“Más hombres de ciencia y menos abogados”


Pepe Mujica, un guerrillero de los años 70 que logró llegar democráticamente a la presidencia de Uruguay.

Opinión / Carlos Verucchi / En Línea Noticias ([email protected])

 

José “Pepe” Mujica parece haberse inventado un personaje que le permite decir toda barbaridad que le venga a la boca. A diferencia de cualquier otro político, todo se le permite y perdona a este ex guerrillero al que nunca se lo vio de corbata y se presenta a una cumbre presidencial en chancletas. Tal es la simpatía que le tienen los uruguayos al ex presidente que lo escuchan ya no como un político o militante sino como a un filósofo que intenta marcarles el camino

 

La historia más reciente de Uruguay no escapa a las generales de le ley para Latinoamérica: tuvieron sus movimientos de izquierda revolucionaria y su guerrilla, y por consiguiente tuvieron su dictadura, sus presos políticos y un monitoreado y vacilante retorno a la democracia. Mujica pasó más de 10 años en la cárcel después de haber formado parte de la organización Tupamaros (aliada del Movimiento de Liberación Nacional o MLN). Cuando salió de la cárcel marcó la diferencia, hizo lo que nadie nunca hizo: se dio cuenta de que 10 años después la sociedad y el país eran diferentes y se adaptó a los nuevos tiempos.

 

Una vez en libertad participó de la consolidación del Frente Amplio. Una alianza entre partidos de izquierda y centro izquierda que se ofrecía como alternativa electoral ante la largamente instalada tradición del bipartidismo (Blancos y Colorados). El Frente Amplio accedió por primera vez al poder con Tabaré Vázquez en 2005, quien nombró a Pepe Mujica como Ministro de Agricultura, Ganadería y Pesca. Desde el ministerio, Pepe terminó de consolidarse como uno de los mejores cuadros políticos del Frente y como el ganador, por goleada, a la hora de acaparar las simpatías de su pueblo.

 

Su lema en el ministerio fue: “Más hombres de ciencia y menos abogados”. Y así llegó, cinco años más tarde a la presidencia.

 

Como él mismo afirma en la excelente entrevista que María Esther Gilio le hizo para Le Monde Diplomatique en 2005, “La construcción del Frente Amplio es una excepción en la historia de la izquierda mundial. La izquierda no acepta las diferencias”. El día que Pepe dejó la cárcel supo que el gran desafío sería limar esas diferencias para construir un socialismo real, no en el sentido dado al término en las últimas décadas del siglo pasado sino un socialismo concreto, posible, emparentado con los nuevos tiempos. Entonces se desprendió de todos los prejuicios dogmáticos (suele hablar de su experiencia guerrillera haciendo alusión a lo que denomina “el catecismo de la izquierda”), se vistió de pragmático y se convenció de que una revolución no es otra cosa que la persistente, y a veces lenta, acumulación de pequeños cambios consecutivos.

 

Y sobrevivió a semejante sacrilegio.

 

Absolutamente diferente, su postura, a la de la izquierda argentina: dogmática e intransigente al punto de permitir el triunfo de Macri por no correrse unos metros hacia el centro.
Después de Mujica volvió Tabaré Vázquez a la presidencia y así, el Frente se asegura como mínimo 15 años de gobierno.

 

Si, como afirma el mexicano Jorge Castañeda en su ensayo de principios de los 90, la utopía latinoamericana de los años 60 y 70 fue completamente “desarmada” (en el doble sentido de desarticulada y despojada de armas), habría que aclarar que la utopía uruguaya fue, en cierto modo rearmada. Sus armas ya no son el fusil y las molotov sino la ciencia puesta al servicio de las cosechas y del desarrollo industrial.

 

Tal vez tenga razón Pepe y la revolución esté ocurriendo en este mismo momento del otro lado del río. Lenta, casi imperceptible. Pero tal vez irrevocablemente.

 

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