El primer día


Por Lic. Marcela Blaufuks


Pocos eventos recuerdo que generen enorme expectativa en tanta gente a la vez como “el primer día de clases”. Y me permito resaltarlo porque entrar en la escuela es un evento vivido por casi todos. No pertenece solo a algunos. Como niños y niñas, como padres, abuelos, hermanos experimentamos el entrar a la escuela. Y ese primer día no es cualquiera en el calendario. Nos invita a prepararnos abriendo a las rutinas, ordenando de a poco lo cotidiano. Nos propone armar nuestra mochila con aquello necesario para afrontar la tarea escolar, nos hace ilusionarnos con el olor a nuevo de los cuadernos y el color brillante de los lápices que lucen expectantes en nuestras cartucheras. Y las sensaciones cobran forma
cuando se acerca la fecha porque nos abre a un nuevo ciclo. Recuerdo mi sensación de temor diluyéndose ante el encuentro con mis amigos en el patio que veía gigante, mi maestra nueva y mi dolor al soltar la que me abrazó el año anterior. Mi madre allí presente, mucha gente reencontrándose. El tiempo pasa y el presente nos propone otro paisaje a la vez que se conjuga con las huellas de lo vivido.

Ese primer día toma nuevas formas. UPD para los futuros egresados que piensan cómo llegar, que ropa lucir, qué aparición fantástica realizarán tras una larga noche de desvelo colectivo para así, retenerlo un poco más. Es, además la ventana que abre el conflicto, terreno de luchas donde se expresan los reclamos históricos y que buscan visibilizarse con un golpe de efecto… haciendo dudar de su concreción tras horas de intenso trabajo de las familias y de los docentes pensando la propuesta, acondicionando las aulas y la propia escuela. Fui testigo y protagonista por años del esfuerzo de las comunidades para sostener
los edificios, la generación de recursos, la cooperación, la comunión para hacer posible el espacio de la Escuela. Y cuando hablo de espacio me refiero a una institución histórica, cultural, política, y pedagógica, creada por sujetos sociales, que se reconstruye y transforma con el movimiento que la sociedad le impone. Y hablo de lo público, de una institución dinámica atravesada por cambios, habitada por sujetos comprometidos y responsables de la transmisión cultural, de la distribución de saberes socialmente validados, en donde se espera que ese patrimonio sea adquirido por todos los niños y niñas constituyéndose esto, en derecho y no en una proclama.

A vez la escuela hoy es un espacio complejo imposible de reducir. Su núcleo fundante es la enseñanza, cuyo anclaje está en la dimensión histórica y sociocultural. Se trata de incorporar como horizonte formativo las nuevas, otras, formas de experiencia y los nuevos, otros, lenguajes, no siempre estrictamente “pedagógicos”, incluyendo como horizontes formativos la educación digital y a la vez la sensibilidad, la creatividad reconociendo en cada alumno y alumna su singularidad. Y así avanzo… enseñanza, aprendizaje, inclusión, diversidad, palabras que cobran sentido si la Escuela está abierta, porque allí sucede, bajo condiciones pensadas en un proyecto educativo, la proyección de una sociedad más justa, la formación de un ciudadano capaz de afrontar sus obligaciones y defender sus derechos,
un sentir colectivo que no ahoga lo singular, un espacio para crecer y transformar a la vez que se convive, se sufre y disfruta, se crece, se aprende. Y en este entrame de situaciones prefiero pensar ese primer día como posibilidad.

Y la posibilidad habilita el diálogo, la reflexión, la lucha, el respeto; alejando por un día el enojo, la confrontación permanente y la frustración. Pensarlo es un paso en la búsqueda de cohesión donde el sentido de nuestras acciones evidencien madurez y permitiéndonos apreciar que puedan convivir los aciertos con las innovaciones, las diferencias y puntos de vista, las tensiones y acuerdos entendiendo que la crisis es una condición del presente, condición desafiante pero no paralizante.

Y llega ese primer día, lo pienso y construyo como un nuevo comienzo sin reducirlo ni simplificarlo, prefiero tomar dimensión de su importancia, de abrazarlo fuertemente como una puerta de superación. Y siento el reencuentro, la alegría de los estudiantes que se acercan dejando el desparpajo que les permite su juventud y, los nuevos desafíos de enseñar y aprender a la vez que intento creer en lo que somos y en lo que nos convertiremos.

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