Lo ambiental es político

De la responsabilidad en la catástrofe que afecta al pulmón del continente a la aparición de jabalíes en Olavarría, la mano humana no tiene límites porque nadie se los pone.


Olivia Orsatti – Agencia Comunica

Es una tarde cálida de agosto. Quince días atrás Olavarría aparecía octava en la lista de regiones más frías del país con -6,3° pero el mes cerró con temperaturas que se elevaron a los 20°. Confundida, la flora comenzó a generar los primeros brotes reservados generalmente para la primavera, y sentada al sol, con mate en mano la bióloga Lucerito Santiago sentencia: “Estamos al límite. Estas temperaturas no son normales y desequilibran todo”.

El incendio de la Amazonia prendió además de miles de hectáreas, una alerta que va a ser difícil de sofocar. Si ya los movimientos ambientalistas de todo el mundo y las cumbres de la ONU venían advirtiendo sobre la necesidad de cruzar voluntades gubernamentales con la preservación de la naturaleza, se necesitaron tres semanas (y pasan los días) de fuego incontrolable para poner en agenda ciertas cuestiones.

La Amazonia no es Brasil. No es solo Brasil. Ni solo Ecuador, Perú, Bolivia, Colombia o Venezuela y el resto de los países de los cuales forma parte. Es vida en el sentido más amplio de su palabra, ya que su ecosistema es la floresta tropical más importante del mundo, influye sobre el clima mundial, la humedad atmosférica y de ciclos hidrológicos completos. 

Tal como la definió Antonio Nobre, investigador del Centro de Ciencia del Sistema Terrestre del Instituto de Investigaciones Espaciales de Brasil, la selva amazónica y sus 600 billones de árboles, son una cuna de vida. Se sabe que sin agua no hay vida. Pues, todo ese conjunto de árboles evaporan la humedad del ecosistema y crean sobre sus copas, un río de 20 billones de toneladas por día. Este ciclo contribuye al 70% del PBI de América del Sur que depende de las lluvias que genera. Si la tecnología humana quisiera recrear este fenómeno natural, tendría que construir 50.000 represas como la Itaipú, la hidroeléctrica más grande del mundo ubicada en la frontera brasileña con Paraguay y que genera el 30 por ciento de la energía que se consume en Brasil.

Pero tanta agua se ve, rebalsó el vaso. O mejor dicho, lo rebalsaron. El incendio en la zona amazónica es solo un ejemplo de lo que ocurre con el medio ambiente a nivel global. El crecimiento demográfico, el modo de consumo y el uso de los recursos naturales, son causales de la catástrofe ambiental “desde la Revolución Industrial”, agrega la licenciada Santiago (foto), de espaldas a su casa, y sobre ella un termotanque solar. Este escenario causa presiones directas sobre la biodiversidad y los ecosistemas como lo son las pérdidas y alteraciones de hábitats, la contaminación, la emisión de CO2, sobreexplotación y especies invasoras. Esto es, depredadores que se insertan en ecosisistemas que no son los naturales, y compiten por su alimento con otros depredadores. 

Este tipo de prácticas atenta contra la preservación de especies y provoca por ejemplo, la adaptación forzada de animales que son originarios de otras zonas. Tal es el caso de los jabalíes que preocupan a Olavarría y el centro bonaerense, y que de acuerdo al Ministerio de Agricultura, Ganadería y Pesca de La Nación fue introducido en América a principios del siglo XX para la práctica de caza europea. Nuevamente, el hombre metiendo mano.

Con intención 

A esta altura de la catástrofe, ya está comprobado que los incendios fueron intencionales. “No hay forma de que eso ocurra naturalmente”, asegura la bióloga, quien actualmente trabaja en el Museo de las Ciencias local. Y se habla de casi 80 mil focos de incendio en lo que va del año, para darle paso al modelo agroexportador de soja. “La situación está atravesada por lo político y lo económico, por eso no hay políticas sobre ecología, y el uso sostenible de los recursos naturales, reales”. El mayor porcentaje de emisión de Dióxido de Carbono (el famoso CO2) proviene de la combustión de los combustibles fósiles, industrias, y los incendios forestales, en ese orden”, explica la especialista, y agrega: “Hay mucho para revertir de base, y hay que empezar por ahí”. Los gases de efecto invernadero genera que los rayos UV queden retenidos en la atmósfera, y por eso aumenta la temperatura global que desequilibra todo.

Factiblemente, las liberaciones de CO2 que produce la quema del Amazonia, terminarán acentuando el ya desfavorable panorama del cambio climático. Cuando la masa orgánica se quema descontroladamente, como es el caso, libera muchísimo Dióxido de Carbono, también metano, monóxido y otros radicales -explica la ingeniera Estela Santalla (foto). Si ya de por sí eran malas noticias, se le suma que la materia orgánica que antes estaba en el suelo, deja de cumplir sus “servicios ambientales”. Cuando pasa a estado gaseoso, interviene en procesos geoquímicos que son muy difíciles de predecir porque dependen de fenómenos poco controlables, como el viento o las lluvias. Será muy difícil cuantificar el daño provocado.

“Hay una creencia de que luego de incendiar el suelo, se enriquece. Son prácticas que se transmiten sin sustento y no se evalúa el impacto de esa quema”, se lamenta la docente de la Facultad de Ingeniería de la UNICEN. “Y hablamos del Amazonas ahora, pero en Chaco y Salta hace años que venimos mal y nadie habla. No se incendia, pero se deforesta y la pérdida de la biodiversidad ocurre igual”, señala, en clara referencia al Impenetrable y la falta de cumplimiento de la Ley de Bosques.

Alzar la voz desde Olavarría
Mientras el fuego consume al bosque tropical más grande del planeta, las redes sociales se llenan de datos, de cadenas de oración, de repudio, y la comunidad científica busca hacerse escuchar. Desde Olavarría, sin ir más lejos, salió al mundo un documento al cual la Red de Antropologías del Sur adhirió, alertando sobre la destrucción de no solo las especies animales y vegetales del ecosistema, sino también de las comunidades humanas que viven en él. “El ritmo de desforestación del Amazonas es de un campo de fútbol por minuto. El fuego incontrolado es usado como la principal tecnología de eliminación de la cubierta vegetal tropical, para luego utilizar el suelo en actividades ganaderas y mineras. No es algo reciente ni novedoso”, denuncia el documento redactado por el Dr. Marcelo Sarlingo, y suscrito por profesionales de la Facultad de Ciencias Sociales de la UNICEN y de toda latinoamérica.

En este sentido, según la ONG Survival, una organización internacional dedicada a la defensa de comunidades indígenas, solamente en el Amazonas brasileño vive el 98% de la población indígena del país, de un total de 900 mil personas. Y dentro de esta diversidad, Brasil aparece como el país con mayor número de pueblos indígenas no contactados de todo el planeta. Todas las tribus viven enteramente de las selvas, sabanas y ríos, de la caza y la pesca, y son la barrera más importante contra la deforestación amazónica. En 2006, científicos e investigadores de siete instituciones, entre ellas el Woods Hole Research Center en EEUU y el Instituto de Pesquisa Ambiental da Amazônia (IPAM) en Brasil, estudiaron que la deforestación fue entre 1,7 y 20 veces mayor fuera de las reservas indígenas que dentro de las mismas, mientras que los incendios selváticos fueron entre 4 y 9 veces más frecuentes fuera de las reservas. 

O sea que no solo se están destruyendo los hábitats de especies vegetales y animales, sino de tribus. “La dinámica transnacional de la producción de commodities está traccionando la expansión sistémica de áreas cultivables y la presión productiva sobre los recursos naturales desplaza todo tipo de grupos humanos a las periferias pobres de las ciudades”, asegura Sarlingo en la búsqueda de una postura firme de la comunidad científica.

El panorama no es bueno. Los bosques lluviosos están desapareciendo en todo el mundo, y puntualmente el Amazonas, perdió el 20% de su territorio en los últimos 50 años, de acuerdo al Informe Planeta Vivo del Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF). “Y nosotros con el látigo”, ironiza Lucerito Santiago sobre las prácticas domésticas de separar residuos y cerrar la canilla al momento de lavarse los dientes. Estas acciones ecologistas individuales son tan solo un granito de arena, en un desierto en el que deben actuar a gran escala los Estados y las industrias, de manera activa. “Tenemos que empezar a elegir gobernantes que tengan políticas de remediación ambientales y a quienes no la tienen, exigirselas. Se puede empezar por ejemplo por fomentar en productores locales la agricultura responsable”, sugiere, “ya que es impensable que la persona que fumiga para determinada cosecha, contamina su propio planeta. Pero ocurre. Hay que informarse de los alimentos que consumimos y saber que existen otras maneras de cultivar”, alienta la bióloga. Agencia Comunica – Facso

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