Pavón como origen del problema estructural argentino

 

Opinión / Carlos Verucchi / En Línea Noticias

Hay circunstancias de la historia que, sin hacer demasiado ruido en el presente, siguen operando como una especie de clave de lectura del largo plazo. La batalla de Pavón es una de ellas. No tanto por lo que ocurrió en el campo de batalla, sino por lo que se decidió —o se dejó de decidir— a partir de ahí.

Porque Pavón no fue una victoria militar contundente. Fue, más bien, una retirada. La decisión de Justo José de Urquiza de no avanzar, de no disputar hasta el final el control político del país, dejó el camino abierto para que Bartolomé Mitre y, con él, Buenos Aires, organizaran la Argentina a su medida.

Lo que se define entonces no es solo quién gobierna, sino desde dónde se gobierna.

Y ese punto es central.

A partir de Pavón, el país se unifica formalmente bajo una estructura federal, pero se organiza en la práctica desde un núcleo muy preciso: Buenos Aires. Desde allí se concentran los recursos, se define el modelo económico, se construye la institucionalidad y, quizás más importante todavía, se elabora el relato de lo que el país es y debería ser.

La paradoja aparece rápido: una nación que se declara federal pero funciona con una lógica profundamente centralista.

Esa tensión no es un desvío posterior. Está en el origen.

El control del puerto, la articulación con el mercado internacional, la concentración de ingresos fiscales, todo eso configura un esquema en el que el interior queda subordinado. No necesariamente excluido, pero sí condicionado. Dependiente de decisiones que se toman en otro lado.

Más de un siglo después, esa estructura sigue siendo reconocible.

Las grandes decisiones políticas siguen orbitando en el área metropolitana. Los recursos se distribuyen con desigualdades persistentes. Las provincias negocian, resisten, se adaptan, pero lo hacen siempre en relación con un centro que mantiene una posición dominante.

Incluso en el plano cultural, la centralidad se reproduce. La agenda, los debates, la producción simbólica, todo parece tener un punto de gravedad claro.

No se trata de afirmar que nada cambió. El país se transformó, se complejizó, atravesó crisis, reformas, reconfiguraciones. Pero hay una pregunta que permanece, casi intacta: ¿desde dónde se organiza la Argentina?

Y esa pregunta remite, inevitablemente, a Pavón.

Porque lo que allí se resolvió —sin resolverse del todo— fue la relación entre el centro y las periferias, entre la unidad formal y la distribución real del poder. No como un conflicto cerrado, sino como una tensión estructural que se reactualiza en distintos momentos históricos.

Tal vez por eso, cada vez que se habla de federalismo, de desigualdad territorial o de concentración de poder, aparece una sensación de déjà vu. Como si el problema no fuera nuevo, sino una versión actualizada de una configuración mucho más antigua.

Pavón, en ese sentido, no es solo un episodio del pasado. Es un punto de partida.

No tanto de lo que somos, sino de cómo se organizó lo que somos.

Y mientras esa forma de organización no sea revisada en profundidad, el problema seguirá apareciendo con distintos nombres, en distintos contextos, pero con una estructura sorprendentemente familiar.

La ilustración que acompaña este artículo pertenece a:

Ignacio Manzoni: Batalla de Pavón (1861)

(Óleo sobre tela, 32 x 51 cm)

Fuente: Las armas de la pintura. La Nación en construcción (1852-1870), Buenos Aires, MNBA (Museo Nacional de Bellas Artes), 2008.

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