La columna delaltillo | Italo Calvino comido por el personaje

¿Dónde va a parar un libro cuando lo terminamos de leer? Su contenido intangible vuelve a despertar la conciencia de su autor? El escritor Guillermo Del Zotto propone una reseña con entrevista. Una mirada de la obra leída junto con la imaginaria presencia de quién la escribió o con alguno de sus personajes.


“Fue el 15 de junio de 1767 cuando Cósimo Piovasco de Rondó, mi hermano, se sentó por última vez entre nosotros”. Es el comienzo de “El barón rampante”, de Italo Calvino. Es también el comienzo de una trama y un tono que pocas veces se ven tan sostenidos en una historia. Y es además el nacimiento de uno de los personajes mejor logrado de la literatura.

-Más allá de la historia y de su casi perfecto desarrollo, ¿cómo nació Cósimo, el personaje?

-Cuando empecé a escribir relatos fantásticos, de lo único que estaba seguro era de que en el origen de todos mis cuentos había una imagen visual. Debo recordarle que el personaje al que usted apunta, si bien se ha despegado solo en una novela que me trasciende, forma parte de una trilogía junto con “El vizconde  demediado” y “El caballero inexistente”.

Volviendo a los orígenes de Cósimo y las imágenes: por ejemplo, una de esas imágenes fue la de un hombre cortado en dos mitades que siguen viviendo independientemente. Otra fue la de una armadura vacía que se mueve y habla como si dentro hubiera alguien. Y otra fue el muchacho (Cósimo) que trepa a un árbol y después pasa de un árbol a otro sin volver a bajar a tierra.

Las imágenes mismas luego desarrollan la historia que llevan dentro.

-“El barón rampante” se ha despegado ciertamente de esa trilogía. Usted que ha teorizado sobre los clásicos, ¿lo catalogaría como tal?

-No puedo decírselo. Los clásicos son libros que cuanto más cree uno conocerlos de oídas, tanto más nuevos, inesperados, inéditos resultan al leerlos de verdad. Naturalmente, esto ocurre cuando un clásico funciona como tal, esto es, cuando establece una relación personal con quien lo lee. Si no salta la chispa, no hay nada que hacer: no se leen los clásicos por deber o por respeto, sino sólo por amor. Salvo en la escuela: la escuela debe hacerte conocer bien o mal cierto número de clásicos entre los cuales (o con referencia a los cuales) podrás reconocer después «tus» clásicos. La escuela está obligada a darte instrumentos para efectuar una elección; pero las elecciones que cuentan son las que ocurren fuera o después de cualquier escuela. Sólo en las lecturas desinteresadas puede suceder que te tropieces con el libro que llegará a ser tu libro.


Hay personajes universales cuya presencia en el imaginario es más fuerte aún que la de sus autores o incluso de las tramas que le dieron vida. Dostoievski, mientras escribe “El idiota”, anota en su “Diario de un escritor”: “La idea fundamental es la representación de un hombre verdaderamente perfecto y bello. Y esto es más difícil que todo, especialmente hoy”. Dejando de lado a Cristo, una de las obsesiones de Dostoievski, lo que el autor admite luego es la búsqueda de perfección de la figura del Quijote: “Sólo quería decir que de cuantas figuras hay en la literatura, la de Don Quijote se me antoja la más perfecta. Pero Don Quijote sólo es bello por ser al mismo tiempo ridículo”. Con estas bases, comienza a delinear al príncipe Muichkine. El resultado, a pesar de que el autor lo toma como un “fiasco” en la primera edición, es una novela para amar toda la vida. Aunque obviamente el nombre del héroe se opaque si se lo compara con la popularidad del creado por Cervantes. Dostoievski no alcanzó a conocer al Barón rampante, este entrañable muchacho llamado Cósimo creado por Italo Calivno. Construido quizás sin tantos recaudos como los dos anteriores, pero si tan logrado que no sería disparatado apuntar que es el exacto promedio de ambos.


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