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Poetas del centro geográfico de la provincia de Buenos Aires

Tercera entrega de una serie de obras literarias zonales.

Por: Arq. Jorge Hugo Figueroa.

Tiempo de lectura estimado: 5:10 minutos

Anahí Torres

La escritora Carmen Vignone escribe “Su exquisita sensibilidad se manifiesta a través de su poesía, los sentimientos más íntimos trasuntan d ella, sabe comunicar con talento todo lo que siente con una poco común manera de expresarse”.

Pétalo
Como pétalo
Ahuecada entre sus dedos
De sonrisas escapadas
De alas de pájaros
De manantial fresco
Donde sumerjo sedienta
Mi piel nueva
Víctima del vértigo de sus besos.

Timonel ignorado
Barca a la deriva
En derroche de silencios
Dejas que me hunda
Y luego me seduces
Ya esclava
Entrgada al arte de tus manos
Que rehacen mis huesos
De nieve y fuego al mismo tiempo.
Anoche te he amado.

Hoy amanecí un dolor
Tu fantasma sumergido en mí
Me impregné de tu ausencia
Alguien llama
La puerta de entrada crujió un encuentro
Tus pasos bullen en mi sangre
Tu tibieza se desliza
Transformándome en monumento inútil.

Susana Errobidart


Nació en Huanguelén, pequeño pueblo de la Pcia. De Buenos Aires el 10 de noviembre de 1942.
Carmen Vignone escribe “El ejército literario, tiene distintas facetas. Ésta autora se vuelca hacia la temática de lo absurdo pero su fisonomía atrapante, se nos hace realidad, es necesario tener vena narrativa, quizá ni ella misma sepa de su capacidad creadora al estilo KAFKA”.


Un llamado muy tarde


Ana es loca de las plantas, por eso Gabriel, cada vez que vuelve de uno de sus viajes por el interior del país o de países vecinos, le trae una de regalo.
En el patio de la casa-quinta ya casi no quedan espacios libres, por eso a su regreso del Perú le trajo una enredadera.
-Mi amor, mirá que planta te conseguí. Desde que la ví al borde del camino donde paré a tomar mate, no pude dejar de mirarla, hasta que al fin me decidí y la arranqué con todo cuidado, para traértela a vos.
Ana la miró y sin saber porqué, sintió aversión por ella, pero pensando en que Gabriel siempre recuerda sus gustos, dijo casi con desgano:
-Es linda, si…
Después que el hubo partido a Paraguay, ella decidió plantar la enredadera y la colocó cerca de la pared de la habitación de servicio.
Pasaron varios días y no volvió a ocuparse de la planta, albergando en su interior el deseo de que se secara.
Cuando volvió su esposo, estuvieron largo rato conversando sobre temas de su viaje, luego le preguntó por la planta que le había traído de Perú, cosa inusual en él, ya que nunca se preocupaba por el destino de las incontables plantas traídas.
-Está en el fondo, respondió Ana suavemente.
-¡Vamos a verla! Quiero saber si está creciendo, dijo riendo Gabriel. Ana quedó como petrificada, al comprobar que, no sólo no se había secado, sino que largas guías cubrían la pared.
-¡Es fabuloso como crece!. Acotó Gabriel y sin decir más, se alejaron hacia el interior de la casa.
Desde ese momento ella vivió pendiente de la enredadera, todos los días al mirarla la veía más tupida; avanzaba cubriendo la ventana de la pieza y dos paredes.
Ana pensó en cualquier cosa para hacerla desaparecer y esa misma tarde comenzó la tarea. Los mata-yuyos no le hacían mella, el agua hirviendo era absorbida por la tierra, pero la planta sin inmutarse seguía creciendo y creciendo.
Ana esperaba con ansias la llegada de Gabriel, decidió pedirle que cortara la planta, poniendo como pretexto que la pared estaba humedecida y se juntaban muchas arañas.
Cuando llegó su esposo, después de saludarlo efusivamente le hizo el pedido.
-No creo que sea para tanto, comentó éste, ésta es la primera planta que me gusta y vos querés cortarla ¿Qué problema te provoca tener una más?. Y eso de la humedad son sólo suposiciones tuyas, ya que al dejar mi equipaje miré la pieza y ésta parece más seca que nunca.
Ana, mordiendo su rabia y con más repugnancia todavía hacia ese vegetal odioso, se quedó en silencio.
Gabriel partió nuevamente y Ana decidió podar la enredadera, que ya cubría la pared del living y largas guías tocaban la puerta.
Se preparó una afilada tijera de podar y comenzó la tarea, pero todo intento fue vano; las poderosas guías se negaban a ser cortadas.
Buscó un serrucho y prosiguió con su faena, pero todo intento fue vano; las poderosas guías se negaban a ser cortadas.
Buscó un serrucho y prosiguió su faena, pero después de un largo rato, sudorosa y lloriqueando se sentó en el suelo; todo esfuerzo fue inútil.
Gabriel tardaba más que de costumbre en regresar.
Esa noche, Ana, sentada en el living, escuchó unos golpes en la puerta.
¿Quién será? Pensó, ninguno de nuestros amigos acostumbra a venir tan tarde, desde que vivimos en ésta casa tan alejada, las visitas se espaciaron mucho.
Culpó al viento como autor de los golpes y quedó adormecida. Nuevamente los suaves golpes la sobresaltaron y decidió abrir la puerta. Ni bien lo hizo una guía de la enredadera penetró en el lugar, intentó sacarla, pero ésta, como si cobrar vida, se enroscó en su cuello. Mil cosas pasaron por el cerebro de la joven, antes de caer sin sentido sobre la alfombra…
Cuando llegó Gabriel, quedó mudo de espanto. Ana tirada en el suelo. Los grandes ojos celestes abiertos, parecían implorar algo. La enredadera, a su lado, marchita. Gabriel salió al patio y comprobó que la planta estaba casi seca, posiblemente, tan muerta como su querida esposa.

Aldo Rosa


Nació en Bolívar. “Se nos presenta también original en el relato, ésta muestra tiene colorido, es nada más y nada menos que un cuadro surgido de su rica imaginación, una faceta de su talento y original manera de ver las cosas”, decía la escritora Carmen Vignone.


No quiero ser el poeta ignorado


He vivido en un bosque. Entré en él persiguiendo algo que no recuerdo, y en ese bosque, alguien me enseñó a leer y escribir, muriendo luego. Pero ya ni los animales quieren escucharme, por eso, voy a emprender un largo viaje.
Llevaré palmeras secas y mil poesías escritas con picos de pájaros vomitando sangre. Llevaré un millón de mariposas vivas, pegadas con resina de pino para hacer una carpa de circo, y también cien trompas de elefantes soldadas con la baba de un insecto raro. Llevaré la garganta del animal más grande llena de grillos desconocidos, y su música se escuchará a cualquier distancia. Llevaré un radar fabricado en un eclipse de luna, que captará la música del mundo, un jarabe de hierbas para la tristeza de los payasos y miles de pájaros encantados fuera de sus jaulas para la alegría de los niños. Llevaré un líquido de escamas de serpientes para fortalecerme y poder llegar a todos los pueblos del universo con mis poesías.

Arq. Jorge Hugo Figueroa.

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