Opinión | Cuando un impuesto a los ricos veas crear, si sos clase media ponte a rezar

Los impuestos excepcionales de emergencia en la Argentina y su eternidad.


* Por RAMIRO EGÜEN

            Pensar la estructura y composición actual del sistema tributario argentino requiere de un análisis que contemple a todos los actores y factores de la vida financiera y fiscal de la República.

            La Argentina eligió desde sus orígenes a los tributos como recurso por excelencia de la Hacienda Pública. En un principio se impusieron para mitigar el contrabando, cuando todavía existía el Virreinato, y con el correr de dos siglos de historia, como consecuencia de la falta de creatividad política y legislativa, se evidenció y se sigue evidenciando la instauración promedio de un tributo por año. En la actualidad son 170 los que sostienen las arcas fiscales.

            Este sistema debemos entenderlo en el marco del contrato social entre gobernantes y gobernados, donde las obligaciones y las responsabilidades de ambos son recíprocas. En tiempos de crisis, el esquema recaudador fue sucesivamente ampliando la base de tributos que originalmente eran temporales, pero que se sostienen, tales como Ganancias (1932)Bienes Personales (1991), Impuesto al Valor Agregado (1975), Impuesto al Cheque (2001) y las retenciones (1955).

            La necesidad de un tesoro nacional debe conjugarse con factores que influyen sobre los contribuyentes, como la crisis económica doméstica, la producción, el crecimiento, la inversión, los servicios, los precios, las asimetrías regionales e individuales, la distribución del ingreso y la riqueza. Estos son los elementos que deberán considerar los legisladores a la hora de levantar la mano por este nuevo impuesto.

            Entonces, el juego de poderes e intereses que despierta el sistema tributario nacional, cuyas piezas fundamentales son los tributos, cuenta con la participación de los tres niveles de gobierno -Nación, provincias y municipios. En dicha dinámica de la política fiscal, y ante la tensión por los fondos entre las jurisdicciones, se olvidan éstas de la capacidad soportable de quienes se encuentran obligados a cumplir, existiendo lo que llamo “inflación tributaria“. 

            El debate de este nuevo impuesto a la riqueza, entusiasma a algunos desde lo ideológico, pero preocupa a otros, quienes repasan la historia y sienten que esta película ya la vieron, atento a que el concepto de “rico“ para la instauración de impuestos, termina siendo una farsa dado que se produce un corrimiento de las exigencias fiscales a la clase media cuando los mismos son sostenidos en el tiempo.

            En este contexto crítico macroeconómico, pero también muy complejo en lo cotidiano de cada hogar argentino, es importante compatibilizar las necesidades públicas con la economía y la deuda pública, los efectos de la globalización con la crisis sanitaria y la retracción del comercio exterior, el cepo al dólar con los mercados, la inflación y la inversión, las consecuencias del aislamiento con las desigualdades y la nueva era. Excluyendo la incertidumbre que provoca la cuestión sanitaria actual, el resto ya lo hemos vivido.

            La bancada oficialista quiere crear impuestos, y muchos creemos que hay que reducirlos, porque sostenemos que la acumulación de tributos se traslada a precios, y desalientan tanto el consumo como la inversión, tan necesarios para la etapa post-pandemia. Se encienden las alertas en los sectores medios y marginados de la economía, que la historia fiscal los ha condenado, no sólo a pagar impuestos, sino a adquirir bienes y servicios que el estado no presta, o lo hace de manera deficiente.

            En síntesis, a partir de la creación de este nuevo impuesto me surgen estos interrogantes: ¿cuanto más tributos se cobran, más altos son los estándares de derechos y eficiencia de los servicios?¿Más equitativa y justa es la distribución del ingreso y oportunidades?¿Más tributos significa más calidad de vida para los ciudadanos o para quienes sostienen el sistema?

            Continúo preguntándome ¿un nuevo tributo hace más fuerte o endeble la economía? ¿qué solucionamos con la recaudación proyectada? ¿atenta contra la curva de cumplimiento? ¿Se ejerce más presión sobre pocos sujetos? En definitiva ¿faltan recursos o falta administración eficiente?

            En mi opinión, todas estas dudas se responden de una sola forma: si existe una administración deficiente, que falla en las prioridades, que elige realizar gastos que no son necesarios, que equivoca el rumbo al equivocar la toma de decisiones, estaremos constantemente creando tributos que generen recaudación que se mete a un costal roto, lo que implica la pérdida constante de los valores que fueron exigidos a los ciudadanos.

            No puede concebirse que en un país en el que existen 170 tributos, como he dicho al principio, haya déficit fiscal. Eso nos habla de lo mal que se gestiona. Y esto no es algo atribuible a este único gobierno. Esto es algo que vivimos hace muchos años los argentinos. Por eso el hartazgo generalizado, por eso la pérdida de confianza, por eso la falta de motivación en la gente.  Las tres cosas combinadas, son el conjunto de esa mala administración que mencioné, generándose un círculo vicioso del que es difícil salir.

            Lejos de querer ser o parecer pesimista, creo que esta crisis debe ser tomada como una oportunidad para reordenar nuestro Estado, dotarlo de mejores iniciativas y redefinir prioridades. Nuestros gobernantes se lo deben a todo un pueblo que espera ansioso que ello ocurra aunque sea una vez.

            Es imperiosa la articulación y coordinación entre los actores con responsabilidades de gobierno, para contrarrestar la influencia de variables internas y externas que condicionan la salida rápida de esta aguda crisis. Recemos para que no sea la propia dirigencia la que atente contra esa solución.

*Abogado, docente e investigador UNLP en temas fiscales. Dirigente GEN Provincia de Buenos Aires.

Ex Candidato a Diputado.

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