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Carlos Verucchi, este domingo, trae a nuestras memorias “Coronación” la primera novela de José Donoso, publicada en 1957.

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Evidentemente, “Coronación”, la primera novela de José Donoso, publicada en 1957, es una novela de iniciación. Típica novela de quien busca hacerse de un nombre y un reconocimiento que luego le permitan comenzar a escribir como realmente lo siente. El mismo autor confesó haberla escrito privilegiando cierto estilo literario que por aquel entonces seducía a la crítica, estilo que promovía la sencillez y la verosimilitud sin excluir la denuncia social y la referencia histórica.

De todos modos, el autor se permitió algunas licencias. Las cuales, más o menos enmascaradas, lograron pasar desapercibidas para los críticos de su país natal, Chile. Pero es cierto que las mentiras tienen patas cortas y, muy pronto, cuando la novela llegó a las manos de un editor norteamericano, la trampa quedó en evidencia y fue rechazada de plano para su publicación en inglés. La justificación no admitía apelaciones: “…no queda claro de qué lado está el autor…” ―fue la respuesta― “…a quién admira y a quién condena. Se podría decir lo mismo de Faulkner, pero Faulkner es grande a pesar de eso, no por eso”. Visto en perspectiva el juicio es lapidario (para quien lo manifiesta, por supuesto).

Unos años después, José Donoso encontró a otros escritores latinoamericanos que habían atravesado experiencias similares. En México había un tal Carlos Fuentes que ofrecía una novela casi imposible de leer, “La Muerte de Artemio Cruz”. Ni hablar del joven de 24 años que en Perú había escrito “La Ciudad y los Perros”, o del colombiano que recorría editoriales con un borrador casi tan voluminoso como su título insinuaba: “Cien años de Soledad”.

A pesar de haber sido escrita con cierto fastidio, “Coronación” es una obra maestra. Podría decirse que con igual eficacia inaugura una nueva etapa en la narrativa chilena y corona a la anterior. Difícilmente alguien pueda sentirse desencantado luego de leerla: la novela, con idéntica profundidad, recorre cada una de las aristas que pueden evidenciarse en este tipo de manifestación literaria.

La historia es sencilla. Andrés Ávalos ―el protagonista― es un aristócrata que se enamora de una de sus sirvientas, treinta años menor que él, que a su vez está enamorada del cadete del almacén que abastece a la mansión donde vive la señora Elisa, abuela de Andrés. El cadete se siente acosado por un hermano que frecuenta los ambientes marginales de Santiago y acepta usar a la muchacha como excusa para entrar a robar en la mansión. La señora Elisa, postrada en su cama desde hace años, alterna momentos de lucidez con raptos de demencia y adivina el peligro que se esconde detrás de la joven sirvienta. Sin embargo, todos ven en sus acusaciones infundadas una muestra más de sus desvaríos.

Una primera lectura de la novela podría sugerir una historia policial, y en cierto modo lo es. De la misma manera, podría considerarse Coronación como una excelente historia de amor (esa es, precisamente, la arista que con mayor acierto reproduce la versión cinematográfica dirigida por Silvio Caiozzi en el año 2000). Pero detrás de estas lecturas, y de muchas otras ramificaciones que tiene la historia, simples en apariencia, se pone en juego nada menos que la razón de ser de la existencia humana. Las discusiones entre Andrés y Carlos (su único amigo), dan cuenta de las contradicciones a las que se ven sujetos los hombres en la medida en que se acercan a la madurez. Carlos ha sido capaz de resignar, sin rencor, sin frustración y con cierto instinto de conservación, la falsa ilusión primaria de pretender un mundo perfecto. Aprende a ser feliz rodeado de absurdos, acepta el mundo tal como es, con sus contradicciones y su mediocridad, y, en lugar de sentirse abrumado por esos contrastes, asume deliberadamente la cuota de ignorancia que necesita para obviar ciertas injusticias y gozar de sus logros minúsculos (conquistas amorosas, una carrera prestigiosa en la medicina, una posición económica holgada). Andrés, por el contrario, se niega a adoptar la cuota de cinismo con la que cree que Carlos logra salvarse, aunque su postura lo acerque (y él lo sospecha) irremediablemente a la locura. Ejemplo perfecto de la más insoportable contradicción de la existencia, expresada con una prosa envidiable y en el contexto de un clima logrado con gran maestría.

El proceso que sigue Andrés en su irreversible camino hacia la locura es otra de las genialidades que presenta la novela. Como ocurre en general, resulta imposible determinar en qué momento Andrés pierde la razón, en qué punto se encuentra el límite que pone fin a la cordura. Temática (la de la locura) que retoma el autor obsesivamente a lo largo de toda su narrativa (en El Mocho, en El Obsceno Pájaro de la Noche, siempre hay personajes dementes).

También está, por supuesto, la denuncia social, el realismo. Neruda lo había anticipado: nadie como Donoso para hacerle sentir al lector el hambre del proletariado chileno. Y una vez más tuvo razón. Los ambientes que el autor construye dentro y fuera de la mansión parecen constituir recipientes estancos e independientes, entre los cuales la única comunicación posible se da a partir de las sirvientas y las “nanas”.

Las reflexiones que el autor deja entrever en Coronación, hacen que la novela tenga un alcance universal que trasciende connotaciones geográficas y épocas. De este modo, Coronación puede leerse hoy con el mismo interés que cuando fue publicada.

Al pequeño grupo de amigos con dificultades para publicar sus obras se le unieron Julio Cortázar y algunos más. Hicieron eclosión, se justificaron entre sí y se defendieron mutuamente. Al cabo del tiempo lograron recompensar con creces a editores renuentes y, lo que sí es importante, imponer un nuevo paradigma en la narrativa latinoamericana.

Luego de obtener el reconocimiento mundial, Donoso pudo por fin dedicarse a escribir sin la necesidad de buscarse un lugar entre los escritores consagrados y acomodarse a las preferencias de la crítica. Alentado por las novelas de sus amigos y atendiendo a sus convicciones literarias se volcó a lo alegórico, exploró nuevos universos narrativos, le quitó realismo a sus novelas.

Paradójicamente, en ninguna de todas estas novelas posteriores pudo alcanzar el matiz totalizador de Coronación, el alcance que promueven sus múltiples lecturas y que la hacen interesante para todo tipo de lector (tal vez el fin último de la literatura).

Durante las décadas del sesenta y setenta del siglo pasado, la literatura latinoamericana se hizo oír y acaparó la atención de los lectores de todo el mundo. Llegó a ese estado a partir de la mirada renovadora de escritores audaces que rompieron con concepciones agotadas. Indudablemente, José Donoso desempeñó un rol esencial en ese proceso de cambio.

En tiempos en los que todo el mundo tiene los ojos puestos en Chile, puede resultar de utilidad releer una novela en la que el conflicto social y la tensión entre las clases sociales están latentes. Una novela en la que, si miramos, con atención, podemos vislumbrar el origen del estallido actual.

La grieta no es sólo argentina.

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