Libros/ La biblioteca

Ordenar la biblioteca no deja de ser una forma de ejercer la crítica literaria.

 

Libros / Carlos Verucchi / En Línea Noticias ([email protected])

Ordenar la biblioteca no deja de ser una forma de ejercer la crítica literaria. El criterio con el que hacemos lugar en los estantes para darle entrada a los libros nuevos, relegando a la humedad de un baúl y al olvido (cuando no al oprobio de la donación), a aquellos libros que ya no volveremos a leer, marca inconscientemente el futuro de nuestras lecturas, el camino de nuestra evolución como lectores, la predilección por ciertos estilos.

Las bibliotecas privadas suelen ser mucho más que una colección de libros. Cada biblioteca esconde la historia de un lector, a veces la de una familia de lectores. Empezamos a envejecer cuando concebimos a la biblioteca como un legado a nuestros hijos más que como el lugar en el que nos dejamos tentar por el hedonismo.

¿De qué tratan todos esos libros?, preguntará indefectiblemente en algún momento una suegra desconfiada. Tratan simplemente sobre la vida del lector que los ha atesorado, pacientemente, a lo largo de los años. Y dicen mucho de él no sólo por los títulos o autores que la conforman sino por la huella que el lector ha dejado en ellos.

Cada anotación, cada subrayado, el cuidado que hayamos tenido por no mancharlos o arrugar sus hojas nos permite saber, ni más ni menos, quiénes somos.

Sé que mi padre, cuando por alguna razón debe cuidar mi casa, se toma un tiempo para recorrer, uno a uno, los libros de la biblioteca. Como en un juego de espejos yo sé que él lo hace y él sabe que yo sé que lo hace y yo… No busca libros para leer, tampoco le interesa saber qué leo. Busca en cada libro los subrayados. Sabe que ya no tiene otro lugar donde encontrarme, que no hallará manera más efectiva de conocerme, de saber quién es su hijo. Los subrayados le dicen cómo leo y en el cómo leemos está sencillamente escondido lo que somos y lo que pensamos. Muchas veces he vacilado antes de marcar una frase tratando de saber si ese mensaje cifrado a mi padre y tal vez, por qué no, a mis hijos, es suficientemente claro para reflejar la lectura personal de un texto.

Yo mismo practico ese ejercicio y cada tanto tomo un libro que he leído hace muchos años. Lo ojeo buscando esas páginas donde quedaron mis huellas, para saber qué me preocupaba en otro tiempo, qué me resultaba interesante o hacia dónde me llevaba la curiosidad. “Uno es los libros que ha leído” decía Sergio Pitol y yo agregaría que también uno es la manera en que ha leído cada uno de esos libros.

Alguna vez un lector anónimo declaró que desestimaba a los libros digitales porque no admiten la posibilidad de ser ojeados. Parece una pretensión pueril pero no lo es, un libro que no podrá ser ojeado dentro de veinte años no merece ser leído.

En cada anotación al margen, en cada frase resaltada está lo que somos, están nuestros miedos, nuestras obsesiones, están subrepticiamente expresados los argumentos que no somos capaces de reconocer ni siquiera ante nosotros mismos. Están los intentos por disimular nuestros errores y atenuar nuestras miserias, nuestras modestas enseñanzas, una vana obsesión por justificarnos como lectores.

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