interpretación de la novela ha sido llevada al cine por la cineasta argentina Lucrecia Martel y su estreno se espera para este mes de septiembre con gran expectativa.

 

Di Benedetto nació en 1922 y dedicó su vida al periodismo y a la literatura. Se desempeñaba como subdirector del diario Los Andes, de Mendoza, cuando fue secuestrado por un comando militar la noche misma del golpe de estado del 76. Permaneció prisionero durante 18 meses y fue sometido a todo tipo de tortura, incluidos varios simulacros de fusilamiento. Gestiones de importantes personalidades de la cultura (entre ellos el premio Nobel de literatura Heinrich Böll) hicieron posible su liberación, concedida con la condición de que abandonara de inmediato el país. Nunca se supieron ciertamente los motivos de su detención aunque tal vez su costumbre de no ocultar nunca la verdad haya sido su condena.

 

Sus primeros cuentos fueron publicados en 1953 bajo el título de Mundo animal. Luego las novelas El pentágono (1955) y Zama (1956), su obra más renombrada y para muchos uno de los libros más importantes de la literatura argentina del siglo XX. En 1957 publicó otros relatos con el nombre de Cuentos claros y en 1964 y 1969 respectivamente las novelas El silenciero y Los suicidas.

 

Cuando emigró a España ya había escrito prácticamente toda su obra, plasmada en un estilo muy personal y precursor, “reconocible a primera vista como un cuadro de Van Gogh”, para decirlo con palabras de Juan José Saer, amigo personal y uno de los estudiosos más pacientes de su obra.

 

Zama constituye el soliloquio de Diego de Zama, un funcionario del Rey de España destinado a desempeñarse como asesor letrado del Gobernador de Asunción en tiempos de la colonia. A lo largo de su monólogo, que se extiende por 9 años durante la última década del siglo XVIII, Zama deja entrever la decadencia física y moral a la que se ve atraído por el destino inhóspito que le ha sido encomendado y que le impide permanecer cerca de su familia. Zama es, para Saer, mejor novela que aquellas que se convirtieron en íconos del existencialismo (doctrina filosófica surgida en Europa durante la posguerra). Primero por haber sido escrita por fuera de una doctrina filosófica, sin un sustento teórico (desde esta perspectiva La náusea constituye un ejemplo, un mero ejercicio que pretende apuntalar una posición filosófica ya desarrollada), segundo, por no limitarse a presentar cierta visión de la realidad sino a indagar en las relaciones entre españoles y criollos en las décadas anteriores a la independencia. La prosa, desarrollada en un lenguaje propio de la época, es transparente y tiene una musicalidad muy bien lograda.

 

Tampoco es Zama, al decir de Saer, una novela histórica como algunos pretenden, aunque en este punto debe reconocerse que el autor de El limonero Real directamente descarta a la novela histórica como género. “Se ha pretendido, a veces, que Zama es una novela histórica. En realidad, lejos de ser semejante cosa, Zama es, por el contrario, la refutación deliberada de ese género. No hay, en rigor de verdad, novelas históricas, tal como se entiende la novela cuya acción transcurre en el pasado y que intenta reconstruir una época determinada. Esa reconstrucción del pasado no pasa de ser un simple proyecto. No se reconstruye ningún pasado sino que simplemente se construye una visión del pasado, cierta imagen o idea del pasado que es propia del observador y que no corresponde a ningún hecho histórico preciso” (El concepto de ficción, Juan José Saer, 1997).

 

Durante los años de exilio se comienza a tejer una trama de elogios entrecruzados que elevan a Di Benedetto a un lugar destacado en el terreno de las letras argentinas. Tal vez baste como ejemplo el de Jorge Luis Borges, quien encuentra “páginas esenciales que me han emocionado y que siguen emocionándome” en la literatura de Di Benedetto, más concretamente en su cuento Aballay.

 

Los años de exilio fueron para Di Benedetto sumamente duros. Se instaló junto a su esposa y su hija en Madrid luego de haber deambulado por distintas ciudades de Europa. Allí fue víctima de dificultades de todo tipo, principalmente económicas y, debido a las secuelas de sus meses como prisionero, también físicas.

 

El escritor chileno Roberto Bolaño supo entablar amistad con el autor de Zama cuando, siendo aún muy joven, se instaló en Barcelona, coincidiendo con los años de Di Benedetto en Madrid. Desesperado por urgencias económicas, Bolaño se dedicó a escribir cuentos y a presentarlos en los innumerables certámenes literarios que organizaban los gobiernos regionales o ayuntamientos de España. En cierta ocasión, cuando revisaba el ejemplar en el que habían publicado uno de sus cuentos (había obtenido una mención), cierto nombre le llamó la atención: Otra de las menciones era para un cuento de Di Benedetto. Bolaño había leído a Di Benedetto y lo consideraba uno de los grandes exponentes de la literatura latinoamericana. Lo localizó y por correspondencia comenzó una relación amistosa con él. Di Benedetto le confió el secreto de su supervivencia, tenía no más de dos o tres cuentos que enviaba a todo concurso literario del que se enterara, cambiándole apenas el titulo para que su ardid no quedara al descubierto con demasiada facilidad. Así, con premios que ganaba ocasionalmente mantenía a su familia. Bolaño cuenta esta historia en su famoso cuento Sensini (Llamadas telefónicas, 1997), en el que Sensini, el protagonista, no es otro que Antonio Di Benedetto. Cuento con el que, paradójicamente, Bolaño obtuvo el Premio de Narración Ciudad de San Sebastian.

 

Durante su estadía en Madrid Di Benedettro escribió algunos cuentos y su última novela, Sombras nada más, en 1985. Algunos amigos lo convencieron de que regresara a la argentina, ya recuperada la democracia. El gobierno de Alfonsín lo recibió con beneplácito y le asignó un cargo de asesor en la Dirección Nacional del Libro (cargo que pronto le fue inhibido por cuestiones presupuestarias). Pasó sus últimos años viviendo de un modesto empleo en la Casa de Mendoza y murió en 1986.

 

Tiempo después se reeditaron sus obras y la crítica le dedicó algunas páginas elogiosas. Varias de sus obras encontraron los lectores que merecían. Sus editores no logran dar con el paradero de su hija, única heredera, perdida en algún lugar de los Estados Unidos y por quien esperan las ganancias exiguas de los derechos de autor. Quien tal vez no imagine que los escritos de su padre hayan podido dar una ganancia, o tal vez intente borrar de su recuerdo aquellos años de infortunio en los que el escritor consagrado le rogaba al joven Bolaño, que le avisara de inmediato en caso de oír sobre algún concurso literario de algún ayuntamiento.

 

 

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