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¿Qué hicimos con la democracia?


Escribe: Carlos Paladino

¿Estamos en democracia? Somos convocados para votar autoridades que han de regirse por los condicionantes de ese sistema. ¿Pero, vivimos bajo el imperio de un estado democrático y republicano? Los valores que ennoblecen la democracia y la república, son saltados igual se salta un charco. En realidad, en lo pertinente a la honestidad, responsabilidad, igualdad, tolerancia, fueron quitadas del medio desde el mismísimo 1983. El giro que dio esa democracia en ciernes, fue espantoso. El primer gobierno democrático fue inaugurado, tirando por la borda esas virtudes. La lucha de Raúl Alfonsín por instaurar el sistema democrático en Argentina, sirvió para que muchos de los marginados de la política tuviesen una nueva oportunidad de recuperar su dignidad y ponerlas al servicio del país. La democracia de Alfonsín fue el instrumento que permitió que se castigara a los culpables; se perdonaran los delitos de quienes no lo merecían; volvieran los exiliados de la dictadura militar; y que se abrieran los caminos legales para el renacer de una política responsable, altruista, tolerante, etc. Todo lo que fuera necesario para instaurar un régimen republicano fiel a sus principios. Él; disculpó y toleró hasta la manera antidemocrática y aberrante que usaron aquellos otros desagradecidos para echarlo. Debía ser arrancado del gobierno de un modo denigrante. La oposición quería que la sociedad argentina se arrepintiese de por vida el no haberlos elegido a ellos para conducir esa difícil y traumática transición que significaba pasar de un régimen militar a uno civil.. Por eso; nunca aportaron una pizca de responsabilidad, de acuerdos, de tolerancia. Recurrieron a los métodos que manejan a la perfección: alterar el orden público y la violencia. Una vileza en su máxima expresión. Alfonsín murió creyendo que con la democracia «se come, se educa y se cura». Coinciden sí, con Raúl Alfonsín en lo alusivo a que «la democracia se cura con más democracia»; por supuesto que; siempre y cuando sean ellos, y con su particular estilo. los encargados de guiar al gobierno. Lo que planteamos en esencia, es que no acusamos asombro alguno, por las conductas anti republicanas del actual gobierno.

Los imponderables son difíciles de precisar, aunque pueden estimarse. Los clásicos de la república alertaron acerca de los riesgos de una democracia viciosa; caer en la tiranía. Si la democracia republicana – consenso, generosidad, desinterés, patriotismo – no conserva íntegras las virtudes que el sistema requiere, al hombre no le alcanza con el poder temporal que le concede y tratará de conservarlo indefinidamente. Sometido al amparo de esa potestad, la corrupción y demás desvaríos políticos quedan sin censura.

La falta de respeto al presidente de la nación de parte de áreas importantes de su gobierno, es inquietante. El problema lo irradia su entorno. Es oprobioso el rol democrático que le asignan a la figura presidencial. Por qué lo acepta como si se tratara de una materia a rendir; es un tema sobre el que ya hemos emitido opinión. Es la máxima representación de una democracia y fue elegido para honrar esa imagen. El presidente ha subordinado su obligación, al proyecto de la señora Cristina de Kirchner y de su primogénito Máximo. No le aflojan las riendas ni siquiera, para nombrar y echar a funcionarios no aprobados por La Cámpora. Se ha quedado sin espacio de gobernabilidad. Tampoco; estas conductas en desmedro de la figura presidencial integran el catálogo de la buena democracia. Ahora, por ejemplo, viajó al exterior con el ministro Guzmán proyectando acuerdos económicos y financieros favorables al país, respecto de la deuda externa. Realiza el periplo negociador, sabiendo que, – y recogiendo el discurso kirchnerista – no hay ánimo para rebatir sobre el asunto. Ignoramos qué pasará si vuelve con soluciones factibles de ser cumplidas. ¿Serán tomadas en serio? O debemos entender que lo mandan a «quemarse» y acelerar su desprestigio. Esperamos, con ansias, que el viaje del señor Alberto Fernández sea fructífero para los argentinos. El éxito de sus gestiones, importan mucho al bienestar de la nación que administra.

La confianza depositada en los amigos del Presidente Fernández, aferrados a la postura original de ir desprendiéndose del núcleo duro del kirchnerismo y el camporismo, e ir aquilatando su autosuficiencia, no pierde totalmente la esperanza. Determinadas noticias hablan de que los más fieles, entre los que se cuentan algunos sindicalistas de peso, le demandan tomar las decisiones que caben exclusivamente a su responsabilidad. Que se haga valer, le dicen. Ocurre que, estos socios de Alberto, se resisten a perder la ley del embudo que ejercen hace décadas sobre sus afiliados y, en Cristina Fernández y en La Cámpora ven corporizado un adversario difícil de vencer en una pelea franca. La idea de reinsertar un gobierno con vocación autocrática, los subyuga y, para eso, se vienen preparando. Levantan las banderas de Rosas y de Perón, héroes recuperados por los historia revisionista y desprecian a Rivadavia, Sarmiento y la Generación del ’80 (con escasos fundamentos), por ser los vende patrias de la soberanía argentina. Tal vez, la concretización del plan elaborado, esté basado en el proyecto de dotar al presidente, de un absolutismo que, generalmente, termina asimilando las extralimitaciones del gobierno, a facultades naturales que privilegien y convengan al poder concentrado. Bajo ningún concepto, el poder político único, es una formulación aceptada por el sistema democrático-republicano. Que hicimos, entonces durante tanto tiempo con la democracia; en este punto nos hallamos hoy

¿Nos alcanzará el resto de vida que nos queda para pedir perdón a Raúl Alfonsín?

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