Monos Sabios

La columna delaltillo | El lector y los libros

El lector y los libros. Los libros y el lector. Aquí dos miradas cruzadas de lo que, quizás, cada uno espera del otro.


Aprología

Que muerdan. Que peguen. Que arañen. Que vomiten. Que piquen. Que ardan en las manos. Que no resistan el sol. Que hablen. Que vuelen, de noche. Y que contengan cosas efectivas, como un videoclip.

Que hagan ruido. Que pisen el pasto. Que tengan dibujos de letras. De bolsillo. De locura. De muerte. Todo en un pequeño espacio. O repartido en varios pequeños espacios.

Con prólogo. Sin título. Con alguna línea de sangre entre renglón y renglón. Húmedos. Fríos. Con facilidad para la caída.

Con muchos cross de izquierda. Sin guantes. Con alcohol o derivados. Sucios. Transpirados. En trozos.

Con letras como hormigas rabiosas. Con tapa dura. Con tapa blanda. Con trampas, limpias. De ladrones, honestos. De cemento. De subte. De campo.

En idioma universal. Con cosas que pasan. Siempre en desacuerdo. Que digan poco, que lo digan fuerte. O que digan mucho, de a gotas.

Que confundan, de a ratos. Que saquen chispas. Que canten. Que griten. Que provoquen, a intervalos.

Que tengan hambre. Que al mismo tiempo sean comida. Que chupen la sangre. Que saquen la lengua. Que contagien rabia.

(Guillermo Del Zotto, prólogo de “Apología de lo breve”)

El lector, el mejor personaje

Así como la familia universal de los escritores de talento trasciende las barreras nacionales, así también es el lector de talento una figura universal, no sometida a leyes espaciales ni temporales. Es él, el buen lector, el lector excelente, el que una y otra vez ha salvado al artista de su destrucción a manos de emperadores, dictadores, sacerdotes, puritanos, filisteos, moralistas políticos, policías, administradores de Correos y mojigatos. Permítaseme describir a ese lector admirable. No pertenece a una nación ni a una clase concretas. No hay director de conciencia ni club del libro que mande en su alma. Su actitud ante una obra narrativa no se rige por esas emociones juveniles que llevan al lector mediocre a identificarse con tal o cual personaje y «saltarse las descripciones». El buen lector, el lector admirable, no se identifica con el chico ni con la chica del libro, sino con la mente que ideó y compuso ese libro. El lector admirable no acude a una novela rusa en busca de información sobre Rusia, porque sabe que la Rusia de Tolstoi o de Chéjov no es la Rusia promediada de la historia, sino un mundo concreto, imaginado y creado por el genio personal. Al lector admirable no le preocupan las ideas generales: lo que le interesa es la visión particular. Le gusta la novela, pero no porque le ayude a vivir integrado en el grupo (por emplear un diabólico cliché de la escuela progresista); le gusta porque absorbe y entiende todos los detalles del texto, porque goza con lo que el autor deseó que fuese gozado, porque todo él se ilumina interiormente y vibra con las imaginerías mágicas del falsificador, el forjador de fantasías, el mago, el artista. A decir verdad, de todos los personajes que crea un gran artista, los mejores son sus lectores.

(Vladimir Nabokov)


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