Opinión: La insolencia de los perdedores

Opinión / Carlos Verucchi / En Línea Noticias (Twitter: @carlos_verucchi)

Mi hija está asistiendo a una clase virtual cuando de pronto me llama. Algo pasa, me dice. Le pido que suba el volumen de la computadora y trato de escuchar. Los cuadraditos del Zoom muestran desconcierto, el cuadradito principal, donde está la imagen de la maestra está vacío. Cuando la seño vuelve explica que algo importante debe haber pasado, sus vecinos están gritando y llorando desconsoladamente.

Esperá que me fijo en la tele dice otra seño. Se hace un silencio y después de unos minutos la maestra vuelve y quiere decir algo y no puede. Las palabras no le salen. Sus alumnos de tercer grado esperan impacientes. Sospecho que no debo ser el único padre o madre que está pendiente de lo que la maestra, después de unos segundos, intenta decir con gran esfuerzo y voz entrecortada, sin poder, todavía, creerlo. Murió Maradona.


¿De qué hablar hoy si no es de Maradona? ¿Qué decir de Maradona si ya se ha dicho todo lo que había para decir? ¿Cómo hablar de Maradona sin caer en lugares comunes? ¿Cómo escribir una columna a la altura de Maradona? Imposible, claro.


Desde ahora los argentino recordaremos, para siempre, no sólo dónde y con quién estábamos cuando Diego le hizo los dos goles a los ingleses sino también, dónde y con quién estábamos cuando nos enteramos de su muerte.


¿Por qué nos seduce tanto Maradona? Eso nadie todavía ha podido explicarlo. El presidente Macron envió sus condolencias en nombre del pueblo francés. La nota es exquisita, pone la carne de gallina, pero se cae al final cuando afirma que “sus visitas a Fidel Castro y Hugo Chávez tendrán el sabor amargo de la derrota; es en la cancha donde Maradona hizo la revolución”.

No. No es en la cancha donde Maradona hizo su revolución, es afuera. Pero por supuesto no pretendemos que Macron, ni ningún francés, ni ningún habitante de la tierra que no sea argentino entienda el fenómeno Maradona. Maradona es Maradona no a pesar de haber estado al lado de Maduro o de Fidel o de Cristina o de cualquier otro anacrónico personaje del subdesarrollo, sino justamente gracias a eso.

Por eso queremos a Diego, Macron, no por el gol a los ingleses. No por la magia de su zurda. Porque con eso no alcanza acá, donde magos de la zurza hay a patadas. Lo queremos porque siempre supo ponerse del lado de los débiles, por haber elegido siempre pararse en el lugar equivocado, por haber sido fiel a esa pauta medieval que sostiene que los verdaderos caballeros se interesan solo por las causas perdidas.


Messi o cualquier otro pueden hacerle dos goles a los ingleses, tampoco es para tanto, lo que nunca podrían es negarle la mano a Havelange, putear a los italianos, desafiar al imperio, porque para eso había que ser un negrito insolente, bien argentino, tener la tozudez de un Peñaloza, la indolencia de Guevara, la sabiduría informal de un Macedonio Fernández. Ah… y que uno de los dos goles fuera con la mano, claro.

Un gol tramposo, apenas tramposo. Mucho menos tramposo que hundir un crucero con cientos de soldados en una zona donde la guerra quedaba exceptuada.


Pudo haber sido otra cosa, el éxito tocó a su puerta mil veces. Pero sin embargo eligió mantener siempre en alto la insolencia que cultivó durante una infancia desgraciada, prefirió ser fiel a sus amigos de Fiorito. Por eso lloramos por Diego. Porque nunca nos dejó, se quedó al lado nuestro, se quedó con los de abajo, al lado de los perdedores. Justo él.

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