Raúl Ernesto Piñel, el “caníbal de Daireaux”

Mató a su padre, se hizo un guiso con su corazón y los riñones, y le ofreció la cena al Diablo. Sucedió en esa ciudad del oeste bonaerense en el invierno de 2008.


Por Marcelo Metayer
de la redacción de DIB

Hacía frío ese domingo 29 de junio de 2008 en Daireaux cuando un vecino golpeó la puerta de Raúl Prudencio Piñel. Iba con la intención de tomar unos mates. Abrió el hijo, Raúl Ernesto, de 33 años. El hombre pasó y le llamó la atención el olor, primero, y las manchas de sangre por todas partes, después. Enseguida descubrió restos humanos humeantes en la salamandra. Con una excusa, el hombre salió y fue a buscar a la Policía. Cuando llegaron detuvieron a Piñel hijo, quien les confesó con total tranquilidad que había matado a su padre, lo había descuartizado y había hecho un aromático guiso con el corazón y los riñones, que luego comió. Más tarde le diría a uno de los peritos psiquiátricos que lo entrevistó: “Ahora a mi papá lo llevo bien adentro”. Así se hizo conocido el macabro “caníbal de Daireaux”.

Días después del arresto la Policía informó que al ingresar a la casa, en Antártida Argentina, entre Saavedra y Moreno, descubrieron que en el piso de la cocina había vísceras humanas y parte de una columna vertebral. Otros trozos humanos seccionados, que para los investigadores pertenecían a Piñel padre, fueron encontrados en una estufa tipo salamandra y en una cocina de la vivienda. “No tenemos dudas de que este hombre se comió el corazón y los riñones de su padre. Sólo se encontraron algunos restos en la olla”, aseguraron. Esas partes habían sido fileteadas con destreza y salteadas a la provenzal.

“El loco siempre cumple”

Piñel, un hombre abstraído y poco comunicativo, había salido del penal de Urdampilleta pocos días antes, el 20 de junio. Los que lo vieron esos días aseguraron que hablaba solo y tenía una “mirada fría”. Al parecer en la cárcel, donde pagaba la pena por el robo a un puesto del campo, se había sumado a un grupo de presos que decían adorar al Diablo, nada menos.

Ya libre, le contó a un tío que junto a los otros internos vieron al “loco”. El hombre le preguntó a quién se refería y Raúl le respondió: “¿Quién va a ser? El Diablo. Nos dijo que si le cumplíamos él nos iba a cumplir y yo no le voy a fallar nunca”.

“Ya salvé a mi papá”

El día antes del crimen, la madre de Piñel -a quien su mujer había abandonado- lo fue a buscar para almorzar y lo encontró en un ritual con velas y las fotos de su padre y de su hermana. Dijo que era para “salvarlos”. La mujer fue a la comisaría pero no le tomaron la denuncia: “No es un delito”.

La madre volvió y Raúl Ernesto no estaba. Había ido a lo del padre para pasar la noche. Dijo que iba a preparar la cena. Y así fue.

El hombre golpeó a Raúl Prudencio y lo degolló con un cuchillo Tramontina. Con cuidado, lo descuartizó y repartió los restos por la casa. Picó el corazón y los riñones y se preparó un guiso. Luego, según contó después a los agentes, invocó al Diablo y le ofrendó el cuerpo de su padre.

A la mañana siguiente, cuando lo detuvieron, les dijo a los policías que necesitaba “un ratito más”. “Ya curé y salvé a mi padre. Ahora me queda hacer lo mismo con mi madre”, aseveró ante la mirada horrorizada de los pesquisas.

Al ser considerado peligroso para sí o para terceros, Piñel permanece alojado en el neuropsiquiátrico que funciona en la Unidad 34 del Servicio Penitenciario Bonaerense (SPB), en la cárcel de Melchor Romero, en el partido de La Plata. Allí tuvo como compañero durante un tiempo a Leandro Yamil Acosta, quien en 2015 mató a sus padres y, casualmente, también comió un pedazo de su carne. (DIB) MM

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