Nunca podremos irnos del barrio


Libros / Carlos Verucchi / En Línea Noticias (Twitter: @carlos_verucchi)

No es la  patria lo que se extraña en el exilio, no es un país, es el barrio, afirma Federico Luppi en Martín (Hache), la película de Adolfo Aristarain estrenada en 1997.

El barrio siempre estará presente en nosotros, estemos en él o muy lejos. Es el barrio el que hizo que habláramos como hablamos, o que nos guste el fútbol, el básquet o el deporte que fuera, que sufriéramos por tal o cual equipo. El barrio nos enseñó a quién debíamos detestar y a quién defender con uñas y dientes, nos inculcó ciertos códigos que bien o mal, con suerte, mantendremos para toda la vida.

Por ese lado viene “Lanús”, la novela de Sergio Olguín publicada originalmente en 2002 y reeditada por Tusquets en 2008. Adrián es un joven que creció en un barrio de Lanús y estuvo a punto de consagrarse como jugador de fútbol profesional. Algunos años después, y ya viviendo en Capital, se entera por el diario de la muerte de Francisco, un amigo de la infancia que alguna vez le salvó la vida pero a quien no ve desde hace años. La muerte de su amigo, en un confuso episodio con la policía en el conurbano, obliga a Adrián a volver al Lanús de su infancia y reencontrarse con los amigos de la barra de la calle donde nació y se crió, un grupo de amigos que habían establecido un pacto de mutua y eterna colaboración para protegerse de las barritas enemigas en la adolescencia, y para lo que fuera en el resto de sus vidas.

El regreso al barrio conlleva al obligatorio ejercicio de la nostalgia, revive sentimientos que permanecían latentes y al acecho, agazapados para tomarlo con la guardia baja en el momento menos pensado. “Mientras caminaba por esas calles se dio cuenta de dos cosas: que había hecho bien en no volver al barrio y que jamás iba a poder irse de ahí.” Volviendo al film de Aristarain, y bajo la perspectiva de Olguín, estamos condenados por siempre a ese barrio en el que nos asomamos a la vida y en el que forjamos las amistades más sólidas.

La historia de “Lanús” va tomando, de a poco, ribetes de novela policial con los ingredientes típicos del género y con particularidades propias de esa región tan difusa como virulenta que conocemos como conurbano bonaerense. Región que al mismo tiempo forma y no forma parte de esa gran urbe en la que se ha convertido Buenos Aires. Las diferencias entre la Capital y el barrio de Lanús al que retorna el protagonista de la historia resultan contrastantes. Adrián, tal vez al igual que todos sus amigos, quisiera no haber salido de ese barrio proletario, sin embargo, desde otro costado se siente orgulloso de los lazos que aún lo atan a sus orígenes.

Pero ¿hasta dónde se estiran sin romperse esos lazos tejidos en la niñez?, parece preguntarse el autor. La respuesta que encuentra es la novela misma. Sus doscientas páginas son, de algún modo, un intento de responder a esa y a otras inquietudes vinculadas con los años de formación, del despertar de la sexualidad, de cómo se fue conformando eso que llamamos ser argentino. Porque los argentinos, al menos en esta región del país, ya no somos ni gauchos y compadritos, ahora somos esa amalgama entre originarios y europeos que se forjó en los vastos cordones industriales que surgieron con el primer peronismo, y que fueron engrosando esa clase media amplia que alguna vez fue nuestro orgullo. Somos el barrio y el potrero, somos las chicas jugando a las muñecas en patios de baldosas, somos el vermut de los domingos, la nona y su cocoliche, el sentimiento de amistad por encima de todo, el sueño de irnos del barrio para estudiar en la universidad. En buena medida somos, hoy, el producto del barrio obrero, ¿quiénes seremos mañana ahora que ya no existe el barrio? Al menos no existe tal como lo conocimos, los chicos de ahora sólo se juntan en el colegio o en el club, en la virtualidad.

Eso no lo sabemos, Olguín tampoco lo dice. De cualquier manera es aconsejable leer “Lanús”, para muchos será una placentera manera de volver al barrio.

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