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Libros | Los intrincados laberintos del amor


Libros / Carlos Verucchi / En Línea Noticias ([email protected])

“Abel y Lucrecia, Chacho y Clarisa, Beatriz y Esteban, Alicia y Cristian. Los Varela, los Correa, los Báez, los Dumont. Los amigos de mi padre venían todos de a dos”, así comienza el primer relato de “Con la espada de mi boca”, de Inés Garland, publicado recientemente por Alfaguara. A partir de este inicio a modo de presentación, la autora va retomando historias relacionadas con estos personajes, los amigos de sus padres, y de los hijos de cada uno de ellos.

Pero hay un tema que cruza a todos los relatos y le otorga identidad a su conjunto, un tema con el que la autora se obsesiona y que es llevado al límite de las posibilidades que ofrece la literatura como herramienta discursiva, es el tema del sexo en la adolescencia y de la iniciación sexual.

El debut de los noviecitos que por casualidad quedan solos en la casa de sus padres una noche cualquiera, la tentación que implica la masajista del padre, la prostitución, el encuentro casual con un desconocido, son algunos de los disparadores de los que se vale la autora (nacida en Buenos Aires en 1960), para incursionar en ese tema que tanto nos cuesta, el de la primera vez, el del inicio mágico o el desencanto, el de la liberación o el trauma.

Inicio que en esencia no ha cambiado a lo largo del tiempo, porque los miedos son los mismos y la tentación acecha del mismo modo, más allá de prejuicios religiosos o videos pornográficos de Internet que supongan un hipotético adelanto o una mejor preparación para algo para lo que nadie, nunca, estará en lo más mínimo preparado.

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Hay un cuento, justamente, que se repite dos veces en el libro, “Evitar la ocasión, 1978”, en la página 21 y “Evitar la ocasión, 2017” en la página 71. La misma adolescente que en el 78 no pudo evitar la ocasión, que no tuvo la fuerza necesaria para decir que no, después del arduo trabajo que su madre había desarrollado durante años, se convierte con el paso del tiempo en quien inculca, sin éxito, el desafío de evitar la ocasión en su hija. El cuento tiene, en su acto central, exactamente las mismas palabras, las oraciones se repiten, párrafos enteros son copiados en forma idéntica en una especie de autoplagio. Una manera efectiva, por parte de la autora, de mostrar que cuando el momento llega, poca o ninguna incidencia tiene el detalle de estar atravesando los años oscuros de la peor dictadura militar o los años en los que ya nada queda por ocultar. La fuerza de los preceptos religiosos o el peligro de un “accidente” se vuelven completamente débiles cuando esa pulsión que nos trajo hasta aquí como especie pone en marcha sus mecanismos. Qué clase de monstruo debería ser para parar justo aquí, se pregunta uno de los personajes cuando los botones de la blusa de su novia ya han cedido y el calor de su piel ejerce una atracción incontrolable. Atracción que se manifiesta no solo para hacer eso que está por hacer sino para, llegado el caso, dejarse morir ahí mismo. “Si le decían que si seguía se iba a morir, hubiera contestado que morirse se iba a morir si no seguía”.

Uno de los cuentos está construido en su totalidad por diálogos. Un diálogo entre dos amantes que intentan convertirse en una pareja convencional y se encuentran con cierta frecuencia en un motel. El diálogo se centra en los miedos y necesidades de cada uno, ¿cómo las convenciones, los datos empíricos que nos llegan, afectan lo puramente biológico? La chica quiere pero no puede dejar de ver a su amante como un hombre, y en función de eso no puede dejar de considerar lo que los hombres (así en general) son y lo que los hombres quieren. El chico está dispuesto a todo con tal de no forzar algo que ella no quiera pero empieza a enloquecer cuando comprende que no tiene forma de romper con esa barrera cultural que se impone entre ambos.

¿De qué manera influye que estos relatos hayan sido concebidos por una mujer? Si estos cuentos hubieran sido escritos por un hombre, ¿no serían sospechosos de machismo? ¿Puede un autor ser indulgente con un personaje que como padre hace debutar a su hijo con su propia amante? Tal vez el mérito de Garland sea arrojarnos a ese fangal de dudas y ponernos en el aprieto de salir de él, como podamos, pero seguramente algo mejores. Porque si hay algo de lo que la autora se cuida es de caer en la facilidad de convertir su texto en un manual de buenas costumbres sexuales en función de las convenciones que rigen actualmente. Como toda la buena literatura, los relatos de Garland no buscan verdades definitivas, no juzgan a los personajes, no se preocupan por asignarles roles de víctimas o victimarios, por el contrario, se esfuerzan por arrastrar al lector hacia esa ambigüedad que nos obliga a replantearnos verdades que antes parecían definitivas, nos obliga a encontrar nuevos argumentos para sostener aquello que repetíamos porque lo dicen todos o porque queda bien decir.

En definitiva, “Con la espada de mi boca” es un muy interesante texto que pone de relieve la dimensión de la nueva literatura argentina. Porque si bien los temas son los mismos de siempre, lo que cambia es la forma en la que se los presenta, se los aborda, lo que cambia es la estructura narrativa, la manera de usar la primera persona o de conjugar un verbo, lo que cambia es el manejo del tiempo. Todo eso, y no las historias, es lo que hace caminar a la literatura.

Y si la literatura camina significa que está viva.

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