Micromenipea | Te espero afuera

Como cada semana el escritor Guillermo Del Zotto recrea un antiguo género satírico en versión microficción. Hoy: La calle, la rabia y la cárcel.

Con los medios de comunicación en plena crisis de identidad y las redes sociales desbordándose en el intento de contener esa representación, hoy las calles y los lugares públicos simbolizan más que nunca lo oculto.

La idea del relato que se construye con lo que pasa afuera se llamó realismo y tuvo su mayor representación en Rusia como prolongación del naturalismo que venía de Europa central, a finales del siglo XVIII y principios del XIX.

Como una especie de “el pueblo quiere saber de qué se trata”, la frase de Tolstoi “pinta tu aldea y pintarás al mundo” fue la síntesis de un modo de narrar que pasó su legado a Chéjov y desde allí siguió traspasando fronteras para tener amplitud de estilos de los que se derivan por ejemplo los norteamericanos términos de “realismo gótico” o “realismo sucio”.

En la literatura argentina, desde El Matadero de Esteban Echeverría, pasando por Roberto Arlt o los poemas de Oliverio Girondo, el realismo ha tenido pinceladas memorables pero no se podría decir que ejerció su mayoría de edad como estilo.

Con el espacio público como escenario, muchos libros nuevos vienen escritos por autores que tienen mas miedo a cometer errores ortográficos que a no poder lograr conmover. Ese miedo se huele en la lectura y convierte a los libros en trémulos.

¿Cuál es la gracia de decir pavadas bien escritas? Lo crítico de la crítica es que hacen falta análisis de las obras con poder casi de profeta y mucho desapego por el yo para que quien recomiende un libro sepa adelantarse al tiempo y al polvo de críticas desacertadas que se suele subir a los lomos de los libros.

Una mezcla de mercadotecnia y temor autoral que parece querer decir “muertos los libros que muerden, muerta la rabia”.

Máximo Gorki escribió “En prisión” (basada en la experiencia de arresto de un joven manifestante después de una protesta), quizás como doble exorcismo. Por un lado usando el realismo para describir la sordidez del encierro de un “delincuente mental” y por el otro para concluir que las únicas cárceles infranqueables son las internas. De todos modos, su relato cuenta con experiencia propia ya que su detención en la vida real despertó una alerta mundial de amnistía que llevó a que intercedan por él nada menos que Marie Curie, Auguste Rodin y Anatole France, entre otros.

Por los motivos que sean (aunque si esta nota sigue así, todo preso será político), todo escritor encarcelado tiene su obra. Y Oscar Wilde dejó casi como último testimonio “La balada de la cárcel”. Claro que el delito por el que pagó se diferencia bastante de los otros casos: se lo encontró culpable de homosexualidad. Que, bien pasado a estos tiempos, se podría decir que estuvo preso por haberse enamorado.

Es distinto usar ambientes, en este caso la cárcel, como material sociológico en una novela que hacerlo desde la experiencia propia de piel y hueso. No solamente en novelas, ya que es para destacar también lo de Dalmiro Sanz a la hora de explicar, con su propio paso por la comisaría, cómo fue que nació uno de sus memorables cuentos: “Villa Trapo”. Lo hace de tal manera que la explicación de cómo surgió el cuento casi supera en emotividad y efecto al producto final.

Esta vez la prisión te va a gustar.

La menipea es un género seriocómico, derivado de los diálogos socráticos y con inicios en la obra de Antisfeno aunque  debe su nombre a uno de sus exponentes: Menipo de Gadara.

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