Ese abrazo

Una nota de El Escribidor, sobre el caso Rosso.


El Escribidor

Y entonces, tres años después, el abrazo. Tal vez el abrazo que más se deseó pero también el que no habían podido siquiera imaginar un solo instante de sus vidas hasta hace tres años. Porque hay muchas formas y acontecimientos por los cuales un hijo se abraza con su padre y un padre se abraza con su hijo.

Hay abrazos y abrazos, aunque también la cuestión generacional tal vez haga lo suyo. No ahora. Hablo de antes, de esos padres y esos hijos de hace cincuenta años. Con algo así como treinta años de diferencia. Padres más viejos con hijos jóvenes. Padres duros, curtidos en destierros, en oficios cruentos, en lazos más distantes. No por falta de amor; tal vez por un pudor ancestral, arcaico, propio de varones, que venía seguramente del abuelo, o del bisabuelo, y entonces era más difícil, allá lejos y hace tiempo, la entrega del abrazo filial. Parece absurdo pero la cosa solía ser bastante así. Eran padres de otro siglo, de otra época, con hijos que también vivían su propio tiempo.

Entonces si había abrazos, cortos, fraternales pero breves, eran por otras cuestiones. O porque el hijo se iba a estudiar, o a la colimba, o, en términos más sentimentales y tal vez pedestres, porque así lo imponía el abrazo de gol del equipo que el padre y el hijo seguían como una continuidad genética pero también pasional, habida cuenta de que antes de ser un negocio el fútbol fue una pasión.

Esos, entonces, eran los momentos del abrazo. No es, reitero, que los padres viejos no se quisieran o se quisieran poco, con los hijos jóvenes. No. Era otra cosa, como una distancia que imponía, además, un axioma de la época: los padres no eran amigos de sus hijos. Eran padres nomás. Los amigos eran otra cosa.

Así que no era muy común el abrazo. A lo mejor en otras familias sí, puesto que ya sabe que en los vínculos filiales no hay reglas escritas y cada uno hace lo que puede. Dicho esto, no viene mal citar una vez más el proverbio del amigo Jean Paul Sartre: “Somos lo que hacemos con lo que hicieron de nosotros”. Y bueno, esa ha sido una frase trascendental para la filosofía, una de las sentencias más descomunales de todos los tiempos. Por algo Sartre era Sartre, ¿no? Entonces, yendo al punto, uno tropieza en este día con una foto, que es la fotografía que acompaña este artículo. Una foto que replica la mejor noticia en mucho tiempo. Hay un padre y un hijo fundidos en un abrazo a la salida de los Tribunales. No haría falta escribir más nada pues todo el mundo sabe cómo se dio esta historia, hace tres años, y quiénes, tras la noticia de hoy, la noticia que impone una palabra sanadora -la palabra absolución con unanimidad de los jueces- deberán hacerse cargo de haber inducido, manipulado, fabricado hechos y dichos, apreciaciones y conductas de un caso horrible, un supuesto abuso en un Jardín de Infantes que nunca ocurrió, para terminar con un inocente preso. ¿Habrá impunidad para toda esta canallada con nombres y apellidos bien visibles a los ojos de la opinión pública? ¿Les va a salir gratis la infamia de arruinarle la vida a una persona?

Pero volvamos a la vereda de Tribunales, al mediodía del día del periodista (donde algunos deberían cortarse las manos a la hora de manipular los títulos), a la esfera de un sol tibio que flota en el cielo límpido para alumbrar, silencioso, ese momento, el único que vale, en que un padre y un hijo se entregan al abrazo, fuerte, blindado, férreo, que no deja entre ambos cuerpos ni la mínima hendija para que se filtre un hilo de luz, un suspiro, una lágrima de las muchas lágrimas que están cayendo alrededor de Juan y de Martín, como si fueran, porque acaso lo son, sobre todo a la hora de la desgracia y también a la hora de la felicidad, un mismo ser.

En ese abrazo están escritas todas las páginas de esta historia. Está el alivio, la emoción, la dicha, el agobio, la ternura, las noches sin dormir, los días de la cárcel y el espanto y, sobre todo, en ese abrazo está la vida que recomienza. A pesar de todo, con un equipaje atroz, imborrable, que el hijo deberá llevar para siempre, y lidiar con ese pasado tal como se lo escribió Sartre, a la medida de su desgracia: somos los que hacemos con lo que hicieron de nosotros.

Todo eso vendrá después, es decir en el momento que bajo un cielo diáfano y un sol que ha templado con su tibieza los rigores del invierno, el hijo y el padre se permitan salirse de ese abrazo para empezar a vivir de nuevo. Ahora, en este ahora, a la salida de los Tribunales, sólo hay algo que permanece, perpetuo, inmóvil, imbricado en células y genes, en músculos y alma, en huesos y lágrimas, en manos y temblor: un abrazo que sabe a siempre, a eternidad, a amor, a justicia. Sí, por fin, carajo, un poco de justicia.

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