Opinión | La ley más esperada

Escribe: Carlos Verucchi


Opinión / Carlos Verucchi / En Línea Noticias (Twitter: @carlos_verucchi)

El 2020 cerró con la concreción de un anhelo perseguido durante años por muchas mujeres argentinas. La Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo fue aprobada finalmente, en votación reñida, contra reloj, como queriendo demostrar que ante tantos disgustos el año también podía dejarnos una satisfacción.

Las largas y multitudinarias marchas, simultáneas y obstinadas, tercas, convocantes de varias generaciones, las noches en vela esperando la resolución legislativa, bajo el cobijo exiguo de unos trapos verdes que quedarán para siempre como un símbolo de rebeldía, constituyen una de las epopeyas más importante de estos tiempos. La rebelión, hoy, es propiedad exclusiva de las “pañuelos verdes”, la resistencia contra el sistema, en general, y contra el atropello de una sociedad patriarcal, injusta y alienante, no hay que buscarla en partidos de izquierda ni en líderes guerrilleros, mucho menos en poetas surrealistas o cantantes de rock, esa resistencia está encarnada hoy por hoy en este colectivo de mujeres que se encolumnaron detrás de un objetico común y no descansaron hasta verlo concretado. Eso es lo que conmueve. Observar que en tiempos en los que no queda margen para la desobediencia y en que la rebeldía está pasada de moda, se pudo disparar una movida que terminó escribiéndole otro capítulo a la épica.

A eso se debe la reacción de los sectores más conservadores de la sociedad, reacción torpe, burda, inoportuna y anticuada. No le temen tanto al aborto como a la comprobación flagrante de que, cuando un grupo de ciudadanos se organiza, puede torcer la realidad, puede forzar una decisión, puede convencer a fuerza de osadía, con la prepotencia del trabajo y de la lucha, para que, como dijera Roberto Arlt, una vez más bufen los eunucos. Porque no era nada fácil convencer a la opinión pública, desafiar a la iglesia, forzar la postura de legisladores timoratos que deben justificar sus votos cada vez que vuelven a sus provincias, hacer dudar a la prensa más conservadora. No caben dudas de que a priori era una empresa casi imposible, un desafío arriesgado, una meta desmesurada, al menos en la consideración de la mayoría, no claro en el imaginario de ese grupo de mujeres que encendieron la mecha y dispararon una ley que fue noticia en todo el mundo. Y que seguramente empezará a replicarse en otros países de Latinoamérica que siempre miraron a Argentina como una referencia, como un faro, como un líder de paso ebrio que con tropiezos y retrocesos, con titubeos y oscilaciones, con más vacilaciones que certidumbres siempre ha intentado arrancar a la región de ese futuro de sometimiento que le auguraron, fomentar la persecución de otro destino, distinto al de meros engranajes subalternos en la maquinaria del mundo.

¿Será una muestra, esta que acabamos de ver, de una nueva forma de democracia? Porque nos enseñaron hasta el hartazgo eso de que el pueblo no gobierna, lo hace (a duras penas) a través de sus representantes. En estos días hemos visto, sin embargo ―algunos absortos, otros conmovidos―, cómo el pueblo en su estado más genuino guió y condujo a sus representantes a tomar una decisión largamente postergada.

Aprendamos todos de este grupo de mujeres que se la supo jugar, imitemos a las “pañuelos verdes”. Vayamos por nuevas utopías.

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