El funeral del mito que rompió mitos

Por: Pablo Palazzolo
La muerte del Indio Solari reabrió las reflexiones sobre qué es un fenómeno popular. Y lo que sobresale en esas reflexiones es el carácter mítico (y místico) del carisma de un ídolo, tanto como la falta de palabras para poder definirlo desde la racionalidad pura.
Existe en literatura una distinción entre mito y leyenda. Mientras que el mito involucra sólo a seres sobrenaturales y ocurre en tiempos remotos, la leyenda -aunque también fantástica- transcurre en tiempos y lugares más concretos e involucra a seres humanos.
Si siguiéramos esa distinción, el Indio es mezcla de ambos. Es leyenda, en tanto refiere a un lugar concreto del ser: la argentinidad de las últimas cinco décadas del país. Pero también es mito porque la mayoría de la sociedad le ha dado un lugar preponderante en el Olimpo de semidioses populares, lugar que comparte con el Diego, el General, Eva, Néstor y Francisco. Como todos ellos, fue un semidios lleno de defectos humanos. Pero comparte con el resto una característica sobrenatural, la de poder unir los corazones de quienes somos -y queremos ser- argentinos.
La muerte del mito-leyenda Indio Solari tuvo la virtud de romper otros mitos. El primero de ellos es el que dibuja a las masas que siguen a un ídolo popular como salvajes irreflexivos que, en una mezcla de ignorancia y confusión etílica, se juntan en aquelarres frenéticos a romper todo lo que se cruce en su paso. Lamentablemente para quienes esperaban con ansiedad eso, el millón de personas que asistió al funeral del Indio demostró ser exactamente lo contrario. No hubo vidas ni propiedades privadas violentadas. En cambio, sí hubo muestras de alegría y dolor, hubo personas que lanzaron sobre los micrófonos infinitas reflexiones pensadas, hubo pueblo y comunidad, perfectos en todas sus humanas imperfecciones.
El multitudinario adiós ricotero volteó también otro mito muy difundido entre las elites del norte de la ciudad de Buenos Aires: aquel que pinta al Conurbano Bonaerense como una pestilente zona de guerra en la que el delito se cocina lentamente en el fuego de la pobreza. La Avellaneda que se vio como escenario del funeral no tuvo nada de eso. Mostró calles iluminadas y limpias, mostró argentinas y argentinos comunes celebrando la comunidad de los peregrinos a su paso, mostró vendedores ambulantes que rápidamente se organizaron para atender las necesidades de la multitud. Obvio que no mostró una sociedad perfecta. Eso sólo existe en las creaciones que la inteligencia artificial construye para que consuman en Olivos. Pero sí una sociedad normal, que habita en un lugar normal, donde ocurre todo lo que puede ocurrir en la zona más densamente habitada del país.
Otro mito que se desmoronó fue aquel que establecía que en toda manifestación multitudinaria del pueblo deben primar la espontaneidad y la improvisación. El Indio pudo tener unos de los mejores funerales populares porque el evento contó con una organización impecable. El gobernador Axel Kicillof, el intendente Jorge Ferraresi, el diputado Máximo Kirchner y la ex presidenta Cristina Fernández fueron los responsables de acordar con la familia y gestionar en tiempo récord lo necesario para que todo saliera bien. A diferencia del gobierno nacional, que osciló entre el desprecio, el rechazo y la inoperancia, el peronismo demostró cuál es su potencial cuando deja de lado las internas y los problemas de cartel.
No sé si puedo escribir mucho más del fenómeno del Indio porque ha sido el pueblo, que ha hablado con la sabiduría del amor, quien lo ha definido desde el sentimiento. Eso, ya lo dije, es inabarcable en su totalidad para la mente. Pero hay que estar atentos porque mientras el mito-leyenda se hace estatua en cada esquina de cada barrio del país, y el Indio se va a cumplir su condena al Paraíso, quién sabe qué otros mitos estará pariendo en secreto la querida Argentina.
