Sobre el COVID-19 y otras pestes

Escribe Carlos Verucchi.


PH: Luis Molina / Opinión / Carlos Verucchi / En Línea Noticias ([email protected])

Ahora los pájaros cantan más fuerte a la mañana. Se multiplican y se animan a avanzar a fondo sobre una ciudad callada. Eso que llaman normalidad, es decir el modo en que nos comportábamos antes de marzo ―y que no es otra cosa que una muestra del cinismo con el que atendemos el padecimiento de los otros―, ha quedado restringido a unas pocas horas que van desde media mañana hasta lo que conocemos como la tardecita. Después es todo silencio, un silencio que aturde y que ofrece el contraste necesario para que las sirenas suenen más estridentes, para que nos resulte imposible confundirlas inconscientemente con otros sonidos. Y para que de ese modo no podamos hacer oídos sordos a los presagios de desgracias que vociferan ambulancias, autobombas, el frenético patrullero que raspa con el caucho de sus cubiertas el asfalto.

“Los chicos están aprendiendo poco”, le digo a mi esposa. “Están aprendiendo mucho…” me contradice, “…están aprendiendo a convivir, a ser hermanos, a ser hijos, están aprendiendo cómo es la vida”. Me quedo pensando, ¿cómo será la vida? Con más de cincuenta años yo no lo sé. “A la vida no la enseña nadie”, le hace decir García Márquez a un personaje en una de sus novelas. De todas maneras mi esposa en algo tiene razón (uso esposa por ser menos machista que “mi mujer” y menos aristocrático que “mi señora”, más cálido que “cónyuge” y más formal que “mi compañera”, al menos hasta que la lengua española encuentre una definición más atinada para designar el vínculo matrimonial). Tiene razón en que estamos transitando una convivencia forzada que tendrá consecuencias. Nunca tuve, por ejemplo, la oportunidad de compartir con mi viejo tantas horas seguidas, durante un tiempo tan prolongado, como estoy compartiendo ahora con mi hijo. Las horas conjuntas se van acumulando, horas de escuchar música ―la que le gusta a él y también la que me gusta a mí―, de leer a dos voces a Salgari, a Verne, de construir el sistema solar cuyas piezas llegan cada quince días al quiosco, de jugar ese picadito, todas las tardes, uno contra uno al básquet en el patio de casa. Una enumeración similar podría ensayar respecto a la relación con mi hija. Y con mi esposa, claro, aunque en este caso la rutina incluya otro tipo e actividades. Más allá de lo que cada uno esté imaginando respecto a esta rutina última, lo cierto es que la cuarentena constituye un estímulo que nos marcará a todos para siempre y sin importar qué tan prolongado sea ese “siempre” para cada uno.

El lector imaginará que estoy tratando de ser optimista y de poner algo de humor al drama que nos ha tocado en suerte. Drama anacrónico si se quiere. Cuando era más probable imaginar una invasión extraterrestre, la sublevación de todos los robot del mundo al grito de “robots del mundo, uníos”, o un descongelamiento repentino de los casquetes polares, nos afecta una desgracia que, como mucho, podríamos tildar de decimonónica, por no decir medieval. Una enfermedad emparentada con la peste bubónica o a la malaria. Peste que, como adelantara Camus, nos ofrece la posibilidad de diferenciar con extremada facilidad al íntegro del falluto, al solidario del mezquino, al oportunista del abnegado que pone en riesgo su vida todos los días.

“Hoy todos somos impares”, me decía el almacenero de la esquina cuando me veía dudar, antes de entrar a su comercio, respecto a los números de documentos autorizados a circular por la ciudad ese día. Con idéntica desaprensión, mañana seríamos todos pares. ¿Qué costaba respetar una disposición que no tenía otra finalidad que reducir la probabilidad de enfermarnos? El uso del barbijo sigue el mismo camino. Hay quienes ahora lo llevan de manera simbólica, sólo para fingir cierto respeto a las normas, igual que esos motociclistas que se ponen el casco apoyado sobre la cabeza pero sin calzarlo del modo que corresponde, artilugio que permite evitar una multa pero muy poco probablemente un traumatismo de cráneo si por desgracia sufrieran una caída.

También están los que hacen del barbijo una herramienta para manifestar fanatismo hacia un equipo de fútbol o para hacer alarde de la identificación con cierta movida cultural, para dar a conocer sus posturas políticas, para hacer humor, incluso están los que eligen sus barbijos con el fin de no afectar la elegancia que creen ostentar al vestirse.

El invierno empieza a irse de a poco y casi nadie se ha resfriado, en casa no hemos comprado pañuelos descartables este año. Las precauciones para evitar un virus conlleva a que, por añadidura, nos mantengamos a resguardo de otros virus, incluso de los que resultan menos peligrosos. Esto, de alguna manera, es la demostración más rutilante de la eficacia que han tenido las medidas de aislamiento. Y si comparamos los resfríos de este año con los de inviernos pasados, podemos deducir lo catastrófico que habría sido mantener sin tapujos la tan aclamada libertad de circulación que reclaman por igual libertarios nostálgicos y caceroleros compulsivos, ideólogos del “no sé de qué se trata pero me opongo” y hasta simples y vulgares fachos de variada calaña.

Aunque no todos obviamente gozan del privilegio de poder atender con responsabilidad las cláusulas que impone el aislamiento. Hay gente que si no sale a laburar no come, me dijo el peluquero. Tiene razón. Los que viven de la caridad, de la “changa”, los que golpean puertas solicitando clemencia, las que se ven obligadas a la sumisión sexual a cambio de unos mangos, los proclives a transacciones oscuras que el capitalismo, por sus condiciones de parias, no les reconoce como legítimas. Sin embargo son los que menos se quejan, desgraciadamente están curtidos en el arte de la mishiadura, saben acomodarse mejor que nadie a la marginalidad, perseveran en el ejercicio de la resignación que enseña el catecismo.

Como siempre, son los que más chances tienen de contagiarse. Los que saben que para su peste no hay vacuna que valga.

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