Semblanza de San Cayetano

Escribe: Marcos Juan Picaroni, Párroco de la Parroquia San Cayetano de Olavarría


Conocemos a San Cayetano como el Padre de la Providencia. Nombrar la palabra Providencia es hacer memoria de San Cayetano, porque su vida fue una entrega abandonada en manos de Dios providente.

                Hablar de la Providencia es hablar de necesidad, de pobreza, de confianza, y no hay duda de que se necesita ser pobre para confiar en la Providencia. Sólo en los pobres se realiza el milagro de la Providencia. Solo aquellos que tienen las manos vacías pueden llenarse de Dios. Para ser discípulos del Evangelio es necesario ser pobres, sabemos que la Buena Noticia es un anuncio de salvación para los pobres.

                ¡Felices los pobres porque de ellos es el Reino de los Cielos!

                Esto lo entendió a la perfección San Cayetano, su pobreza fue una pobreza eclesial y él mismo se hizo pobre para buscar ante todo el Reino de Dios, seguro que todo lo que necesitaba le llegaría por añadidura.

Nuestro Santo vio la luz primera el año 1480, de padres ilustres no tanto por su linaje, de la mejor nobleza italiana, cuanto por sus egregias virtudes. Apenas nacido fue consagrado por su piadosa madre a la Santísima Virgen. Creció públicamente estimado y propuesto como modelo a los muchachos de su edad en todo el señorío de Venecia. Espejo de estudiantes fue más tarde, cursando la carrera de Derecho en Padua…

El desprecio de todos los atractivos del mundo, por parte de San Cayetano, y de sus propias riquezas, que distribuía largamente entre los necesitados, junto con su cada día más intensa piedad, despertaron muchas conciencias dormidas entre la buena sociedad veneciana, y diversas familias, antes entregadas al mundo y sus placeres, modificaron radicalmente sus costumbres.

Algún tiempo después emprende viaje a Roma, para entrar en contacto con la corte pontificia, San Cayetano, ya en Roma, ingresa en la Congregación del Amor Divino, radicada en la iglesia de San Silvestre, y se asocia a los humildes artesanos que se congregaban en la Compañía de San Jerónimo de la Caridad, edificando a todos con su encendido fervor y creciente celo.

Por especial concesión pontificia -deseoso el Papa de que Cayetano ejerciera pronto el ministerio sacerdotal-, recibe las sagradas órdenes. Alterna, luego, sus sagrados ministerios con la visita a los enfermos y apestados en los hospitales y el socorro a los pobres, siempre modelo de caridad extrema y ejemplar.

Muerto Julio II, que tanto le apreciaba y le retenía en Roma, nuestro Santo insiste en volver a su retiro y regresa a Vicenza. Extiende con su ejemplo entre la gente piadosa la costumbre de visitar a los enfermos y necesitados. Para mejor dedicarse a la caridad, se aloja en uno de sus hospitales, al cual dedicó tales atenciones y estima que pudo con razón considerársele su verdadero fundador, obrando, ardiente de caridad, muchas e importantes conversiones y prodigios.

La fama de las virtudes y el ejercicio, heroico a veces, de la caridad por parte del Santo, hizo aumentar pronto el número de vocaciones y aspirantes, hasta hacerse preciso buscar una casa más espaciosa, que fue en el monte Pincio; mas, asaltada tal mansión por las tropas del Condestable en el saqueo de Roma, fueron hechos prisioneros los religiosos y trasladados a la cárcel; de la que, sin embargo, fueron libertados por especial providencia. Se les obligó, no obstante, a partir para Venecia, donde hallaron alojamiento en San Nicolás de Tolentino, punto en que se había de marcar la ruta definitiva de la Orden.

Encargado nuestro Santo del supremo mandato de la orden, coincidiendo esta etapa de su cargo con la peste que sufrió Venecia; y fue entonces su conducta tan ejemplar, heroica y abnegada, que ella sola tranquilizó a la población, atenuando el dolor de los atacados. Y poco después reformó las costumbres, restableciendo la paz en la clerecía veneciana y devolviendo a todos el sosiego espiritual. Trasladóse luego a Nápoles para fundar una nueva Casa del Instituto.

Sus energías y celo apostólico los vivificaba en sus contactos perennes con la Sagrada Eucaristía: el Divino Amor y su constante y creciente devoción a la Santísima Virgen fueron el secreto de sus heroísmos. Dios se los premió con grandes consuelos, entre ellos el siguiente: estando en oración la vigilia de Navidad en Santa María la Mayor, tuvo la dicha inefable de estrechar entre sus brazos al mismo Niño Jesús, que la propia Madre de Dios bajara a entregarle..

Cuando el Virrey Pedro de Toledo gobernaba Nápoles, en nombre del emperador Carlos V. Quiere traer a la inquisición española y, por supuesto los Napolitanos se opondrán tenazmente. Empezó, así un período de luchas entre los Españoles del Virrey y los Napolitanos, con numerosas muertes. San Cayetano, se reunió con el Virrey y pidió para que cesaran las luchas, pero Pedro de Toledo le informó que la decisión estaba tomada y que su postura no variaría.

San Cayetano, a partir de entonces, se dedicó de lleno a orar, sus únicas actividades eran la Iglesia y la oración. Su corazón de debilitó y cae enfermo en el verano de 1547. Los médicos le aconsejan poner un colchón sobre su cama de tablas, el respondió: “Mi salvador murió en la cruz; dejadme pues, morir también sobre un madero”.

 Una alta fiebre y un gran decaimiento se apoderaron de él. Lúcidamente pidió los sacramentos y se fue con Dios en la tarde del 7 de agosto de 1547. Ese mismo día, el emperador Carlos V informaba que no habría inquisición en Nápoles, a cambio de que aquellos respetaran la autoridad del Virrey.

Escribe: Marcos Juan Picaroni, Párroco de la Parroquia San Cayetano de Olavarría

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