Opinión / El tren pasa sólo una vez

 

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Con bastante frecuencia se han intentado establecer similitudes en el origen de los Estados Unidos y la Argentina. Dos países relativamente “nuevos”, con extensas llanuras y clima apropiado a la agricultura y ganadería y con ausencia (ya sea por condiciones iniciales o por exterminio) de poblaciones originarias numerosas que dificultaran la rápida colonización de las tierras por inmigrantes de origen europeo.

Carlos Verucchi ([email protected])

 

Merced a ese paralelismo, no tardaron en originarse, en ambos países, diferencias internas basadas en intereses económicos. A mediados del siglo XIX, con Inglaterra en plena Revolución Industrial y una necesidad imperiosa de someter el orden mundial a sus proyectos de expansión, surgieron diferencias tanto en Argentina como en los Estados Unidos respecto a la actitud que debía tomarse en relación a este nuevo esquema.

 

En los Estados Unidos, los estados del sur, que gozaban mucho más que los estados del norte de las riquezas del suelo y de condiciones climáticas favorables a la explotación de recursos primarios, naturalmente aceptaron sin remilgos el rol de proveedores de materias primas para alimentar la maquinaria industrial que se desarrollaba en los talleres de Manchester. A los estados del norte, por su parte, esta política les resultaba completamente inoportuna y aspiraban a cerrar su economía y de esa manera impedir el ingreso de productos elaborados de manera tal de poder iniciar su propio proyecto de industrialización.

 

En nuestro país ocurría algo similar, las provincias más cercanas al puerto y con mayor capacidad para el desarrollo de la agricultura propiciaban un vínculo con Inglaterra y se sentían cómodas en su rol de mero engranaje del Imperio Británico. Este modelo económico lógicamente asfixiaba a las provincias del interior que por un lado no eran tan aptas para el desarrollo de la agricultura y por otro lado se veían inundadas de productos elaborados de bajo costo, lo que impedía el desarrollo de una potencial industrialización. En estas diferencias radican las luchas internas entre unitarios y federales más allá de que la historia oficial ofrezca una versión mucho más sofisticada e idealista.

 

Pero hay en ese paralelismo entre los dos países un punto de inflexión que cambió el destino de ambos de manera definitiva. En los dos casos, los intereses económicos contrapuestos derivaron (como a lo largo de toda la historia de la humanidad) en conflictos armados. La guerra civil en los Estados Unidos fue relativamente breve y tuvo un vencedor indiscutible y concluyente: los estados del norte que propiciaban cerrar la economía para desarrollarse industrialmente.

 

En la Argentina, la guerra civil se prolongó por décadas. Al cabo de cierto tiempo el enfrentamiento comenzó a diluirse y los motivos originales pasaron a segundo plano. Dentro de cada bando se formaron subgrupos y los modelos de país por los cuales pugnaban comenzaron a proliferarse. Al final nadie ganó esa guerra. De cada lado aceptaron la urgencia de sumarse, de alguna manera u otra, al mundo moderno y las hostilidades fueron menguando sin que las motivaciones económicas primarias se zanjaran. A partir de la generación del 80, cada gobierno se vio en medio de una puja entre poderes económicos que pretendían imponer sus posiciones.

 

Por momentos se afianzaba uno de ellos hasta que el otro, que se había mantenido un tiempo a la expectativa, lograba recuperar posiciones. Los gobiernos más populares se acercaron generalmente a la vieja concepción federal de economía independiente y pro industrialización. La posición tendiente a entrar de lleno en el mundo globalizado sea cual fuere el rol que nos tocara estuvo encarnada por gobiernos de facto y en algunos casos aislados por gobiernos democráticos.

 

Aunque parezca mentira (y a pesar de que la situación actual de los Estados Unidos sea la prueba más fehaciente de cuál de las dos posiciones originales era la más conveniente) la discusión no está agotada y hay quienes persisten en la idea de modelo agrícola-ganadero (a decir verdad las expectativas son ahora ligeramente más ambiciosas, de granero del mundo aspiramos a convertirnos en supermercado del mundo).

 

Los unitarios atribuyen los males del país a cierto encontronazo casual que tuvo el general Paz con un gaucho de las tropas de Estanislao López y que lo convirtió en prisionero de Rosas. Los federales achacan al desdén de Urquiza su fracaso final contra Mitre. Sea como sea, la guerra no tuvo un vencedor.

 

Es por eso que los argentinos vamos y venimos. Borramos con el codo lo que escribimos con la mano, nos contradecimos, nos desdecimos, fluctuamos permanentemente en nuestra política económica, estancados en un vaivén en perfecto equilibrio, como atados a dos resortes fijados a paredes opuestas.

 

La situación es ahora mucho más compleja que a fines del siglo XIX. A mediados del siglo XX Estados Unidos reemplazó a Inglaterra en su posición de potencia hegemónica y tomó precauciones para permanecer en ese rol. Cualquier intento de “independencia” tecnológica en países subdesarrollados (dejemos de lado el eufemismo de “en vías de desarrollo”) es considerado como un atentado al orden mundial.

 

Durante los últimos años se dieron algunos pasos que rozan lo “subversivo” para ese ordenamiento global que nos prefiere obedientes: se desarrollaron satélites, se exportaron reactores nucleares con fines científicos a Australia y se instaló otro de fabricación nacional para generación eléctrica en Atucha, se repatriaron investigadores, se promovió la investigación y se incrementó significativamente el PBI, todo prescindiendo de préstamos externos. Sin que nos diéramos cuenta, de esa manera se estaba tensando el resorte que ahora nos arrastra en la dirección contraria.

 

Definitivamente, no supimos subirnos al tren.

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