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Mi abuelo el barco

Escribe Carlos Verucchi.


Opinión / Carlos Verucchi / En Línea Noticias (Twitter: @carlos_verucchi)

Evidentemente había muchos argentinos que estaban a la expectativa de que el presidente patinara una vez para caerle con todo el peso de la viveza criolla, el desprecio y la venganza. Queda claro que les dolió mucho que haya quedado en evidencia que, cierta vez, votaron a un filo analfabeto para presidente. Estos últimos días la lluvia de “memes” mofándose del actual presidente a partir de sus dichos sobre el origen de los argentinos ha sido incesante. A diferencia de los que circulan habitualmente, debo reconocer que algunos de ellos han sido realmente ingeniosos y me han arrancado una sonrisa.

Por más que lo piense no veo actitudes xenófobas o racistas en las palabras del presidente. Si me apuran, me animaría a afirmar que las muestras de racismo están en la reacción de los ofendidos. Alberto Fernández nunca insinuó que descender de los barcos era mejor que descender de alguno de los pueblos originarios que poblaban Latinoamérica antes de la conquista. Los que se sintieron ofendidos, en cambio, implícitamente están reconociendo cierto complejo de inferioridad que, como todo prejuicio, no tiene asidero ni justificación y resulta nocivo.

¿Qué mérito puede tener descender de los barcos o de los aztecas? Es una cuestión más azarosa que otra cosa. Incluso (y esto lo dice alguien cuyos cuatro abuelos nacieron en Europa), haber descendido de un barco no tiene ningún mérito, ni glamour ni nada que se le parezca, es más bien el resultado de una situación desgraciada: los viejos venían en la bodega de aquellos barcos escapando a la miseria, al hambre, a la guerra, con una mano atrás y otra adelante, pidiendo con timidez que los dejaran entrar, que les dieran una mano, rindiéndose al bienestar que los descendientes de pueblos originarios habían sabido alcanzar.

Y por otro lado, ¿cómo alguien podría no sentirse orgulloso de ser descendiente de Lautaro? El cacique mapuche que después de haber sido cercenada su mano derecha por el cortante y vengativo filo del machete conquistador puso la otra… Y que después ofreció su cuello en clara muestra de que la claudicación no estaba entre sus planes.

La frase tan comentada a la que refirió Fernández está inspirada en Carlos Fuentes. Después alguien recordó otra versión, de Marcos Aguinis, que se la adjudica a Octavio Paz. Yo también suelo confundir a los dos grandes escritores mexicanos del siglo XX (no recuerdo si los dos son permio Nobel o si sólo uno de ellos lo es, y en tal caso no sabría decir cuál), no es raro que Aguinis, portador de una rigurosidad prácticamente nula a la hora de escribir sus panfletos, se haya confundido. Lo importante aquí es señalar que el detalle que causó tanto revuelo no fue señalado por un argentino sino por otro latinoamericano no argentino.

Permítame el lector que lo aburra con una anécdota personal (¿me parece a mí o me estoy pareciendo a Jorge Asís cuando escribo?, si así fuera avísenme por favor). Viví varios años en Chile. A poco de llegar noté, no sin algo de sorpresa, que en ese país tenían cierta predilección por los calvos y los canosos. La observación me produjo cierta excitación teniendo en cuenta que mi frente comenzaba a ensancharse. Tardé mucho tiempo en comprender el porqué de lo que a todas luces se me presentaba como un despropósito. Al fin lo supe. Tanto la calvicie como las canas son prueba irrefutable de sangre extranjera en las venas de quien las ostenta. La sangre de los pueblos originarios, quién sabe por qué vericuetos de la genética, no simpatiza con la caída prematura del cabello ni con la pérdida de su color original. Me impuse la firme restricción de no comentar mi sospecha con nadie, es que la consideraba una aberrante muestra de racismo. Pero poco tiempo después, leyendo un texto de José Donoso (uno de los mejores novelistas chilenos del siglo pasado), encontré una confesión en la que el autor esbozaba exactamente la misma sospecha que yo había tenido. Y casi que lo de sospecha está de más, en realidad lo afirmaba lisa y abiertamente.

Este hecho anecdótico nos fuerza a conjeturar: ¿quién es más racista? ¿Donoso por pensar de ese modo o quienes se sienten atraídos por un rasgo físico que aleja toda probabilidad de vestigios originarios? No intentaré zanjar aquí esta paradoja (insisto, cómo pude terminar escribiendo como Asís, ¿será una maldición, un hechizo?).

Si hubo, en todo caso, una actitud criticable en los dichos del presidente, radica en confundir a la Argentina con la Argentina europeizada, que no es más que la zona de Buenos Aires, Santa Fe y el resto del litoral. El interior del país, el noroeste (y esto no tienen por qué saberlo Fuentes o Paz, que venían de paseo a la Capital, pero sí el presidente) presenta características más afines con el resto de Latinoamérica.

Cabe destacar por otra parte que el precursor del barco como progenitor de los futuros pobladores de la pampa fue Sarmiento. Imaginó a nuestro país con un desarrollo paralelo y similar al de los Estados Unidos. Sin embargo no pudo atraer a familias de raza anglosajona, raza muy admirada por él, y su soñado país se empezó a llenar de españoles, italianos, a quienes consideraba tremendos vagos, poco afectos al laburo. No, si racismo era el de antes. 

Creía que a esta altura, año 2021 después de Cristo para la civilización precisamente cristiana, había cosas que ya estaban claras. No tiene absolutamente ninguna importancia que nuestros abuelos y abuelas (pongo así para diferenciarme de Asís) hayan llegado en barco, salido de la selva o que sean la progenie de los habitantes originarios de estas latitudes. El ser, la potestad, el valor, la dignidad de cada uno de nosotros está implícito en nuestra condición de ciudadanos de una comunidad libre y democrática, no está condicionada al color de piel ni a los orígenes. Mucho menos a la letra o combinación de letras con que finalice nuestro apellido, ni a la belleza que nos atribuyen los arbitrarios y efímeros cánones estéticos que imperan en la actualidad, ni en la propensión a pronunciar las “eses” que llevan las palabras en plural o agregarlas en aquellas que no corresponde, menos aún en la predilección de nuestros padres al bautizarnos como Carlitos, Ximena, Lautaro o Atahualpa.

¿No querían globalización? La base de la globalización nos obliga a dejar de ver un chino, un descendiente de incas o un polaco, por el contrario tenemos la obligación de ver: un cliente, otro consumidor, un potencial comprador de nuestros productos. Los mismos que ponen el grito en el cielo por los dichos del presidente son los que se quejan por la asistencia médica que reciben, sin costo alguno, los inmigrantes de países limítrofes. Déjense de joder, entonces.

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