Ojo por ojo

En Timote, José Pablo Feinmann narra en clave de ficción el secuestro y asesinato de Pedro Eugenio Aramburu.

Libros / Carlos Verucchi / En Línea Noticias ([email protected])

 

En Timote, publicada originalmente en 2009 y reeditada por Planeta en 2015, José Pablo Feinmann presenta un relato novelado sobre el secuestro y asesinato de Pedro Eugenio Aramburu. En 1970, un grupo de jóvenes integrado por Fernando Abal Medina, Norma Arrostito, Mario Firmenich y Carlos Ramus entre otros, secuestra en su departamento de Barrio Norte en Capital Federal al ex presidente de facto y símbolo de la Revolución Libertadora y lo conduce hasta Timote, un pequeño pueblo en el partido de Carlos Tejedor en el Oeste de la Provincia de Buenos Aires. Allí lo someten a un “juicio revolucionario” y lo declaran culpable de interrumpir por la fuerza el orden institucional, por los asesinatos del general Valle y Tanco en la rebelión peronista de Junio del 56 y por el fusilamiento de civiles en los basurales de José León Suárez ese mismo año. Le dictan la pena de muerte y lo matan, y así recibe su bautismo de fuego la organización “Montoneros”.

 

Nunca se sabrá con exactitud lo que ocurrió en el campo de la familia de Ramus, en Timote, aquellos días en que los diarios de Buenos Aires se mostraban desconcertados por la desaparición del General Aramburu.

 

Feinmann cubre ese desconocimiento con una de las tantas (infinitas) alternativas posibles.

 

Mucho se habló sobre la posibilidad de que Lanusse estuviera planeando con Aramburu un golpe al gobierno golpista de Onganía (no es un juego de palabras sino un reflejo irónico de la historia argentina) y, por consiguiente, los servicios de inteligencia del estado facilitaran la operación para que los secuestradores, vestidos con uniformes de oficiales del ejército argentino, pudieran llevarse tranquilamente a Aramburu de su domicilio. Feinmann desconfía de esa versión y justifica el hecho a partir de la temeraria ingenuidad de los protagonistas (salvo Firmenich todos los demás fueron muertos por la policía o el ejército poco tiempo después).

 

Se pregunta Feinmann, ¿quiénes son estos jóvenes católicos que poco después de haber egresado del Colegio Nacional Buenos Aires salen a clamar venganza por una injuria que no sufrieron en carne propia?

 

Y ensaya una respuesta al afirmar que pertenecen a una generación que después de haber leído a José María Rosa y a Jauretche sienten compasión por “…una patria siempre sometida a los intereses del Imperio Británico. Traficada por los traidores de adentro. La burguesía comercial porteña, los ilustrados antirrosistas, los ganaderos enemigos de don Juan Manuel”.

 

Y más adelante completa la motivación ideológica de los protagonistas de su novela: “La patria ha vivido sometida por el liberalismo masón. La Revolución de Mayo la dejó en manos de Inglaterra. Rivadavia la endeudó. Facundo, el Tigre de los Llanos, se levantó en armas desde el país profundo, La Rioja. Fue derrotado por el General Paz, un general cipayo educado en Europa, un erudito de las batallas napoleónicas. Los hombres de casaca negra, los malditos unitarios, en 1928 destituyen a Dorrego con las tropas que Lavalle trae de la guerra con el Brasil”.

 

“Esta generación ―sigue Feinmann― se hace peronista porque sus padres eran gorilas. Porque estaban agobiados por los relatos demoníacos sobre el peronismo, sobre Perón y sobre Evita.”

 

En definitiva, la muerte de Aramburu no deja de ser una batalla más de la guerra civil. Esa guerra civil que empieza con el fusilamiento de Dorrego y que nunca tendrá un vencedor definitivo. Porque siempre encontrará, aquel viejo Partido Federal de los caudillos y las montoneras, un Yrigoyen, un Perón o un Kirchner que recupere sus ideales. Alguien que se atreva a desafiar ese ordenamiento porteño de los doctores que ya no usan levita ni se educan en Europa, sino que se limitan a cursar un Master in Business Administration en alguna universidad norteamericana, y a los que la Recoleta les quedó muy cerca del centro y prefirieron mudarse a San Isidro.

 

“Timote”, en definitiva, es una buena novela. Su trama se ajusta a lo que el inconsciente colectivo de los argentinos sospecha sobre los episodios que dieron inicio a una de las etapas más sangrientas de nuestra historia.
Leyendo a Feinmann, además, de algún modo también se resiste.

 

 

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