Alberto Vicente Puglisi: con 101 años volvió a su Escuela 4

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Imagenes Mauricio Latorre

Con la lucidez de quien atesora cada vivencia como un capital invaluable, Alberto Vicente Puglisi regresó a las aulas de la Escuela N° 4 para reconstruir, a través de su relato, su historia en Olavarría que ya tiene mas de un siglo. A sus 101 años, el ex alumno de la promoción de la década del 30 recordó con precisión nombres, apellidos y oficios de quienes forjaron su infancia en el barrio de Pueblo Nuevo.

Alberto inició su camino escolar en 1934. En aquel entonces, el edificio era una estructura nueva que se destacaba en la ciudad por su construcción y prestigio. «Me acuerdo tranquilamente de algunas maestras, de haber vivido con ellas todos los días», rememoró Puglisi, destacando especialmente a la señora Dari, su docente preferida de sexto grado, y a la señora Barbato, de tercer grado, a quien describió como «una maestra espléndida que enseñaba de lo mejor».

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El relato también rescató figuras del personal no docente que marcaron su cotidianidad, como Nasello, el encargado de recibir a los alumnos por la mañana y mantener el orden en el establecimiento, o el señor Grimaldi, un maestro varón que integraba el cuerpo docente de los grados superiores.

La infancia de Puglisi no se limitaba al aula; se extendía por las calles de un barrio donde todos se conocían. Entre sus compañeros de clase figuraban nombres que luego serían parte de la vida social y comercial de la ciudad, como Eduardo Messineo, Spinella – hijo del almacenero de la zona – , los Barresi —reconocidos por su zapatería sobre la calle Colón—, Ricardo Ríos, Alfieri y Musotto.

Hijo de un inmigrante siciliano que llegó a Argentina para trabajar como albañil, Alberto mamó desde temprano la cultura del esfuerzo. «Mi padre trabajó con Gaviati Améndola de obrero y después se largó solo», relató sobre su progenitor. Ese mismo mandato familiar marcó el fin de su etapa escolar en 1938, tras completar el sexto grado: «Ya después no vine más y fui a trabajar. Mi padre me dijo: ‘ahora tenés que trabajar'».

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Fuera del horario escolar, la diversión se encontraba en la calle o en las inmediaciones de una famosa quinta de quien fuera un intendente de Olavarría. «Eran ocho manzanas en la quinta, todos cercos. Tenía frutales y algunos chicos atrevidos hacían un agujero en la pared para entrar a robar guindas y cerezas», recordó entre risas, aclarando que él no participaba por temor a la disciplina de su padre.

A pesar de que el trabajo lo alejó físicamente de la escuela durante décadas, el vínculo nunca se rompió del todo. Hoy, Alberto ve con orgullo cómo la historia se repite y su propia descendencia asiste a la misma institución donde él, hace casi un siglo, aprendió sus primeras letras. (En Línea Noticias)

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