La columna delaltillo | Elogio de la literatura fragmentada

Una mirada del escritor Guillermo Del Zotto que abarca, desde Pessoa a Italo Calvino, lo fragmentario como estilo.


“El libro del desasosiego” de Bernardo Soares (Fernando Pessoa) se convirtió en una obra épica. De una épica del pensamiento y también del estilo. Y allí está su estructura: a puro fragmento.

Se diría que, como todo clásico, tuvo que esperar que el tiempo se empareje con la obra. Y hoy, en la era del zapping y del “frankensteinismo”, esos fragmentos de Pessoa ya no necesiten una justificación crítica. Sobre todo porque son átomos que poéticamente indagan en los fondos de los pliegues más recónditos del alma. A la manera de Dostoievski, con la agilidad del día, con el apuro de tener que ir a la oficina, temprano, al otro día.

Para citar otros autores, diremos que quizás Henry Miller también sabía aquello de Chéjov: narrar como la vida misma. Y aquí es importante mencionar una observación del crìtico Joaquín Peón Iñiguez: “acabemos con un mito: la ambición del narrador fragmentario es la misma que la de sus compañeros de oficio: la representación de un todo”. Por eso los libros de Miller también esconden lo fragmentario en su devenir  narrativo, en su casi catarsis. Conmueve desde la pura razón.

Como el jazz, lo fragmentario debe ser ejecutado por entendidos. Pero más que un problema de emisión, se trata de una cuestión de recepción. No hay otra forma hoy de poder consumir algo que en algún momento nos conmueva que no sea por fragmentos. Por dosis. Entonces, la gota que horade debe llegar repleta de contenido en sí misma. Como un haiku, otro milenario avance comunicacional.

Lo fragmentario, como toda forma breve, lleva consigo el peligro de la evaporización (por liviandad) o de petrificación (por pretensión sentenciadora).  Quedarán entonces como huellas aquellos textos que le escapen al aforismo y también, en la otra punta, a los petardos léxicos.

De Borges a Porchia, hay mucha agua corriendo bajo el puente. En ese sentido, la década del ochenta (que merecería una nota aparte) dejó mucho para estudiar sobre como el contexto histórico articula un lenguaje haciéndolo sensible y efectivo al mismo tiempo si se ajusta a las necesidades comunicacionales.

Algunas sugerencias fragmentadas para el caso: “Diario de un mal año” de J.M. Coetzee,   “Los detectives salvajes” de Roberto Bolaño, “Trilogía sucia de La Habana” de Pedro Juan Gutiérrez,  “Los pro y los contra de hacer dedo” (Marc, la sucia rata) de José Sbarra, “Las ciudades invisibles” de Italo Calvino, “Elogio de la locura” de Erasmo de Rotterdam, “Rayuela” de Julio Cortázar, “99 ejercicios de estilo” de Raymond Queneau, Jorge Luis Borges (todo).


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