Opinión | El relato ausente


 

Opinión / Carlos Verucchi / En Línea Noticias ([email protected])

Resulta paradójico que el gobierno de Cambiemos haya caído en picada justamente por no haber podido sostener un relato: ese relato que sus apologistas tanto criticaban del gobierno anterior. La decisión, fríamente calculada y orquestada por el jefe de marketing del actual gobierno ―el intelectual postmodernista Durán Barba―, de esquivar cualquier definición ideológica o de esgrimir una mínima cuota de seriedad a la hora de hablar de “modelos de país” dio resultado hasta que la gente empezó a despertarse. Parece ser que el electorado no era “un conjunto de simios” como supusieron.

Parecería que a los argentinos ya no nos alcanza con eslóganes vacíos y con auspicios de una futura prosperidad, necesitamos imperiosamente de un relato, de una construcción mental construida colectivamente que nos oriente. De todas las verdades posibles, necesitamos una, sólo una, una que resulte al menos convincente. Pero ¿cómo construir una verdad convincente sin tomar partido por una ideología? ¿Cómo mantener la ilusión de estar resistiendo colectivamente contra un enemigo si ese enemigo es algo completamente abstracto y desconocido? ¿Cómo pedir paciencia sin explicar qué vendrá después de practicarla?

Tal vez el aporte del gobierno actual a la sociología moderna radique en haber demostrado que ese chamullo sobre el final de las ideologías era justamente eso: un divague de intelectuales de panza llena. Está a la vista, ningún gobierno, por más habilidad que tenga para la manipulación de la opinión pública, puede sostenerse por mucho tiempo sin elegir, de todas las posibles, una perspectiva histórica determinada, una postura frente a tal o cual figura del pasado, una definición sobre un posible modelo de país. Es que tarde o temprano no queda otra alternativa que definirse. ¿Sarmiento era un hijo de puta o un patriota? ¿Yrigoyen era un chorro o un estadista? Es necesaria una definición, porque en cuanto se definan cuestiones como esas comienza a construirse el relato, ese conjunto de definiciones, de simpatías y antipatías, de posturas, de riesgos que deben tomarse a la hora de pretender conducir al país a ese destino de prosperidad que supuestamente nos merecemos. Dicho de otro modo: lo que la gente empieza a exigir no es otra cosa que la base, la esencia y el espíritu de los sistemas democráticos.

La estrategia del gobierno actual (cada vez está más claro), consistió en ganar tiempo. Ganar tiempo hasta que la “gilada” se avivara. Patear la pelota hacia adelante hasta que alguien comenzara a preguntarse por qué razón lo otro era insostenible o hasta que la más básica de las matemáticas empezara a fallar a la hora de explicar la necesidad del cambio.

Como pidió un humorista argentino en un texto que se hizo “viral” la semana pasada en Internet: mencionen a un intelectual que respalde sus decisiones, sostengan sus prédicas con argumentos racionalmente justificados, utilicen un mínima cuota de rigurosidad a la hora de especificar metas o tomar decisiones, digan, al menos, en qué universidad aprendieron esto que están poniendo en práctica, respáldense en alguna estadística, expliciten la metodología que emplean, dígannos qué libros leen si es que alguna vez lo hacen. Algo, dígannos algo que nos impida llegar tan rápido a la conclusión de que son unos simples chapuceros, meros embaucadores, chambones de cuarta.

Porque si no pueden hacerlo, entonces sí, ya no quedarán dudas sobre ese rumor que viene creciendo a toda prisa: aquellos que vinieron a salvar a la nación y recuperar la senda de prosperidad, esos que se presentaron como el reservorio moral de la Argentina, los que asaltaron el poder en nombre del progresismo y el nunca más retroceder resultarían, en tal caso, vulgares oportunistas, líderes improvisados, mentirosos consecuentes, mitómanos del orden y el progreso que se construye en una planilla de Excel o en un estudio de televisión. Inescrupulosos que se valieron de periodistas y jueces, no menos inescrupulosos que ellos, para engañar a los votantes. Vendedores de espejitos de colores, aprendices de políticos. Chantas con apellidos destacados y cara de piedra. Simples y vulgares estafadores.

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