Opinión / Hablar bien no cuesta un joraca

Influidos por los medios de comunicación, los argentinos incorporamos permanentemente nuevas formas de expresión, algunas de ellas “merecen nuestro más enérgico repudio”.

 

 

Opinión / Carlos Verucchi / En Línea Noticias ([email protected])

Ricardo Piglia afirmaba que las obras clásicas requieren nuevas traducciones cada cierto tiempo. En caso contrario, los lectores se ven sometidos al esfuerzo de tener que leer textos no sólo con un vocabulario fuera de uso o pasado de moda, sino además, con un estilo que por anacrónico puede resultar ríspido, intrincado o barroco. Esos vaivenes del lenguaje y del vocabulario no siempre son alentadores. En algunas oportunidades, más que mostrarnos que el idioma está vivo, dan señales inequívocas de cierto retroceso en el uso de los recursos que la lengua nos ofrece para comunicarnos.

Durante las últimas décadas, y a diferencia de lo que ocurría anteriormente, han sido los medios de comunicación masivos ―principalmente la televisión― los que han impuesto nuevos modos de hablar. La mayoría de la veces, estos “modismos” difundidos por conductores de televisión resultan literariamente desafortunados, cuando no desagradables. Muchos de ellos surgen y desaparecen para dar lugar a otros, generalmente aún más nocivos para el buen gusto que los anteriores.

Oscar Wilde tenía, ya en el siglo XIX, una opinión crítica hacia el periodismo: “Hay mucho que decir en favor del periodismo moderno. Al darnos las opiniones de los ignorantes, nos mantiene en contacto con la ignorancia de la comunidad”, en otra de sus “máximas” afirma que “la diferencia entre literatura y periodismo es que el periodismo es ilegible y la literatura no es leída”. Mejor no hacer el esfuerzo de imaginar qué habría pensado Wilde si hubiera vivido en tiempos de la televisión o Internet.

Los despropósitos dialécticos de la televisión argentina pueden dividirse en varias categorías. Una de ellas agrupa a los más disparatados neologismos. A muchos conductores o periodistas no les alcanza con la abrumadora cantidad de palabras disponibles en los diccionarios de la Real Academia Española y, por consiguiente, para poder transmitir sus profundos razonamientos se ven en la obligación de inventar nuevas palabras o definiciones.

Así, firmar un convenio es conveniar, o estipular un determinado protocolo en una norma ha dejado de ser normalizar para pasar a ser “normar”. Los edificios ya no se restauran como antes sino que se “ponen en valor”, y cuando resulta necesario afirmar, elegantemente, que no comprendemos del todo alguna situación debemos afirmar que “hay algo que nos hace ruido”.

Aunque ha caído últimamente en desuso, el encomillado con los dedos mayor e índice de ambas manos resultaba sumamente útil para señalar que una expresión debía considerarse… ¿metafórica?, ¿ambigua?, tal vez simplemente estúpida, nunca lo supe, pero de que era un gesto elegante no caben dudas, casi tanto como carraspear ligeramente antes de comenzar una diatriba.

Por otro lado están las metáforas que se posicionan a mitad de camino entre lo macabro y lo chistoso, como la que usan algunos para hacer referencia a nuevas oportunidades o a situaciones potencialmente atractivas, ¿no había una palabra menos fúnebre que “nicho” para referirse a ellas?

Es probable que estas modalidades no persistan y no dejen huella en el hablar de los argentinos, sin embargo, se observa con una tendencia más obstinada el viraje hacia el “tu”. En la mayor parte de Latinoamérica, el vos, tan común en ciertas regiones de la Argentina, resulta incómodo y hasta grosero. Algunos periodistas deportivos, en su intento por ganar audiencia fuera de las fronteras de  nuestro país, y habiendo notado la inconveniencia del voseo, se inclinaron por el más convencional tuteo, al punto que ya es común escuchar expresiones pretendidamente más ortodoxas o refinadas como “contigo” o “gracias a ti”.

También están los que pretenden ser más papistas que el papa y desestiman el “ni bien” que se usó siempre en virtud del estilísticamente correcto “no bien”. ¿Cuánto tiempo tiene que transcurrir para que una expresión pase a formar parte de lo convencionalmente aceptado? ¿Quién se atreve, en el contexto empobrecido de la actualidad discursiva a tachar con tinta roja el “ni bien” que ya usaba mi abuela?

Una salida muy recurrente de policías o abogados en declaraciones a la prensa es el famoso “no descartamos ninguna hipótesis”. No, cómo que no descartan ninguna hipótesis. Deberían dar muestras de un mayor rigor científico a la hora de atender una investigación. Al menos podrían descartar que un marciano llegó desde el espacio para cometer el crimen y luego huyó en su plato volador.

Y bueno, nada… tipo que esta nota va a perder vigencia ni bien sea leída por cada uno de nuestros exigentes lectores. Los que seguramente sabrán perdonar tan jactanciosa reseña, o contribuir con otros disparates fruto de esta gran pantomima que se esconde detrás del televisor “a” color, que ahora viene con leds, pantalla curva y una antenita para comunicarse con el lavarropas, la tostadora o avisarme por WhatsApp si mi hijo sobrepasó los minutos diarios previamente autorizados para ver Pokémon.

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