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Libros | !Vade retro traductor¡

 

Libros / Carlos Verucchi / En Línea Noticias ([email protected])

Si el arte de la literatura consiste en colocar una palabra detrás de otra, en conceder a un texto cierta cadencia y musicalidad o en la construcción por parte del autor de un estilo original, cabe preguntarse entonces ¿qué es una traducción? ¿Hasta dónde una traducción constituye, como se pretende, el traspaso de un texto a un idioma en el que no fue concebido?

En relación a su actividad como traductor, César Aira confesó recientemente: “Prefiero las novelas malas a las buenas porque las editoriales pagan lo mismo por las traducciones, y es más fácil traducir un texto malo”. Tal vez esta afirmación ―que en principio no hace otra cosa que extender el concepto de “viveza criolla” al campo de las letras― nos ofrezca una pista si la planteamos en los términos siguientes: ¿por qué sería más fácil traducir un texto malo que uno bueno? Tal vez porque el texto malo no tiene, justamente, ni cadencia, ni musicalidad, ni estilo. Es sólo trama, estructura.

Sin poner en duda la afirmación de Aira, uno sospecha que las editoriales no sólo pagan lo mismo por la traducción de un texto ―tanto sea éste bueno o malo―, sino que además pagan muy poco. En caso contrario no se explica cómo resulta cada vez más difícil seguir la literatura mundial a partir de las traducciones que nos llegan en español. Hay escritores, que uno asume que deben ser muy buenos a partir de los comentarios de los críticos, que literalmente (y en este caso doblemente adecuado el adverbio) son masacrados por los traductores. Al punto de tener que replantearse, el lector desprevenido, ya no sólo la ponderación del escritor sino el concepto mismo de buena o mala literatura. Lo único que podemos hacer en tal caso es esperar, esperar a que ese autor se vuelva un clásico y entonces sí, tal vez, las editoriales acepten pagar buenos traductores.

En el caso en que un escritor importante se ocupe de una traducción, debemos saber, también, que el texto que surja tendrá un valor que en buena medida habrá sido concedido por el traductor. Y entonces no sabremos cuál es el valor del texto original. En definitiva, para acceder a un texto escrito en una lengua distinta a nuestra lengua materna habrá que, primero, aprender la otra lengua. Si no, no hay caso. Conocido es el ejemplo de Marx, quien, cuando sintió la necesidad de leer el Quijote se puso a estudiar castellano, de manera tal de acceder al texto en su versión original.

Lo mismo vale, obviamente, en la dirección contraria: pobre del que tenga que traducir a Juan José Saer, o a Manuel Puig al idioma que fuera. Tal vez tenga más suerte, paradójicamente, aquel que deba traducir a Aira, escritor al que admiro pero que en este caso no logra escapar al viejo axioma de “el pez por la boca muere”. Más allá de la broma, aún reconociendo en Aira una prosa excelente, sospecho que un traductor preferiría vérselas con alguna de sus novelas antes que con Glosa, por ejemplo, donde la puntuación exige un gran esfuerzo del lector o con Boquitas pintadas, donde Puig juega con una multiplicidad de voces, algunas con un registro muy propio de la época y de cierta región de nuestro país.

Las traducciones pueden conducirnos a equívocos. Durante mucho tiempo tuve a Juan Carlos Onetti como un escritor menor. Sus textos me parecían demasiado faulknerianos y en ellos, más que la influencia del autor de !Absalón, Absalón¡ veía una imitación en cierto modo torpe. Me sacó del error Ricardo Piglia, quien obviamente leyó a Faulkner en inglés y alguna vez afirmó que Borges, traduciéndolo (se refería concretamente a Las palmeras salvajes), adoptaba un estilo parecido al de Onetti. Es decir, lo que me había impactado de Faulkner, y que notaba como una imitación en Onetti, no era una característica propia sino que era un rasgo impuesto por su traductor.

Existen otros ejemplos de grandes traducciones, Aurora Bernárdez tradujo a Sartre, Rodolfo Walsh a Chandler y Cortázar a Yourcenar en esa versión memorable y recomendable de Memorias de Adriano.

En fin, sigamos por ahora leyendo a Rodrigo Rey Rosa o a Alejandro Zambra hasta que Aira se tome la molestia de acercarnos a los escritores norteamericanos actuales. Muchos de los cuales, según dicen, son excelentes.

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