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Qué vamos a votar

Escribe: Carlos Paladino


Por Carlos Paladino.

Uno de los mayores momentos de esplendor y lucimiento de la democracia es, cuando puede demostrar, ser el más conveniente de los sistemas de gobierno conocidos hasta el presente. Y lo hace con el advenimiento de las elecciones, para establecer el cambio de la dirigencia política actual. La gran fiesta del democratísmo sucede cada dos años. Cada dos años el sistema les comunica a los argentinos que es tiempo de convalidar o rechazar lo actuado por la administración vigente. La oportunidad de votar a personas que nos representen en los futuros proyectos de gobierno, debiera ser una jornada de algarabía y confianza, porque sabemos que la convocatoria tiene por razón, mejorar las condiciones de los ciudadanos. A los políticos reemplazados se le da las gracias por los servicios prestados. A la vez que da la bienvenida a los distintos que empujan las ínfulas en continuar afirmando las gestiones bien hechas. En una palabra, el recambio de personalidades que los partidos políticos han seleccionado, ha sido para otorgarle a sus representados la ocasión de una vida más placentera que la que venía saboreando (suponiendo que en le gustaba) “A tal señor tal honor” se dice de aquel que sabe reconocer con sinceridad y humildad las equivocaciones realizadas en su gestión. Aforismo no comparable con la ofensa, ni la burla, ni la injuria. Por el contrario, supone que el reemplazo de funcionarios tiene el objetivo de instalar un renuevo de capacidad en esas plazas de tanta obligación social. Sobra decir, que son vacantes a las que no puede acceder cualquiera. La dicha del pueblo está en juego. Se requiere, al menos, haber juntado indicios de honestidad, dignidad, sobriedad; antecedentes de una rica práctica laboral y estar decidido a implicarla en bien de una comunidad que le ha depositado su seguridad. La obligación es cumplir con los deberes cívicos del convenio firmado con la gente; lo demás, es secundario. Se comprende que hablamos de la relación idílica que debe existir entre el gobernante y el ciudadano. Así lo da a entender la Constitución.

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Arribamos a la obligación eleccionaria dentro de un encuadre que presenta muchas trabazones desde el punto de vista nacional e internacional. Expectativas que deben ser contempladas si queremos proyectarnos fuera de las fronteras. Europa no se explica las penurias que atraviesa Argentina, y si se lo explica, no lo comprende; los países líderes del mundo libre están en alerta por el rumbo ideológico, social y económico, poco democrático, en el que persistimos en imitar y acompañar; si queremos plata exigen presentar un plan coherente con las realidades que implica su cumplimiento. Los adalides de la América Latina autocrática, observan expectante nuestra suerte de constituirnos en aliados importantes. En este clima inestable, somos convocados a elegir los candidatos a legisladores federales. que, formarán el Congreso de la Nación Argentina, organismo encargado de la “formación y sanción de las leyes federales. Además, tiene a su cargo la sanción de los códigos legales, civil, penal, comercial, laboral y de minería, entre otros destinados a organizar la legislación común de fondos”. Digo: ¿estas obligaciones se dejan al arbitrio, a la capacidad del primero que le cuadre al azar? ¿Al amigo del amigo? “A fructibus cognoscitur arbor” (Por sus frutos conocemos el árbol), apunta la vieja sentencia que no pierde vigencia. Sin embargo, ya hace mucho que el árbol no cuenta. Al Congreso lo forman el Senado de la Nación Argentina y la Cámara de Diputados de la Nación; una trivial observación para comprender la importancia de las resoluciones que de allí saldrán. De la idoneidad, del sentido común, de la rectitud y la legalidad de los proyectos que serán consumidos por la ciudadanía, dependemos nosotros; ciudadanos cada vez más castigados, con la pérdida de derechos, más abusados, más pobres, más ignorantes, más desprotegidos de parte de los encargados de administrar la justicia, y le añadimos la cantidad de argumentos que, sin mencionarlos, sobrellevamos a diario sin concernir a nadie. Tanto diputados como senadores, se adueñan de un segmento sustancial del hacer nacional. Y, casi nadie del sistema democrático, con facultades, les reprocha y castiga. Vemos por ahí a un legislador “toca teta”, a algún “tira tiros; a otros que usan las sesiones de trabajo para insultarse sin reparos; a los que condicionan la aprobación de las leyes al precio de la conciencia (¿coimas?). Aquellos que han presenciado un debate legislativo han comprobado en vivo y en directo una serie de discursos repetitivos e insoportables. Cuando el tratamiento del tema resulta grave, contundente, se recurre a la estrategia de: “La discusión debilita la evidencia” y terminan sancionando cualquier “verdura”, por cansancio. Si son gustosos, podemos explayarnos un poquito respecto a las traiciones entre colegas. ¿Es necesario? No hace falta, los congresistas integran lo que quisimos bautizar como “Cuerpo Colegiado Privilegiado”, entonces, entre colegas no hay infidelidades. Por eso, no existen las perfidias a la hora de elevarse los sueldos. Tratemos, entre otras cosas, de acordarnos lo bien que funciona el consenso a la hora de ajustar las fórmulas mágicas a las jubilaciones o, por ejemplo, cómo se desempeñó el Cuerpo Privilegiados durante el Vacunatorio VIP. La calamidad radica en comprobar que el plato de la ineptitud y la ineficacia de la balanza, pesa lo mismo o más, que en el plato en que se apoyan los delincuentes. Algo que no tiene solución es el gasto de los asesores (también les dicen “planeros de categoría” o “ñoquis”, aunque los hay muy esmerados y necesarios), porque estos empleados, saben demasiadas cosas sobre sus patrones. ¿Se imaginan las matufias y más que saldrían a la luz, si estos colaboradores hablan de sus empleadores? Cae como anillo al dedo la noticia que anuncia que, en casa de un amigo, militante, administrador de Máximo Kirchner, se hallaron 75 millones de dólares. Comprueben si son valiosos los asesores, secretarios, etc. Con lo poco que sabemos acerca de nuestros legisladores, creemos en la precaución de echar una mirada crítica a la composición de las listas electorales. Por supuesto que encontraremos gente muy buena. Es una obligación con nosotros mismos, conocer a quienes les seguiremos pagando para que nos roben. Es un reto que nos exige la moral. Transponemos instancias de concurrir a ejercer nuestro derecho a votar, sabiendo de antemano, que podemos estar dictando nuestra propia crucifixión.

Continuar “elogiando” al congreso y al congresista podría convertirse en una novela increíble; un relato de ficción, Por eso creemos prudente parar ahora.

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Los olavarrienses elegimos a los legisladores municipales; el Concejo Deliberante, que “es el órgano por excelencia de la democracia…” en el espacio que les corresponde a los municipios. Lo integran ciudadanos definidos por los distintos partidos políticos instalados en el Partido de Olavarría. Tienen por función el control y la fiscalización del Ejecutivo Municipal, Los representantes de la oposición ofician para que no se realicen, exclusivamente, las pretensiones del oficialismo. El cuerpo de concejales, idea, elabora proyectos que luego son aprobadas, siempre pensando en el beneficio que de ellas obtienen los vecinos. Como las actitudes se trasladan de arriba hacia abajo, los concejeros comunales son una réplica – en menor escala y magnitud – de sus pares del Congreso Nacional. Veremos en la boleta electoral, nombres de personas que desconocemos de donde salieron, a juzgar por la significación de sus ejecuciones anteriores. Tampoco miraremos; individuos que sin a llegar a ser conocidos popularmente, han logrado acopiar labores bien perpetradas; vecinos independientes exitosos a fuerza de puro esmero; profesionales con trayectoria, etc. Éstos, por razones de apremios y urgencia laboral, quizás no tengan el tiempo suficiente como para “recorrer los barrios”; lo cual no significa que desconozcan la situación que los mortifica, ni que hagan oídos sordos a sus pesares; pero, parece que la consigna obligatoria a cumplir por los postulantes al cargo es “recorrer los barrios”. Con eso basta para ser tenido en cuenta al momento de elegir. Es probable que luego de recorrido los barrios, no sepan o no puedan, dar satisfacción a los reclamos escuchados de la vecindad; pero, los barrios fueron visitados, y listo. El Concejo deliberante es una plataforma de lanzamiento infinita; ahí se comienza y, de acuerdo a los factores entrañables que jueguen, el ascenso político llega a ser deslumbrante. Además, cualquiera sea la idoneidad del legislador, sirve para cualquier función. Tenemos casos que, por haber perdido una elección, se lo premia con la responsabilidad de cubrir una función relevante en el fomento a la producción, reservada a especialistas, y de la cual no conoce lo mínimo e indispensable. No importa, lo que vale es la militancia. Lo que no vale es cobrar por producir incompetencia. Al igual que los legisladores de mayor envergadura, se asignan sus salarios. Olavarría está nutrida de personas capaces de afrontar con conocimiento y experiencia los cargos que demandan una buena administración.

Por favor, analice fríamente, por quienes se va a decidir. Es importante, ¿vio?

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