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Nuestro Presidente, un hombre extraño

Escribe: Carlos Paladino.


Nuestro Presidente de la Nación está «chocho». Ahora sí, se lo ve más contento, feliz, diríamos. Le dejaron exhibir su figura de cuerpo entero, junto a la cúpula que encabeza la señora Cristina Kirchner, en compañía de su hijo Máximo, el diputado Massa, y el gobernador Kicillof. Es que en los últimos días pasaron cosas importantes.. A las sabidas diatribas que el presidente Alberto Fernández había vociferado contra la señora Cristina, – estando alejado del kirchnerismo y cuando ni por la tapas imaginaba lo que le deparaba el destino – algún maldito sacó del ostracismo un tuit del presidente que decía; «Si CFK no entiende por qué la Corte es un contrapoder deberíamos saber quién la aprobó en Derecho Constitucional». Fue puesto a la consideración general por Alberto, en junio de 2013, es decir. en tiempos en que gobernaba por segunda vez la señora Kirchner y, desde esa posición criticaba las decisiones del Poder Judicial. La misma Cristina que le ofreció ser su vicepresidente,..¿olvidando los agravios recibidos? Cuánto nos cuesta ese pacto de gobernabilidad pergeñado por ambos, no lo sabemos. Pero, si conocemos, que hasta el oprobio tiene un precio. No era necesario un nuevo twitter para intuir que el señor Presidente había ganado un lugar relevante en el «purgatorio»; no obstante, le sirvió para acelerar la valentía de sumarse incondicionalmente a la señora vicepresidente, – otrora denostada – arremetiendo y apoyando las duras censuras dirigidas a la Corte por los fallos en su contra. Con esta determinación deja plantado a muchos amigos que veían en él un punto y aparte con el izquierdismo duro. Al vender su alma al diablo, su camino al infierno está asegurado. ¿Pese a todos sus impulsos por agradar a la señora Kirchner, podemos inferir que ya le perdonó las ofensas de ayer? Difícil que al chancho le salgan plumas. A lo sumo intentará gobernar un poco más tranquilo, sometido al accionar de una Cristina que lo eligió sabiendo de antemano, a quién irían a parar las cachetadas recibidas en su nombre.

El señor Alberto Fernández, por lo tanto, nunca decidió por sí mismo. El derrotero presidencial le hubiera sido más descansado, aceptando de movida que las piedras del camino no las tira únicamente la vice; vienen junto a las que arrojan las fuerzas coaligadas del ejército prebendario que la asiste y siempre está presente. Se invierte mucha plata de recursos que no hay, en ese «metier». Pensar lo que quiera del presidente, es otra cuestión; es una atribución personal de la señora. Ël ,por ahora patentiza (¿o simula?) chochera por su amiga Cristina, ínterin, claro, el mandamás lo dé por bueno.

Desde el más rancio peronismo se dejaron oír las voces anti cristinista, o antikirchnerista, y anti camporista, que esgrimen el argumento – como pidiendo disculpas por las ofensas cometidas – que ni Cristina y menos La Cámpora, son peronistas de Perón. En su tiempo, dijeron lo mismo de la juventud subversiva, del sindicalismo prepotente, del marxismo peronista, etc., metidos en el partido. Las disidencias vinieron luego de la muerte de Juan Perón, ya que estas facciones internas mostraron su apogeo en vida y con el beneplácito del líder justicialista. El General opinaba desde el exilio, que en el polifacético peronismo cabían todos, él como conductor del mismo, se encargaría de ir dividiendo las aguas, así se fueran dando las cosas. Con tal de retornar al poder argentino absorbió a cuánta corriente ideológica anduviera suelta por ahí. Ya en uso del poderío político, echó primero al presidente Cámpora por haberse volcado al zurdismo nacional, y, después, a los grupos guerrilleros que él había ensoberbecido alentando su nacionalismo patriótico. Un día desde el palco le dijo a la multitud presente que prefería quedarse con el sindicalismo argentino y profirió aquel histórico «imberbes» dirigido a esos mismos jóvenes, porque no representaban ni al pueblo ni a la clase trabajadora. Estaba claro, ahora no necesita de ellos. A la principal fuerza sindical había conseguido ponerla de su lado; a la juventud de sangre caliente, no. Ëstos se sintieron traicionados y el ruido del despelote que se armó, aún mantiene agrietada a la sociedad. Hoy volvemos a estar en sintonía con los años setenta.

En Alberto Fernández vemos la figura del presidente Héctor Cámpora, usada por Perón como ariete para abrir el camino a una política agitada y confusa.

Aquellos militantes que se arrogan el peronismo auténtico (¿Cuál es, el de la primera hora?), maldicientes de la presidenta Cristina Kirchner, abogando a su lealtad peronista o por convicciones dinerarias, explicaban que votarían al señor Alberto Fernández, porque «Alberto es distinto». Se auto convencen y nos querían convencer, de que el candidato gobernaría al margen de las imposiciones de su vicepresidente, asesorado por un equipo capaz y científico. «Alberto no es lo mismo que Cristina,» decían. La única verdad es la realidad: Alberto es igual a Cristina y su asesoría científica ya no corta el bacalao, El plan económico diseñado por el Ministro Guzmán debe sujetarse al plan electoral de La Cámpora. ¿De qué plan están hablando? Para colmar de funcionarios adeptos que manejan a voluntad los recursos energéticos del país; no precisan de un plan. El caso de Federico Basualdo es evidente. Por ejemplo: el plan se opone al aumento de tarifas de servicios, que Guzmán propone para no caer de nuevo en la importación; y en cambio, estimulan un aumento masivo de los planes asistenciales, aunque para ello haya que seguir emitiendo. Asimismo, creen que teniendo el control del organigrama vacunatorio, administran la vida y los votos de la ciudadanía. Para estos fines tampoco se debe reglar un plan económico. Se hace así y se acabó, si a la jefa no le molesta, los otros a callar. En los cálculos camporistas, una vez pasadas las próximas elecciones y saturado el Congreso de legisladores del mismo palo; habrán confirmado su tendencia y pondrán sus esmeros en ver cómo le sacan dinero a los capitalistas que, en la versión de esta gente, podemos ser cualquiera.

¿Los argentinos necesitamos traer de vuelta un pasado ignominioso que aún conserva sus consecuencias? Los años setenta pasaron y ya debieran estar olvidados. Fueron épocas malas y forman parte de la historia. No obstante, todavía hay quienes ven en ello un salvavidas para reflotar el país. Si miramos la composición actual del gobierno, veremos en sus diversos estamentos varios amigos de esa época ¿O, acaso lo que se busca es instaurar un régimen que esconda la corrupción política, la manipulación del tesoro nacional, el libre accionar de los organismos de la Justicia, dotar de impunidad a los ladrones y sus secuaces? Los sistemas antidemocráticos posibilitan todas esas alternativas. La única esperanza de no caer en ese retroceso, incluso, para los peronistas de Perón, recaía en el presidente Alberto Fernández. Las señales enviadas por el presidente nos dan a entender de que por esa vía no va a poder ser. Precisamente un hombre que entró a la política grande de la mano de Domingo Cavallo, un liberal y derechista soberbio, nos guía como corderos a un antiliberalismo, consumado. Cosas extrañas ocurren en el suelo patrio, argüidas por la mano de un extraño hombre.

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