Para el apocalipsis: Marechal poeta

La columna delaltillo.


Por Guillermo Del Zotto

Si no tenemos quién nos cuente el apocalipsis, una buena opción es elegir como narrador a Leopoldo Marechal.

Como una azafata con encantos engañosos, nos hará sentir tan cómodos que sin darnos cuenta estaremos flotando en el Arca después de leer el poemario “Largo día de cólera”.

Cortázar critica a sus treinta y cinco años el Adán Buenosayres que Marechal publica cuando tiene cuarenta y nueve. Allí dice que en la manera de contemplar, el autor tiene “una satisfecha tristeza algo malvada” y –aclara- “muy preferible a una triste satisfacción mediocre”.

Son muy pocos los autores argentinos cuyo determinismo trágico llega con voz creíble al oído del corazón del lector. Hay, en la mayoría de los escritores, una pérdida que se produce entre el cerebro y el centro desde donde salen las palabras. Autores que, como cantantes edulcorados, no pueden ocultar la impostación. Quizás por eso es que el “engole” les suena tan real, como la sinceridad a rallador con la que hablan de otros.

Sin duda uno de los mejores platos para cenar en este viaje apocalíptico sería el Banquete de Severo Arcángelo. Bíblico y demencial catálogo de la porteñidad y del argentino urbano todo. Pero para hablar de una casi novedad (se trata de libros editados con la idea de ser comercializados en 2001 que debieron esperar años para salir a la calle), tenemos la antología “Largo día de cólera”, selección de poemas de Marechal de la editorial Colihue mediante una colección dirigida por Jorge Boccanera.

¿Por qué Marechal? En principio, por justicia. Se lo mató como a un Cristo, igual a Discépolo. Por peronista y por creyente. En el caso de la edición de esta antología, el mérito es doble: son pocas las ocasiones de encontrar al Marechal poeta completo. O casi.

Hay poemas de sus mejores libros de poesía. Y hasta el tanto “La mariposa y la muerte”, al que le pusiera música Armando Pontier y también la “Chacarera de los árboles nuevos”, musicalizada por Olinda Otharán de Barceló.

En suma, se garantiza con esta antología un largo día de placer con sabor a último.

En el prólogo, Miguel Espejo se refiere a la actualidad como contexto para estos poemas “espirituales”. Marechal, desde sus días como flechas y con la panorámica del aguilucho, supo elaborar un mensaje en 1922 que llega intacto hasta hoy:

DUDA

A veces me pregunto:

¿Qué hará la grey humana,

si algún día descubre con  angustia

que ya no tiene que alcanzar más nada?


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