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Una novela imprescindible

Escribe: Carlos Verucchi


Libros / Carlos Verucchi / En Línea Noticias (Twitter: @carlos_verucchi)

Hay cosas de las que los olavarrienses no hablamos. Cosas que ocurrieron no hace tanto tiempo. Hechos que, para quienes tenemos hoy algo más de cincuenta años, ocurrieron durante nuestra niñez, y por eso quedaron aferrados a la memoria para siempre. Tal vez no hablemos de esas cosas porque nos de vergüenza, todos tenemos cola de paja, todos fuimos en mayor o menor medida cómplices cuando no protagonistas decisivos. Cosas incómodas que nadie quiere recuperar o en las que nadie quiere revolver, ¿para qué revolver en la mugre?

Orfel Fariña, en la novela recientemente publicada, “La escalera inconclusa”, asume el desafío de escarbar en esas miserias que todos pretendíamos olvidadas, tiene la valentía de escribir el libro que los olavarrienses necesitábamos, se atreve a sacudirnos y obligarnos a dar vuelta la vista, a volver sobre nuestros pasos, nos fuerza a reconocer, nos guste o no, aquello que pasó. Por eso su texto resuena y resonará por mucho tiempo en los oídos de quienes tengan el coraje de recorrerlo, de asumirlo casi como propio, de tomarlo como lo que realmente es: ese pedazo de memoria que nos faltaba.

Dos historias en apariencia desconectadas que en un punto se tocan. La inmigración como abuela de todos nosotros, el crecimiento de un pequeño pueblo en medio del desierto, la ciudad del trabajo, la tensión, la grieta de la que nadie escapa. Los nombres de los personajes son ficticios, las circunstancias son veraces a medias. El ambiente, la interpretación del entramado socio político de la segunda mitad del siglo pasado, la motivación de cada personaje son perfectos, luminosos, tan valientes y luminosos que encandilan.

Si bien la trama empieza muy lejos en el tiempo y en el espacio, las historias confluyen en los agitados años setenta. Nunca se menciona a Olavarría ni se hace alusión a personajes o lugares que permitan identificar el lugar. De todos modos, tan honesto y brutal es el relato que a cualquier lector olavarriense no le quedará ninguna duda de que todo eso que pasa, pasa acá.

De manera similar a lo que se observa en la novela “No habrá más penas ni olvido”, de Osvaldo Soriano, las diferencias ideológicas en puja por aquellos años se manifiestan más descarnadamente en pueblos chicos como Colonia Vela, en el caso de Soriano, o como Olavarría, en el caso de Orfel Fariña. El vecino de enfrente de casa se convierte en el verdugo del vecino de la otra cuadra, el papá del compañerito de colegio de nuestro hijo termina siendo secuestrado por otro papi, el cura que nos confiesa también nos acusa y delata, el policía que nos multa por pasar en rojo, a la noche nos secuestra. El manejo que el autor hace de esa particularidad es uno de los méritos más grandes de la novela. Hemos visto mil películas sobre la dictadura, la mayoría de ellas transcurre en grandes ciudades, nos estaba faltando una explicación de cómo se dieron esos años de plomo en ciudades como la nuestra. Sobre todo en Olavarría, ciudad que, como hemos dicho más de una vez en esta columna, presenta la particularidad de que el estanciero y el obrero asalariado caminan las mismas calles, se cruzan en el mismo bar, sus hijos van juntos al colegio.

Pero como si todo esto no alcanzara para convertir “La escalera inconclusa” en un libro imprescindible, podemos agregar que el texto de Fariña es de una calidad literaria sorprendente. Cualquiera que haya intentado escribir un texto largo sabe lo extremadamente difícil que resulta mantener una misma voz a lo largo de (en este caso) más de doscientas cincuenta páginas. Fariña supera con creces ese desafío. Las dos historias que se van intercalando, una narrada en primera persona y la otra en tercera, funcionan como un mecanismo perfectamente aceitado, resultan dos piezas que encastran con exactitud milimétrica y le confieren al texto un magnetismo que impide al lector desprenderse del libro hasta llegar a la última página.

Otro acierto destacado es el manejo del tiempo. ¿Por qué ajustarse a un relato cronológico? En “La escalera inconclusa” el tiempo no fluye en sintonía con las vueltas de la tierra alrededor del sol sino que sigue una cadencia literaria que se ajusta al relato con una eficacia notable, que nos permite, como lectores, enterarnos de las circunstancias de la trama no en función de una cronología formal sino más bien de acuerdo con una impronta que busca estimular nuestra capacidad de asombro, que pretende golpear en el momento justo, que intenta (con éxito) que la historia nos resulte más reveladora e impactante.

Algún día debería imponerse como obligatoria, en los colegios de la ciudad, la lectura de “La escalera inconclusa”. Una lectura que nos permitiría entender mejor el presente, que nos haría mejores, que nos ayudaría a no repetir errores. Muchas veces se dijo que los buenos libros nos cambian la vida, este es el caso de un libro que cambia a la ciudad, la completa, la transforma, le reescribe su historia. Y la hace más entrañable.

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